Cierta noche de verano, pocos meses después de mi matrimonio, me hallaba yo sentado junto a mi propio hogar fumando una última pipa y cabeceando sobre una novela, porque el trabajo del día había sido agotador. Mi esposa había subido ya al piso superior, y el ruido de la cerradura de la puerta del vestíbulo me había indicado poco antes que también la servidumbre se había retirado a descansar. Me había levantado de mi asiento y estaba golpeando la cazoleta de mi pipa a fin de limpiarla de las cenizas cuando oí de pronto un fuerte campanillazo de llamada a la puerta.
Miré el reloj. Eran las doce menos cuarto. No podía tratarse de un visitante a una hora tan tardía. Evidentemente se trataba de un enfermo, y equivalía quizá a pasarme en vela toda la noche. Salí con cara de disgusto al vestíbulo y abrí la puerta. Para asombro mío, era Sherlock Holmes quien estaba en el escalón de la misma.
–Ah Watson –me dijo–, temí llegar demasiado tarde para atraparlo.
–Pase usted, por favor, querido compañero.
–Parece usted sorprendido, y no me extraña. Creo, incluso, que ha experimentado una sensación de alivio. ¡Ejem! Ya veo que sigue usted fumando la mezcla de Arcadia, de sus tiempos de soltero. No hay modo de confundir esas cenizas esponjosas que le han caído en la chaqueta. ¡Qué fácil resulta el adivinar que está acostumbrado a vestir el uniforme, Watson! Nunca podrá pasar como paisano de pura sangre mientras conserve el hábito de llevar el pañuelo dentro de la manga. ¿Podría usted darme asilo por esta noche?
–Con mucho gusto.
–Me dijo usted que disponía de habitación para un soltero, y veo que en este momento no tiene usted de huésped a ningún varón. Su perchero lo está diciendo a gritos.
–Será para mí un verdadero encanto el que se quede en mi casa.
–Gracias; siendo así, ocuparé una percha vacía. Lamento que haya andado en la casa algún operario inglés. Son un regalo del demonio. ¿Supongo que no se tratará de los desagües?
–No, del gas.
–¡Ah! Pues ha dejado dos señales de los clavos de sus botas en el linóleo, precisamente allí donde le da la luz. No, gracias, he cenado algo en Waterloo; pero sí fumaré gustoso una pipa en su compañía.
Le alargué mi tabaquera, tomó asiento frente por frente de mí y fumó un rato en silencio. Yo me daba perfecta cuenta de que únicamente asuntos de importancia podían haberle traído a mi casa a una hora semejante; esperé, pues, con paciencia a que él abordase el tema.
–Ya veo que en este momento le da bastante trabajo su profesión –me dijo observándome con aguda mirada.
–Sí, he tenido un día de mucha actividad –le contesté–. Aunque a usted le parezca muy tonto, la verdad es que no sé de dónde ha sacado esa deducción.
Holmes se rió por lo bajo, y me dijo:
–Mi querido Watson, yo tengo la ventaja de que conozco sus costumbres. Cuando su ronda de visitas es corta, usted las hace a pie, y cuando es larga coge un coche de alquiler. Como estoy viendo que sus botas, aunque usadas, no están, ni mucho menos, sucias, no puedo dudar de que hoy ha estado lo suficientemente atareado para justificar el empleo de un coche de alquiler.
–¡Bien deducido! –exclamé.
–Es elemental –me contestó–. Es uno de esos casos en los que el razonador puede producir un efecto que a su convecino le parece extraordinario, porque este último no ha percibido el único y pequeño extremo que sirve de base a la deducción. Lo mismo puede decirse, querido compañero, de los efectos que producen algunos de sus pequeños bocetos, y que son falsamente deslumbradores porque dependen de que usted retiene en sus propias manos algunos factores del problema que nunca se comunican al lector. Pues bien: en este momento, yo estoy en la postura de esos mismos lectores, porque tengo en esta mano varios hilos de uno de los casos más extraños que hasta ahora han llevado la perplejidad al cerebro de un hombre, y, sin embargo, me faltan uno o dos que son imprescindibles para completar mi teoría. ¡Pero los conseguiré, Watson, los conseguiré!
Le brillaban los ojos y un leve rubor asomó a sus delgadas mejillas. Se había levantado por un momento el velo que ocultaba su naturaleza, tensa y anhelante, pero había sido por un solo momento. Cuando volví a mirarle a la cara, ésta había vuelto a revestirse de su impasibilidad de piel roja, que tenía la culpa de que tanta gente lo considerase como una máquina más bien que como un hombre.
–El problema ofrece rasgos interesantes –me dijo–. Incluso podría decir que presenta rasgos de un interés excepcional. He estudiado ya el asunto, y creo encontrarme con mi solución a la vista. Si usted pudiera acompañarme en esa última etapa, podría serme de gran utilidad.
–Lo cual me encantaría a mí.
–¿Podría ir usted mañana hasta Aldershot?
–Estoy seguro de que Jackson atendería a mi clientela.
–Muy bien. Quiero salir con el tren de las once y diez de la estación de Waterloo.
–Eso me dejaría tiempo a mí.
–Pues entonces, si no tiene usted demasiado sueño, le esbozaré lo que ha ocurrido y lo que aún queda por hacer.
–Antes que usted viniese tenía sueño. Ahora estoy completamente desvelado.
–Resumiré la historia hasta donde me sea posible sin omitir nada que sea vital para el caso. Quizá haya usted incluso leído algún relato del asunto. Se trata del presunto asesinato del coronel Barclay, de los Royal Mallows, en Aldershot, que yo estoy investigando.
–No he oído nada del caso.
–Hasta ahora no ha levantado gran interés, salvo en el ámbito local. Los hechos datan únicamente de dos días. Son los siguientes, expuestos brevemente. Ya sabe usted que el Royal Mallows es uno de los regimientos irlandeses más afamados del ejército británico. Realizó proezas maravillosas tanto en Crimea como durante la sublevación . Y de entonces acá se ha distinguido en cuantas ocasiones se le presentaron. Hasta el lunes pasado por la noche lo mandaba James Barclay, valeroso veterano, que inició su carrera como soldado raso, fue ascendido a oficial por su bravura durante la sublevación, y de ese modo llegó a mandar el regimiento mismo en el que en otro tiempo cargó con un mosquetón. El coronel Barclay contrajo matrimonio siendo sargento. Y su esposa, cuyo nombre de soltera fue señorita Nancy Devoy, era hija de un antiguo abanderado de la misma unidad. Hubo, pues, como puede imaginarse, pequeños roces sociales cuando el joven matrimonio (porque eran aún jóvenes) se encontró en su nuevo ambiente. Parece, sin embargo, que ellos se adaptaron rápidamente, y, según tengo entendido, la señora Barclay ha gozado siempre de gran simpatía entre las damas de sus compañeros de regimiento, lo mismo que su marido entre estos últimos. Agregaré que ella era mujer de gran belleza y que, aun ahora, que lleva más de treinta años de casada, sigue llamando la atención. La vida de familia del coronel Barclay parece haber sido de una felicidad sin altibajos. El comandante Murphy, que me ha proporcionado la mayor parte de los datos que poseo, me asegura que jamás oyó hablar de que hubiese entre la pareja ninguna mala inteligencia. En conjunto, cree que el afecto de Barclay hacia su esposa era mayor que el de su esposa hacia Barclay. Bastaba que estuviese ausente un día entero para que Barclay se sintiese vivamente desasosegado. Por otra parte, ella, aunque afectuosa y leal, no daba muestras de tanta importunidad en sus sentimientos. Pero el regimiento los consideraba como una pareja modelo entre las de edad mediana. No había nada absolutamente en sus relaciones mutuas que pudiera preparar a la gente para la tragedia que iba a ocurrir.
El coronel Barclay fue, según parece, hombre que tuvo algunos rasgos singulares de carácter. Cuando se hallaba en su humor normal era un viejo soldado jovial y vivaracho, pero también había ocasiones en las que se mostraba como hombre capaz de sentimientos muy violentos y vengativos. Sin embargo, nunca pareció que ese aspecto de su temperamento se manifestase en sus relaciones con su esposa. Otro detalle, que había causado sorpresa al comandante Murphy y a tres de los cinco oficiales restantes con quienes yo conversé, eran los extraños accesos depresivos que le acometían a veces. Para usar la frase del comandante, diré que con frecuencia desaparecía de su boca la sonrisa, como si la arrancase una mano invisible, en momentos en que participaba de las alegrías de las bromas de la mesa común. Cuando se apoderaba de él este humor permanecía días enteros sumido en la melancolía más profunda. Esto y cierto matiz supersticioso constituían los únicos rasgos extraordinarios de carácter que sus hermanos de oficialidad observaron. Esta última característica adoptaba la forma de una repugnancia a permanecer solitario, especialmente después de oscurecido. Rasgo tan pueril en un temperamento que se distinguía por lo varonil, dio con frecuencia origen a comentarios y conjeturas. El primer batallón de los Royal Mallows (que es el viejo número ciento diecisiete) se halla acuartelado en Aldershot desde hace algunos años. Los oficiales casados viven fuera del cuartel, y el coronel ha ocupado durante todo ese tiempo un chalé llamado Lachine, a cosa de media milla del Campamento Norte. La casa se levanta rodeada de terrenos propios, pero por el lado oeste sólo dista unas treinta yardas de la carretera. La servidumbre está compuesta por un cochero y dos mujeres. Estas personas y el señor y la señora eran los únicos ocupantes de Lachine, porque los Barclay no tienen hijos, ni era corriente en ellos que tuviesen visitas permanentes. Pasemos ahora a los hechos que tuvieron lugar en Lachine entre las nueve y las diez de la noche del pasado lunes. Según parece, la señora Barclay pertenecía a la Iglesia Católica Romana, y se había interesado muchísimo en la fundación de la Hermandad de San Jorge, que se constituyó dependiente de la capilla de Watt Street, siendo su finalidad el proveer de ropas usadas a los pobres. Aquella noche, a las ocho, había tenido lugar una reunión de la Hermandad y la señora Barclay había cenado a toda prisa para hallarse presente en la misma. El cochero oyó cómo, al salir de la casa, le hacía a su marido alguna observación de tipo corriente, asegurándole que regresaría pronto. Acto continuo fue en busca de la señorita Morrison, que es una joven que vive en el chalé próximo, y las dos juntas se dirigieron a su reunión. Duró ésta cuarenta minutos, y la señora Barclay regresó a casa a las nueve y cuarto, habiendo dejado a la señorita Morrison en su puerta al pasar. Hay en Lachine una habitación que se emplea como sala de la mañana. Esta sala da a la carretera, y se abre a la cespedera por medio de una gran puerta doble de cristales. La cespedera tiene una anchura de treinta yardas, y está separada de la carretera únicamente por una pared de poca altura que tiene encima una verja de hierro. A esa habitación se dirigió la señora Barclay cuando volvió a su casa. No estaban corridas las cortinas, porque rara vez se empleaba aquella sala de noche; pero la señora Barclay misma encendió la lámpara y luego tiró de la campanilla, encargando a Jane Stewart, la doncella, que la trajese una taza de té, cosa totalmente contraria a sus costumbres normales. El coronel estaba en el corredor, pero al oír que su esposa había regresado fue a reunirse con ella en la sala de la mañana. El cochero le vio cruzar el vestíbulo y entrar. Ya nadie volvió a verlo vivo.
Al cabo de diez minutos quedó preparado el té encargado por la señora, pero al acercarse la doncella a la puerta se sorprendió al oír las voces de su señor y de su señora, que disputaban furiosamente. Llamó a la puerta, sin recibir contestación, y llegó incluso a dar vuelta al manillar, encontrándose con que estaba cerrada por dentro. Como es natural, la mujer corrió a la planta baja a informar a la cocinera, y las dos mujeres, junto con el cochero, fueron al vestíbulo y escucharon la disputa, que seguía con igual furia. Los tres concuerdan en que únicamente se oyeron dos voces: la voz de Barclay y la de su señora. Las observaciones de Barclay eran hechas en voz apagada y seca, de manera que los oyentes no las entendían. En cambio, las de la señora eran muy agrias, y cuando levantaba la voz podían oírse con toda claridad. «¡Cobarde!», repetía una y otra vez. «¿Qué puede hacerse ya? Devuélveme mi vida. ¡Jamás volveré ni aun siquiera a respirar el mismo aire que tú! ¡Cobarde! ¡Cobarde!» Tales fueron algunas de las frases pronunciadas por ella, y terminaron con un grito, repentino y angustioso, de la voz del hombre, seguido del estrépito de una caída, y de un chillido desgarrador de la mujer. Convencido de que había ocurrido una tragedia, el cochero se abalanzó hacia la puerta haciendo esfuerzos por violentarla, mientras le llegaba desde el interior un chillido tras otro. Sin embargo, no consiguió abrirse paso, y las mujeres estaban demasiado enloquecidas por el miedo para poder ayudarle. Tuvo de pronto una idea, corrió atravesando el vestíbulo, salió por la puerta de éste y dobló por la cespedera a la que se abrían las grandes ventanas francesas. Una de las hojas de la ventana se hallaba abierta, lo cual es corriente, según tengo entendido, en verano, y el cochero entró por ella en el cuarto sin dificultad. La señora había cesado de dar chillidos y se hallaba tendida, sin sentido, sobre un sofá, mientras que el desdichado coronel yacía muerto en medio de un charco de su propia sangre, con los pies colgando por encima del costado a un sillón, y la cabeza caída en el suelo, cerca de la esquina del guardafuegos. Como es natural, el primer pensamiento del cochero, al ver que nada podía hacer por su amo, fue abrir la puerta. Pero al hacerlo se le presentó una dificultad inesperada y extraña. La llave no estaba metida por la parte de dentro, ni pudo encontrarla por ningún lado en la sala. Tuvo, pues, que volver a salir por la ventana, y regresó después de obtener ayuda de un guardia y de un médico. La señora, contra quien recaían, como es lógico, las mayores sospechas, fue trasladada a su habitación dentro de su estado de insensibilidad. Se procedió a colocar el cadáver del coronel encima del sofá y se realizó un examen cuidadoso del escenario de la tragedia. La herida de que había muerto el desgraciado veterano consistía en un corte desigual de unas dos pulgadas de largura en la parte posterior de la cabeza, causado evidentemente por un golpe violento dado con un arma sin filo.
No fue difícil adivinar cuál había sido esa arma. En el suelo, junto al cadáver, había una extraña garrota de madera dura, cincelada, con el mango de hueso. El coronel poseía una variada colección de armas traídas de los distintos países en que había guerreado, y la Policía supone que esa cachiporra figuraba entre sus trofeos. Los criados niegan haberla visto antes, pero es posible que se les haya pasado por alto entre las numerosas curiosidades de la casa. Ninguna otra cosa de importancia descubrió la Policía en la habitación, salvo el hecho inexplicable de que no se encontrase la llave que faltaba ni sobre la víctima, ni tampoco a la señora Barclay, ni en sitio alguno de la habitación. Hubo que abrir la puerta recurriendo a un cerrajero de Aldershot. Así estaban las cosas, Watson, cuando, el martes por la mañana, y a requerimiento del comandante Murphy, marché a Aldershot para complementar los esfuerzos de la Policía. Convendrá usted conmigo en que el problema se le presentaba ya interesante, pero mis observaciones me hicieron comprender pronto que lo era de una manera mucho más extraordinaria que lo que a primera vista parecía. Antes de examinar la habitación sometí a los criados a un interrogatorio, pero únicamente conseguí poner en claro los hechos que llevo ya expuestos. Un detalle interesante tan sólo fue recordado por Jane Stewart, la doncella. Acuérdase de que al oír los gritos de la disputa ella bajó a la cocina y regresó con los otros ciados. Esa primera vez, estando ella sola, dice que las voces de su señor y de su señora bajaron tanto de tono, que apenas si las oía y juzgué, por el tono más bien que por las palabra, que habían roto entre sí. Sin embargo, ante mis apremios, recordó que la señora pronunció por dos veces la palabra David. Esto es de máxima importancia, porque nos lleva hacia el motivo que había producido aquella súbita disputa. Ya recordará usted que el nombre del coronel era James. Había en el suceso algo que produjo la más profunda impresión, tanto en los criados como en la Policía. Ese algo era la contorsión, que ofrecía la cara del coronel. Según su relato, se había revestido de la expresión más angustiosa de miedo y de horror que es capaz de asumir un rostro humano. Era tan terrible el efecto que producía, que más de una persona se desmayó sólo con verlo. Era completamente seguro que el coronel había visto venir su destino, y que ello le produjo el máximo horror. Como es natural, esto encajaba bien dentro de la tesis de la Policía, en el caso de que el coronel hubiese visto que su mujer se lanzaba a semejante agresión asesina. Tampoco constituía una objeción decisiva a semejante teoría el hecho de que la herida estuviese en la parte posterior de su cabeza, ya que el coronel pudo haberse vuelto para esquivar el golpe. No hubo manera de obtener dato alguno de la señora misma, que se encontraba temporalmente enloquecida debido a un ataque de fiebre cerebral.
He sabido por la Policía que la señorita Morrison, la que, como usted recordará, salió aquella noche con la señora Barclay, niega estar enterada de la causa del mal humor con que regresó a casa su acompañante. Una vez reunidos estos hechos, Watson, los rumié mientras fumaba varias pipas, esforzándome por separar los que eran fundamentales de los que eran simplemente accesorios. No podía discutirse que el detalle más característico y sugeridor del suceso era la extraña desaparición de la llave de la puerta. Por mucho que se hizo no se logró encontrarla dentro de la habitación. Por consiguiente, alguien se apoderó de ella. No podían ser ni el coronel ni la esposa del coronel. Esto estaba perfectamente claro. Por tanto, había entrado en la sala una tercera persona, y esta tercera persona sólo podía haber entrado por la ventana. Me pareció que un examen atento de la habitación y de la cespedera podía quizá revelar algunas huellas del misterioso individuo. Usted conoce ya mis métodos, Watson. No dejé ni uno solo por aplicar a la investigación. Ésta terminó descubriendo huellas, pero muy distintas de las que yo esperaba. Había entrado en la habitación un hombre, y había cruzado la cespedera viniendo desde la carretera. Logré encontrar cinco impresiones claras de sus pies: una en la carretera misma, en el sitio donde se había encaramado a la pared de poca altura; dos en el campo de césped, y dos, muy débiles, en las tablas del piso encerado, próximas a la ventana por donde entró. Parecía haber atravesado el campo de césped a la carrera, porque las huellas de sus pies eran mucho más profundas en la puntera que en los tacones. Pero no fue el hombre quien me sorprendió, sino su acompañante.
–¡Su acompañante!
Holmes sacó del bolsillo una ancha hoja de papel de seda y la desdobló cuidadosamente encima de su rodilla.
–¿Qué saca usted de esto? –preguntó.
El papel estaba cubierto de dibujos de pisadas de un animal pequeño. Tenía bien marcados cinco pulpejos de pezuña, una pequeña señal de uñas largas, y el conjunto de la huella apenas si alcanzaría el tamaño de una cucharilla de postre.
–Es un perro –exclamé yo.
–¿Oyó usted decir nunca que un perro trepase por una persiana? Pues bien; yo descubrí señales claras de que este animal lo había hecho.
–¿Un mono, entonces?
–Pero ésta no es la impresión de un mono.
–¿Qué puede ser entonces?
–No es ni perro, ni gato, ni mono, ni animal alguno con el que nosotros estemos familiarizados. He intentado reconstruirlo a base de las medidas. He aquí cuatro impresiones de lugares en que el animal permaneció en pie, inmóvil. Fíjese en que desde la pata delantera a la pata posterior hay una distancia no menor de quince pulgadas. Agregue a esto la largura del cuello y de la cabeza, y llegamos a un animal que no tendrá menos de dos pies de largura, probablemente más si tiene cola. Pero fíjese ahora en esta otra medida. El animal estaba en movimiento, y nos ha dado aquí la largura de su zancada. En todos los casos, ésta sólo tiene unas tres pulgadas. Como usted ve, esto nos indica un cuerpo largo con unas patas muy cortas. El animal no ha tenido la atención de dejarnos una muestra de su pelo. Sin embargo, su conformación general debe de ser tal y como yo le he indicado. Y sabe, además, trepar por una persiana y es carnívoro.
–¿De dónde diablos lo saca usted?
–Porque trepó, en efecto, por la persiana. Había colgada en la ventana una jaula de canario, y, por lo visto, este animal intentó capturar el pájaro.
–Pero entonces, ¿de qué animal se trata?
–Ah, si yo pudiera ponerle nombre, habría adelantado mucho hacia la resolución del caso. En total, debe probablemente tratarse de un animal de la familia de las comadrejas o de los armiños, y, sin embargo, es de un tamaño mayor que cualquiera de los ejemplares que yo he visto de ambas clases de animales.
–Pero ¿qué tuvo que ver con el crimen ese animal?
–También eso sigue aún siendo oscuro. Pero, como usted ve, hemos descubierto bastantes cosas. Sabemos que un hombre estaba en la carretera contemplando la disputa entre los Barclay (las cortinas estaban levantadas y la habitación iluminada). Sabemos también que él corrió del campo de césped, que entró en la habitación acompañado por un animal extraño y que golpeó al coronel, o, lo que también es posible, que el coronel cayese al suelo víctima del terror al ver a esa persona, produciéndose un corte en la cabeza con la esquina del guardafuegos. Por último, tenemos el hecho curioso de que el intruso se llevó la llave cuando huyó.
–Los descubrimientos que usted ha hecho parecen haber dejado el asunto más oscuro aún de lo que estaba –le dije.
–Así es, en efecto. Ellos muestran, sin lugar a dudas, que este asunto es más profundo de lo que en el primer momento se supuso. Yo he meditado sobre el caso y he llegado a la conclusión de que necesito enfocarlo desde otro punto de vista. Pero la verdad es, Watson, que le estoy impidiendo ir a dormir, y que pudiera haberle contado todo esto mientras marchábamos mañana camino de Aldershot.
–Gracias; usted ha avanzado demasiado para que ahora vaya a detenerse.
Era completamente cierto que cuando la señora Barclay salió de casa a las siete y media se encontraba en buenas relaciones con su esposo. Ella, según tengo ya dicho, no hizo nunca ostentación de su cariño, pero el cochero la oyó charlar con el coronel amistosamente. Es así mismo cierto que, inmediatamente después de regresar a casa, entró en la habitación en que era menos verosímil que pudiera encontrarse con su esposo; que había recurrido al té, como lo haría una mujer que se encontrase agitada, y que, por último, cuando él fue adonde ella estaba, la mujer estalló en violentas recriminaciones. Por consiguiente, algo había ocurrido entre las siete y treinta y las nueve de la noche que había alterado por completo los sentimientos de la esposa hacia su marido. Ahora bien: la señorita Morrison no se había separado de ella esa hora y media. Por tanto, a pesar de sus negativas, era totalmente seguro que esa señorita tenía que saber algo del asunto. Mi primera conjetura fue que quizá entre esa mujer joven y el veterano soldado habían existido ciertas relaciones que aquélla confesó ahora a la esposa. Esto explicaría que ésta regresase irritada, y también explicaría el que la joven negase que hubiese ocurrido nada. Tampoco resultaría incompatible por completo con la mayor parte de las frases escuchadas. Pero teníamos la referencia hecha a un David, y, como contrapeso de la misma, el reconocido cariño que el coronel sentía por su mujer, para no decir nada del trágico entretenimiento de este otro hombre, que bien pudiera hallarse totalmente descontento de lo que antes había ocurrido. No era tarea fácil la de orientarse, pero en total me sentí inclinado a desechar la idea de que entre el coronel y la señorita Morrison hubiese habido nada; pero, en cambio, quedé más convencido que nunca de que la joven tenía la clave del motivo que había cambiado el ánimo de la señora Barclay en odio hacia su marido. Adopté, pues, el recurso evidente de ir a visitar a la señorita Morrison, de explicarle que yo estaba completamente seguro de que ella tenía en su mano los hechos, y de asegurarle que su amiga, la señora Barclay, podría encontrarse en el banquillo acusada de un crimen castigado con la pena de muerte, a menos que se pusiese en claro el asunto. La señorita Morrison es una mujercita pequeña y delicada, de ojos tímidos y cabellos blondos; pero que, según pude comprobar, no carece de agudeza y de buen sentido. Permaneció algún tiempo meditando después de que yo acabé de hablar; luego se volvió de pronto hacia mí con expresión vivamente resuelta, y me salió con un relato extraordinario, que voy a condensar en atención a usted: «Yo prometí a mi amiga que no diría nada del asunto, y una promesa es una promesa –me dijo–. Pero si de veras puedo ayudarla, ahora que se hace en contra suya una acusación tan grave, precisamente cuando su propia boca se encuentra cerrada por la enfermedad, yo creo que me veo dispensada de la promesa hecha. Voy a decirle exactamente lo que ocurrió el lunes por la noche. A eso de las nueve menos cuarto regresábamos de la Misión Watt Street. Teníamos que cruzar el camino de vuelta por Hudson Street, que es una calle muy tranquila. En toda ella no hay sino una sola lámpara, en el lado izquierdo; al aproximarnos a ella vi que venía hacia nosotros un hombre de espaldas muy cargadas y que traía sobre un hombro algo que parecía una caja. Su aspecto era el de una persona deforme: traía la cabeza muy baja y caminaba con las rodillas dobladas. En el momento de cruzamos con él, dentro del círculo de luz que proyectaba la lámpara, levantó la cabeza para miramos, y al hacerlo se detuvo y gritó con voz angustiosa: «¡Válgame Dios, si es Nancy!» La señora Barclay se puso blanca como una muerta, y se habría desplomado de no haberla sostenido aquel personaje horrible. Iba yo a llamar a la Policía pero ella, con sorpresa mía, habló al individuo aquel con gran amabilidad. «Henry, yo lo daba por muerto desde hace treinta años», le dijo con voz temblorosa. «Y lo estuve», le contestó él, y el tono de voz con que habló producía espanto. Era el suyo un rostro muy oscuro y asustador, y el brillo de sus ojos tal, que se me ha vuelto a aparecer en sueños. Sus cabellos y patillas estaban veteados de gris y tenía la cara completamente arrugada y fruncida como una manzana reseca. «Haz el favor de adelantarte un poco querida –me dijo la señora Barclay–. Quiero hablar unas palabras con este hombre. No hay nada de qué asustarse.» Intentó hacerse la animosa, pero seguía mortalmente pálida y apenas si le salían las palabras por el temblor de sus labios. Hice lo que me pidió, y estuvieron hablando solos unos cuantos minutos. Luego avanzó ella sola por la calle. Echaba lumbre por los ojos. Vi al pobre inválido, en pie junto al poste alumbrado, agitando los puños en el aire como si estuviera loco de furor. Ella no habló una sola palabra hasta que llegamos a mi puerta y, una vez aquí, me tomó de la mano y me suplicó que no dijese a nadie lo que había ocurrido. «Es un antiguo conocido mío que ha venido a menos», me explicó. Una vez que le hube prometido no decirle nada a nadie, me besó, y no he vuelto a verla. Le he contado a usted toda la verdad, y si hasta ahora la oculté a la Policía fue porque no sospechaba el peligro en que se encontraba mi querida amiga. Estoy segura de que ella no puede menos de salir ganando con que se haga público todo.» Tal fue su relato, Watson, y para mí vino a ser como una luz en noche oscura, como usted se imaginará. Lo que hasta entonces aparecía desconectado empezó en el acto a ocupar su verdadero lugar y tuve un oscuro presentimiento de la completa cadena de los acontecimientos. Es evidente que el paso siguiente que yo tenía que dar era el descubrir al hombre que tan extraordinaria impresión había producido en la señora Barclay. De seguir él todavía en Aldershot, el problema no resultaría muy difícil. No es allí muy grande el número de paisanos, y un hombre deforme tenía por fuerza que llamar la atención.
Invertí un día en la búsqueda. Para el atardecer lo tenía cazado. El hombre en cuestión se llama Henry Wood y vive en una pensión de la misma calle en la que tropezaron con él las mujeres. No lleva sino cinco días en la pensión. Mantuve una charla por demás interesante con la dueña de la casa, a título de agente del padrón. La profesión que tiene ese hombre es la de prestímano y actor; recorre, después de oscurecido, las tabernas, y da en cada una su pequeña representación. Lleva siempre con él dentro de una caja, yo no sé qué animal, y la dueña de la casa me lo dijo con bastante alarma, porque jamás había visto un animal parecido. Según me explicó, se sirve del mismo para algunos de sus trucos. Eso fue todo lo que pudo decirme la mujer, y agregó que no se explicaba cómo podía seguir con vida, porque todo su cuerpo estaba hecho un garabato de torcido. A veces hablaba en un idioma extraño, y las dos últimas noches le había oído gemir y llorar en su dormitorio. En cuestión de dinero no parecía andar mal, pero al entregarle la cantidad estipulada como garantía le dio una moneda que parecía un florín falso. Me lo mostró, Watson, y era una rupia de la India. Ya ve, pues, cuál es ahora la situación y para qué lo necesito a usted. Está completamente claro que este hombre fue tras de las mujeres después que éstas siguieron su camino, guardando cierta distancia; que presenció la discusión entre marido y mujer a través de la ventana; que se metió dentro de la sala, y que el animal que llevaba en la caja quedó en libertad. Todo eso es muy seguro. Pero nadie sino él puede decimos qué es lo que ocurrió dentro de aquella habitación.
–¿Y usted se propone preguntárselo?
–Desde luego; pero en presencia de un testigo.
–¿Y ese testigo he de ser yo?
–Si tiene esa amabilidad. Si el hombre se niega, no nos queda otra alternativa que pedir un mandamiento de prisión.
–¿Pero cómo sabe usted que él estará allí cuando nosotros volvamos?
–Puede usted tener la seguridad de que he tomado algunas precauciones. Uno de mis chicos de Baker Street monta la guardia sobre su persona, y adondequiera que ese hombre vaya se le pegará como una rebaba. Mañana nos lo encontraremos en Hudson Street, Watson; mientras tanto, el criminal sería yo si lo retuviese aquí un minuto más sin dejarle acostarse.
Era mediodía cuando llegábamos al lugar de la tragedia, y, bajo la guía de mi compañero, nos pusimos inmediatamente en camino hacia Hudson Street. A pesar de la capacidad de Holmes para ocultar sus emociones, podía ver yo que se hallaba en un estado de reprimida excitación, mientras yo mismo vibraba de ese placer medio deportivo medio intelectual que experimento siempre que estoy ligado a Holmes en sus investigaciones.
–Esta es la calle –me dijo cuando nos metimos en una vía pública corta, a cuyos lados se alineaban casas de dos plantas construidas de ladrillo–. ¡Hola! Aquí tenemos a Simpson, que viene a dar su informe.
–Él está dentro, señor Holmes –gritó un pilluelo que corría a nuestro encuentro.
–¡Muy bien, Simpson! –le dijo Holmes, dándole unas palmaditas en la cabeza–. Adelante Watson. La casa es ésta.
Holmes entregó su tarjeta, acompañándola de un mensaje en que le anunciaba que había venido para tratar de un asunto importante. Un momento después nos encontrábamos cara a cara con el hombre al que habíamos venido a visitar. A pesar de que el tiempo era muy caluroso, lo encontramos acurrucado junto al fuego, y el cuartito parecía un homo. El hombre se hallaba sentado en su silla, tan contraído y recogido sobre sí mismo que producía una impresión indescriptible de deformidad; sin embargo, la cara que volvía hacia nosotros, aunque ajada y atezada, debió de haber sido en un tiempo notable por su belleza. Nos miró receloso con sus ojos biliosos de ictérico y, sin hablar ni levantarse, nos señaló con un vaivén de la mano dos sillas.
–Estoy hablando con el señor Henry Wood, procedente de la India, ¿no es así? –le preguntó Holmes con afabilidad–. Vine para conversar sobre ese asuntillo de la muerte del coronel Barclay.
–¿Y qué puedo saber yo acerca de la misma?
–Eso es lo que quiero poner en claro. Ya sabrá usted, me imagino, que si el asunto no se esclarece, la señora Barclay, que es una antigua amiga de usted, será, casi con seguridad, juzgada por asesinato.
El hombre dio un violento respingo y exclamó:
–Yo no sé quién es usted, ni cómo ha conseguido saber lo que sabe. ¿Me quiere usted jurar que es cierto lo que me dice?
–Están esperando únicamente a que recobre el juicio para detenerla.
–¡Santo Dios! ¿Es usted, acaso, de la Policía?
–No.
–¿Qué le va ni le viene entonces a usted?
–A todos les interesa el que se haga justicia.
–Le doy mi palabra de que ella es inocente.
–¿Entonces el culpable es usted?
–No, no lo soy.
–¿Quién, pues, mató al coronel James Barclay?
–Fue la providencia la que lo mató. Pero fíjese en esto que le digo: si yo le hubiese destrozado el cráneo, como mi corazón me lo exigía, no le habrían dado mis manos sino su merecido. Si su conciencia criminal no lo hubiese herido de muerte, es muy probable que yo tuviese su sangre sobre mi alma. ¿Desea usted que le cuente la historia? No veo razón para no hacerlo, porque de nada tengo yo que avergonzarme. Ocurrió de esta manera, señor. Ustedes me ven ahora con mi espalda igual que la de un camello y mis costillas oblicuas, pero tiempos hubo en los que el cabo Henry Wood era el hombre más bello del ciento diecisiete de infantería. Nos hallábamos entonces en la India, acantonados en un lugar que llamaremos Bhurtee. Ese Barclay que murió el otro día era sargento de la misma compañía que yo, y la hermosa del regimiento..., sí, y la muchacha mejor que ha respirado aliento de vida por entre sus labios..., era Nancy Devoy, hija del abanderado. Dos hombres la amaban, y ella amaba a uno, y ustedes se sonreirán cuando les diga que este pobre ser, acurrucado delante del fuego, que ustedes están contemplando, era el que ella amaba por bien parecido. Pero, aunque yo era el dueño de su corazón, su padre estaba empeñado en que se casase con Barclay. Yo era un mozo atolondrado y temerario, y él, en cambio, poseía instrucción y estaba ya señalado para ceñir espada. Pero la muchacha se mantenía leal a mí y parecía que acabaría siendo mía. En esto surgió la sublevación, y todo el infierno anduvo suelto por el país. Nuestro regimiento, media batería de artillería, una compañía de sikhs y un grupo de paisanos y mujeres nos vimos cercados en Bhurtee. Montaban el cerco diez mil amotinados, y rondaban en torno nuestro con la misma ansiedad que una jauría de perros terriers alrededor de una jaula de ratas. Hacia la segunda semana del cerco se nos agotó el agua, y todo el problema dependía de que pudiéramos entrar en contacto con la columna del general Neill, que avanzaba tierra adentro. En ello estribaba nuestra única posibilidad de salvación, porque no podíamos esperar abrimos paso combatiendo, cargados como estábamos con todas aquellas mujeres y niños; por eso yo me ofrecí a salir, con el propósito de advertir al general Neill del peligro en que estábamos. Mi ofrecimiento fue aceptado, y traté del asunto con el sargento Barclay, al que se atribuía un conocimiento del terreno superior al que tenían todos, y que me trazó una ruta para que pudiese cruzar las líneas enemigas. Me puse en camino aquella misma noche, a las diez. Eran mil las vidas que había que salvar, pero sólo en una pensaba yo cuando me descolgué por la muralla aquella noche. Yo debía avanzar por el cauce seco de un río, calculando que de ese modo burlaría la vigilancia de los centinelas enemigos, pero cuando doblé, caminando a gatas, el recodo de aquel, fui a dar de manos a boca con seis de ellos, que estaban agazapados en la oscuridad, esperándome. Caí instantáneamente sin sentido, por efecto de un golpe, y me ataron de pies y manos. Pero el verdadero golpe lo recibí en mi alma y no en mi cuerpo, porque, al volver en mí y al escuchar lo que hablaban, hasta donde yo podía entenderles, oí lo bastante para comprender que mi camarada, el hombre mismo que me había trazado el camino a seguir, me había traicionado, entregándome en manos del enemigo, para lo cual se valió de un criado indígena. Bueno. No hace falta que yo haga hincapié en esta parte de mi historia. Ya saben ustedes ahora de qué era capaz James Barclay. El asedio de Bhurtee fue levantado al día siguiente por Neill, pero los rebeldes me llevaron con ellos en su retirada y pasaron muchos años antes de que yo volviese a ver un rostro blanco. Me torturaron, intenté la fuga, me capturaron y me sometieron de nuevo a tortura. Ustedes mismos pueden ver el estado en que quedé. Algunos de los rebeldes que huyeron al Nepal me llevaron con ellos, y más adelante volvieron a trasladarme hasta más allá de Darjeeling. Los montañeses de aquella región asesinaron a los rebeldes en cuyo poder estaba yo, y quedé convertido en esclavo suyo durante algún tiempo, hasta que huí; pero en vez de marchar hacia el Sur, tuve que tirar hacia el Norte, hasta que me vi entre los afganos. En ese país vagabundeé durante varios años, después regresé al Punjab, donde viví, especialmente entre indígenas, buscándome la vida con los trucos de prestidigitación que había aprendido. ¿Qué sacaba yo, miserable impedido, con regresar a Inglaterra, o con darme a conocer a mis viejos camaradas? Ni siquiera mi anhelo de venganza tuvo fuerza suficiente para impulsarme a semejante cosa. Preferí que Nancy y mis antiguos camaradas se acordasen de Henry Wood, muerto con la espalda erguida, que el que lo viesen vivo y arrastrándose con un bastón, lo mismo que un chimpancé. Ellos nunca dudaron de que yo estuviese muerto, y yo me propuse que siguiesen en su certeza. Me enteré de que Barclay se había casado con Nancy, así como de su rápido ascenso dentro del regimiento, pero ni aun eso me hizo hablar. Pero al envejecer, nos asalta la nostalgia de la patria. He estado soñando durante muchos años en los verdes campos lozanos y en los verdes setos de Inglaterra. Por último, me decidí a contemplarlos antes de morir. Ahorré el dinero necesario para el viaje hasta aquí, y una vez en Inglaterra, vine al lugar en que están los soldados, porque yo conozco su manera de ser y sé divertirlos, ganando de ese modo lo suficiente para vivir.
Sherlock Holmes le dijo:
–Su relato ha sido muy interesante. Me han enterado ya de su encuentro con la señora Barclay y de cómo ambos se reconocieron. Luego, según tengo entendido usted la fue siguiendo hasta casa y vio a través de la ventana el altercado que sostuvieron ella y su marido, y en el que ella debió de echarle en cara su comportamiento con usted. Usted se dejó llevar de sus sentimientos, cruzó corriendo el campo de césped y se presentó de improviso ante ellos.
–Así es, señor, y cuando él me vio puso una cara como no se la he visto poner a nadie hasta entonces y se desplomó, dando con la cabeza en el guardafuegos. Leí en su cara la muerte con la misma claridad que estoy leyendo ahora ese cartel que hay encima de la chimenea. El verme nada más fue como un balazo que le atravesó su culpable corazón.
–¿Y qué ocurrió luego?
–Nancy se desmayó. Entonces le quité la llave de la mano con el propósito de abrir la puerta y pedir socorro. Pero cuando lo estaba haciendo me pareció preferible dejar las cosas como estaban y alejarme, porque mi situación sería muy grave si me encontraban allí, y porque, en todo caso, mi secreto se haría público. En mi precipitación, me metí la llave en el bolsillo y, mientras perseguía a Teddy, que se había escapado persiana arriba, perdí mi bastón. Una vez que metí a Teddy en la caja, de la que se había escapado, huí a toda la velocidad que pude.
–¿Quién es Teddy? –preguntó Holmes.
Nuestro hombre se inclinó y levantó la parte de delante de una especie de conejera que había en el rincón. Salió de su interior al instante un hermoso animal de pelo marrón rojizo, delgado, flexible, con las patas de un armiño, hocico largo y fino y los dos ojos encamados más bonitos que yo he visto nunca en la cabeza de animal.
–¡Una mangosta! –grité yo.
–Sí, hay quien la llama por ese nombre y hay quien le da el de icneumón –dijo el hombre–. Yo la llamo cazaserpientes, y este Teddy es asombrosamente rápido para atacar a las cobras. Tengo aquí una desprovista de los colmillos, y Teddy la da caza todas las noches para divertir a los concurrentes a la cantina.
–Bien. Quizá tengamos que acudir de nuevo a usted, en el caso de que la señora Barclay se encontrase en grave peligro.
–Y yo entonces me haré presente.
–Pero, si no ocurre eso, no tendría objeto el levantar semejante escándalo contra un hombre ya muerto, por muy canallescamente que él haya actuado. Le queda a usted, por lo menos, la satisfacción de saber que durante treinta años de su vida la conciencia le ha reprochado amargamente su malvada acción. ¡Hola! Veo pasar por la acera de enfrente al comandante Murphy. Adiós, Wood; quiero enterarme de sí ha ocurrido alguna cosa desde ayer.
Pudimos alcanzar al comandante antes de que él llegara a la esquina.
–¡Hola, Holmes! –dijo Murphy–. ¿Se ha enterado usted ya de que todo ese barullo ha quedado reducido a nada?
–¿Sí? ¿Cómo ha sido?
–Acaba de tener lugar la investigación. El dictamen de los médicos demuestra sin lugar a dudas que la muerte se debió a un ataque apoplético. Ya ve usted que, en fin de cuentas, el caso era muy sencillo.
–Extraordinariamente superficial –contestó Holmes, sonriente–. Vamos, Watson, no creo que nos necesiten ya para nada en Aldershot.
–Queda todavía un detalle –le dije mientras caminábamos hacia la estación–. Si el marido se llamaba James, y el otro Henry, ¿a qué venía lo de David?
–Si yo fuera el razonador ideal, como tan aficionado es usted a presentarme, querido Watson, esa sola palabra debió haberme revelado toda la historia. Se la dijo, evidentemente, como un reproche.
–¿Cómo un reproche?
–Sí, ya usted sabe que David se desmandaba de cuando en cuando, y que en cierta ocasión lo hizo, más o menos, al estilo del sargento James Barclay. ¿No recuerda el negocio de Uriah y Bathsheba? Temo que mis conocimientos bíblicos estén un poco enmohecidos, pero puede usted encontrar esta historia en el libro primero o segundo de Samuel.
Miré el reloj. Eran las doce menos cuarto. No podía tratarse de un visitante a una hora tan tardía. Evidentemente se trataba de un enfermo, y equivalía quizá a pasarme en vela toda la noche. Salí con cara de disgusto al vestíbulo y abrí la puerta. Para asombro mío, era Sherlock Holmes quien estaba en el escalón de la misma.
–Ah Watson –me dijo–, temí llegar demasiado tarde para atraparlo.
–Pase usted, por favor, querido compañero.
–Parece usted sorprendido, y no me extraña. Creo, incluso, que ha experimentado una sensación de alivio. ¡Ejem! Ya veo que sigue usted fumando la mezcla de Arcadia, de sus tiempos de soltero. No hay modo de confundir esas cenizas esponjosas que le han caído en la chaqueta. ¡Qué fácil resulta el adivinar que está acostumbrado a vestir el uniforme, Watson! Nunca podrá pasar como paisano de pura sangre mientras conserve el hábito de llevar el pañuelo dentro de la manga. ¿Podría usted darme asilo por esta noche?
–Con mucho gusto.
–Me dijo usted que disponía de habitación para un soltero, y veo que en este momento no tiene usted de huésped a ningún varón. Su perchero lo está diciendo a gritos.
–Será para mí un verdadero encanto el que se quede en mi casa.
–Gracias; siendo así, ocuparé una percha vacía. Lamento que haya andado en la casa algún operario inglés. Son un regalo del demonio. ¿Supongo que no se tratará de los desagües?
–No, del gas.
–¡Ah! Pues ha dejado dos señales de los clavos de sus botas en el linóleo, precisamente allí donde le da la luz. No, gracias, he cenado algo en Waterloo; pero sí fumaré gustoso una pipa en su compañía.
Le alargué mi tabaquera, tomó asiento frente por frente de mí y fumó un rato en silencio. Yo me daba perfecta cuenta de que únicamente asuntos de importancia podían haberle traído a mi casa a una hora semejante; esperé, pues, con paciencia a que él abordase el tema.
–Ya veo que en este momento le da bastante trabajo su profesión –me dijo observándome con aguda mirada.
–Sí, he tenido un día de mucha actividad –le contesté–. Aunque a usted le parezca muy tonto, la verdad es que no sé de dónde ha sacado esa deducción.
Holmes se rió por lo bajo, y me dijo:
–Mi querido Watson, yo tengo la ventaja de que conozco sus costumbres. Cuando su ronda de visitas es corta, usted las hace a pie, y cuando es larga coge un coche de alquiler. Como estoy viendo que sus botas, aunque usadas, no están, ni mucho menos, sucias, no puedo dudar de que hoy ha estado lo suficientemente atareado para justificar el empleo de un coche de alquiler.
–¡Bien deducido! –exclamé.
–Es elemental –me contestó–. Es uno de esos casos en los que el razonador puede producir un efecto que a su convecino le parece extraordinario, porque este último no ha percibido el único y pequeño extremo que sirve de base a la deducción. Lo mismo puede decirse, querido compañero, de los efectos que producen algunos de sus pequeños bocetos, y que son falsamente deslumbradores porque dependen de que usted retiene en sus propias manos algunos factores del problema que nunca se comunican al lector. Pues bien: en este momento, yo estoy en la postura de esos mismos lectores, porque tengo en esta mano varios hilos de uno de los casos más extraños que hasta ahora han llevado la perplejidad al cerebro de un hombre, y, sin embargo, me faltan uno o dos que son imprescindibles para completar mi teoría. ¡Pero los conseguiré, Watson, los conseguiré!
Le brillaban los ojos y un leve rubor asomó a sus delgadas mejillas. Se había levantado por un momento el velo que ocultaba su naturaleza, tensa y anhelante, pero había sido por un solo momento. Cuando volví a mirarle a la cara, ésta había vuelto a revestirse de su impasibilidad de piel roja, que tenía la culpa de que tanta gente lo considerase como una máquina más bien que como un hombre.
–El problema ofrece rasgos interesantes –me dijo–. Incluso podría decir que presenta rasgos de un interés excepcional. He estudiado ya el asunto, y creo encontrarme con mi solución a la vista. Si usted pudiera acompañarme en esa última etapa, podría serme de gran utilidad.
–Lo cual me encantaría a mí.
–¿Podría ir usted mañana hasta Aldershot?
–Estoy seguro de que Jackson atendería a mi clientela.
–Muy bien. Quiero salir con el tren de las once y diez de la estación de Waterloo.
–Eso me dejaría tiempo a mí.
–Pues entonces, si no tiene usted demasiado sueño, le esbozaré lo que ha ocurrido y lo que aún queda por hacer.
–Antes que usted viniese tenía sueño. Ahora estoy completamente desvelado.
–Resumiré la historia hasta donde me sea posible sin omitir nada que sea vital para el caso. Quizá haya usted incluso leído algún relato del asunto. Se trata del presunto asesinato del coronel Barclay, de los Royal Mallows, en Aldershot, que yo estoy investigando.
–No he oído nada del caso.
–Hasta ahora no ha levantado gran interés, salvo en el ámbito local. Los hechos datan únicamente de dos días. Son los siguientes, expuestos brevemente. Ya sabe usted que el Royal Mallows es uno de los regimientos irlandeses más afamados del ejército británico. Realizó proezas maravillosas tanto en Crimea como durante la sublevación . Y de entonces acá se ha distinguido en cuantas ocasiones se le presentaron. Hasta el lunes pasado por la noche lo mandaba James Barclay, valeroso veterano, que inició su carrera como soldado raso, fue ascendido a oficial por su bravura durante la sublevación, y de ese modo llegó a mandar el regimiento mismo en el que en otro tiempo cargó con un mosquetón. El coronel Barclay contrajo matrimonio siendo sargento. Y su esposa, cuyo nombre de soltera fue señorita Nancy Devoy, era hija de un antiguo abanderado de la misma unidad. Hubo, pues, como puede imaginarse, pequeños roces sociales cuando el joven matrimonio (porque eran aún jóvenes) se encontró en su nuevo ambiente. Parece, sin embargo, que ellos se adaptaron rápidamente, y, según tengo entendido, la señora Barclay ha gozado siempre de gran simpatía entre las damas de sus compañeros de regimiento, lo mismo que su marido entre estos últimos. Agregaré que ella era mujer de gran belleza y que, aun ahora, que lleva más de treinta años de casada, sigue llamando la atención. La vida de familia del coronel Barclay parece haber sido de una felicidad sin altibajos. El comandante Murphy, que me ha proporcionado la mayor parte de los datos que poseo, me asegura que jamás oyó hablar de que hubiese entre la pareja ninguna mala inteligencia. En conjunto, cree que el afecto de Barclay hacia su esposa era mayor que el de su esposa hacia Barclay. Bastaba que estuviese ausente un día entero para que Barclay se sintiese vivamente desasosegado. Por otra parte, ella, aunque afectuosa y leal, no daba muestras de tanta importunidad en sus sentimientos. Pero el regimiento los consideraba como una pareja modelo entre las de edad mediana. No había nada absolutamente en sus relaciones mutuas que pudiera preparar a la gente para la tragedia que iba a ocurrir.
El coronel Barclay fue, según parece, hombre que tuvo algunos rasgos singulares de carácter. Cuando se hallaba en su humor normal era un viejo soldado jovial y vivaracho, pero también había ocasiones en las que se mostraba como hombre capaz de sentimientos muy violentos y vengativos. Sin embargo, nunca pareció que ese aspecto de su temperamento se manifestase en sus relaciones con su esposa. Otro detalle, que había causado sorpresa al comandante Murphy y a tres de los cinco oficiales restantes con quienes yo conversé, eran los extraños accesos depresivos que le acometían a veces. Para usar la frase del comandante, diré que con frecuencia desaparecía de su boca la sonrisa, como si la arrancase una mano invisible, en momentos en que participaba de las alegrías de las bromas de la mesa común. Cuando se apoderaba de él este humor permanecía días enteros sumido en la melancolía más profunda. Esto y cierto matiz supersticioso constituían los únicos rasgos extraordinarios de carácter que sus hermanos de oficialidad observaron. Esta última característica adoptaba la forma de una repugnancia a permanecer solitario, especialmente después de oscurecido. Rasgo tan pueril en un temperamento que se distinguía por lo varonil, dio con frecuencia origen a comentarios y conjeturas. El primer batallón de los Royal Mallows (que es el viejo número ciento diecisiete) se halla acuartelado en Aldershot desde hace algunos años. Los oficiales casados viven fuera del cuartel, y el coronel ha ocupado durante todo ese tiempo un chalé llamado Lachine, a cosa de media milla del Campamento Norte. La casa se levanta rodeada de terrenos propios, pero por el lado oeste sólo dista unas treinta yardas de la carretera. La servidumbre está compuesta por un cochero y dos mujeres. Estas personas y el señor y la señora eran los únicos ocupantes de Lachine, porque los Barclay no tienen hijos, ni era corriente en ellos que tuviesen visitas permanentes. Pasemos ahora a los hechos que tuvieron lugar en Lachine entre las nueve y las diez de la noche del pasado lunes. Según parece, la señora Barclay pertenecía a la Iglesia Católica Romana, y se había interesado muchísimo en la fundación de la Hermandad de San Jorge, que se constituyó dependiente de la capilla de Watt Street, siendo su finalidad el proveer de ropas usadas a los pobres. Aquella noche, a las ocho, había tenido lugar una reunión de la Hermandad y la señora Barclay había cenado a toda prisa para hallarse presente en la misma. El cochero oyó cómo, al salir de la casa, le hacía a su marido alguna observación de tipo corriente, asegurándole que regresaría pronto. Acto continuo fue en busca de la señorita Morrison, que es una joven que vive en el chalé próximo, y las dos juntas se dirigieron a su reunión. Duró ésta cuarenta minutos, y la señora Barclay regresó a casa a las nueve y cuarto, habiendo dejado a la señorita Morrison en su puerta al pasar. Hay en Lachine una habitación que se emplea como sala de la mañana. Esta sala da a la carretera, y se abre a la cespedera por medio de una gran puerta doble de cristales. La cespedera tiene una anchura de treinta yardas, y está separada de la carretera únicamente por una pared de poca altura que tiene encima una verja de hierro. A esa habitación se dirigió la señora Barclay cuando volvió a su casa. No estaban corridas las cortinas, porque rara vez se empleaba aquella sala de noche; pero la señora Barclay misma encendió la lámpara y luego tiró de la campanilla, encargando a Jane Stewart, la doncella, que la trajese una taza de té, cosa totalmente contraria a sus costumbres normales. El coronel estaba en el corredor, pero al oír que su esposa había regresado fue a reunirse con ella en la sala de la mañana. El cochero le vio cruzar el vestíbulo y entrar. Ya nadie volvió a verlo vivo.
Al cabo de diez minutos quedó preparado el té encargado por la señora, pero al acercarse la doncella a la puerta se sorprendió al oír las voces de su señor y de su señora, que disputaban furiosamente. Llamó a la puerta, sin recibir contestación, y llegó incluso a dar vuelta al manillar, encontrándose con que estaba cerrada por dentro. Como es natural, la mujer corrió a la planta baja a informar a la cocinera, y las dos mujeres, junto con el cochero, fueron al vestíbulo y escucharon la disputa, que seguía con igual furia. Los tres concuerdan en que únicamente se oyeron dos voces: la voz de Barclay y la de su señora. Las observaciones de Barclay eran hechas en voz apagada y seca, de manera que los oyentes no las entendían. En cambio, las de la señora eran muy agrias, y cuando levantaba la voz podían oírse con toda claridad. «¡Cobarde!», repetía una y otra vez. «¿Qué puede hacerse ya? Devuélveme mi vida. ¡Jamás volveré ni aun siquiera a respirar el mismo aire que tú! ¡Cobarde! ¡Cobarde!» Tales fueron algunas de las frases pronunciadas por ella, y terminaron con un grito, repentino y angustioso, de la voz del hombre, seguido del estrépito de una caída, y de un chillido desgarrador de la mujer. Convencido de que había ocurrido una tragedia, el cochero se abalanzó hacia la puerta haciendo esfuerzos por violentarla, mientras le llegaba desde el interior un chillido tras otro. Sin embargo, no consiguió abrirse paso, y las mujeres estaban demasiado enloquecidas por el miedo para poder ayudarle. Tuvo de pronto una idea, corrió atravesando el vestíbulo, salió por la puerta de éste y dobló por la cespedera a la que se abrían las grandes ventanas francesas. Una de las hojas de la ventana se hallaba abierta, lo cual es corriente, según tengo entendido, en verano, y el cochero entró por ella en el cuarto sin dificultad. La señora había cesado de dar chillidos y se hallaba tendida, sin sentido, sobre un sofá, mientras que el desdichado coronel yacía muerto en medio de un charco de su propia sangre, con los pies colgando por encima del costado a un sillón, y la cabeza caída en el suelo, cerca de la esquina del guardafuegos. Como es natural, el primer pensamiento del cochero, al ver que nada podía hacer por su amo, fue abrir la puerta. Pero al hacerlo se le presentó una dificultad inesperada y extraña. La llave no estaba metida por la parte de dentro, ni pudo encontrarla por ningún lado en la sala. Tuvo, pues, que volver a salir por la ventana, y regresó después de obtener ayuda de un guardia y de un médico. La señora, contra quien recaían, como es lógico, las mayores sospechas, fue trasladada a su habitación dentro de su estado de insensibilidad. Se procedió a colocar el cadáver del coronel encima del sofá y se realizó un examen cuidadoso del escenario de la tragedia. La herida de que había muerto el desgraciado veterano consistía en un corte desigual de unas dos pulgadas de largura en la parte posterior de la cabeza, causado evidentemente por un golpe violento dado con un arma sin filo.
No fue difícil adivinar cuál había sido esa arma. En el suelo, junto al cadáver, había una extraña garrota de madera dura, cincelada, con el mango de hueso. El coronel poseía una variada colección de armas traídas de los distintos países en que había guerreado, y la Policía supone que esa cachiporra figuraba entre sus trofeos. Los criados niegan haberla visto antes, pero es posible que se les haya pasado por alto entre las numerosas curiosidades de la casa. Ninguna otra cosa de importancia descubrió la Policía en la habitación, salvo el hecho inexplicable de que no se encontrase la llave que faltaba ni sobre la víctima, ni tampoco a la señora Barclay, ni en sitio alguno de la habitación. Hubo que abrir la puerta recurriendo a un cerrajero de Aldershot. Así estaban las cosas, Watson, cuando, el martes por la mañana, y a requerimiento del comandante Murphy, marché a Aldershot para complementar los esfuerzos de la Policía. Convendrá usted conmigo en que el problema se le presentaba ya interesante, pero mis observaciones me hicieron comprender pronto que lo era de una manera mucho más extraordinaria que lo que a primera vista parecía. Antes de examinar la habitación sometí a los criados a un interrogatorio, pero únicamente conseguí poner en claro los hechos que llevo ya expuestos. Un detalle interesante tan sólo fue recordado por Jane Stewart, la doncella. Acuérdase de que al oír los gritos de la disputa ella bajó a la cocina y regresó con los otros ciados. Esa primera vez, estando ella sola, dice que las voces de su señor y de su señora bajaron tanto de tono, que apenas si las oía y juzgué, por el tono más bien que por las palabra, que habían roto entre sí. Sin embargo, ante mis apremios, recordó que la señora pronunció por dos veces la palabra David. Esto es de máxima importancia, porque nos lleva hacia el motivo que había producido aquella súbita disputa. Ya recordará usted que el nombre del coronel era James. Había en el suceso algo que produjo la más profunda impresión, tanto en los criados como en la Policía. Ese algo era la contorsión, que ofrecía la cara del coronel. Según su relato, se había revestido de la expresión más angustiosa de miedo y de horror que es capaz de asumir un rostro humano. Era tan terrible el efecto que producía, que más de una persona se desmayó sólo con verlo. Era completamente seguro que el coronel había visto venir su destino, y que ello le produjo el máximo horror. Como es natural, esto encajaba bien dentro de la tesis de la Policía, en el caso de que el coronel hubiese visto que su mujer se lanzaba a semejante agresión asesina. Tampoco constituía una objeción decisiva a semejante teoría el hecho de que la herida estuviese en la parte posterior de su cabeza, ya que el coronel pudo haberse vuelto para esquivar el golpe. No hubo manera de obtener dato alguno de la señora misma, que se encontraba temporalmente enloquecida debido a un ataque de fiebre cerebral.
He sabido por la Policía que la señorita Morrison, la que, como usted recordará, salió aquella noche con la señora Barclay, niega estar enterada de la causa del mal humor con que regresó a casa su acompañante. Una vez reunidos estos hechos, Watson, los rumié mientras fumaba varias pipas, esforzándome por separar los que eran fundamentales de los que eran simplemente accesorios. No podía discutirse que el detalle más característico y sugeridor del suceso era la extraña desaparición de la llave de la puerta. Por mucho que se hizo no se logró encontrarla dentro de la habitación. Por consiguiente, alguien se apoderó de ella. No podían ser ni el coronel ni la esposa del coronel. Esto estaba perfectamente claro. Por tanto, había entrado en la sala una tercera persona, y esta tercera persona sólo podía haber entrado por la ventana. Me pareció que un examen atento de la habitación y de la cespedera podía quizá revelar algunas huellas del misterioso individuo. Usted conoce ya mis métodos, Watson. No dejé ni uno solo por aplicar a la investigación. Ésta terminó descubriendo huellas, pero muy distintas de las que yo esperaba. Había entrado en la habitación un hombre, y había cruzado la cespedera viniendo desde la carretera. Logré encontrar cinco impresiones claras de sus pies: una en la carretera misma, en el sitio donde se había encaramado a la pared de poca altura; dos en el campo de césped, y dos, muy débiles, en las tablas del piso encerado, próximas a la ventana por donde entró. Parecía haber atravesado el campo de césped a la carrera, porque las huellas de sus pies eran mucho más profundas en la puntera que en los tacones. Pero no fue el hombre quien me sorprendió, sino su acompañante.
–¡Su acompañante!
Holmes sacó del bolsillo una ancha hoja de papel de seda y la desdobló cuidadosamente encima de su rodilla.
–¿Qué saca usted de esto? –preguntó.
El papel estaba cubierto de dibujos de pisadas de un animal pequeño. Tenía bien marcados cinco pulpejos de pezuña, una pequeña señal de uñas largas, y el conjunto de la huella apenas si alcanzaría el tamaño de una cucharilla de postre.
–Es un perro –exclamé yo.
–¿Oyó usted decir nunca que un perro trepase por una persiana? Pues bien; yo descubrí señales claras de que este animal lo había hecho.
–¿Un mono, entonces?
–Pero ésta no es la impresión de un mono.
–¿Qué puede ser entonces?
–No es ni perro, ni gato, ni mono, ni animal alguno con el que nosotros estemos familiarizados. He intentado reconstruirlo a base de las medidas. He aquí cuatro impresiones de lugares en que el animal permaneció en pie, inmóvil. Fíjese en que desde la pata delantera a la pata posterior hay una distancia no menor de quince pulgadas. Agregue a esto la largura del cuello y de la cabeza, y llegamos a un animal que no tendrá menos de dos pies de largura, probablemente más si tiene cola. Pero fíjese ahora en esta otra medida. El animal estaba en movimiento, y nos ha dado aquí la largura de su zancada. En todos los casos, ésta sólo tiene unas tres pulgadas. Como usted ve, esto nos indica un cuerpo largo con unas patas muy cortas. El animal no ha tenido la atención de dejarnos una muestra de su pelo. Sin embargo, su conformación general debe de ser tal y como yo le he indicado. Y sabe, además, trepar por una persiana y es carnívoro.
–¿De dónde diablos lo saca usted?
–Porque trepó, en efecto, por la persiana. Había colgada en la ventana una jaula de canario, y, por lo visto, este animal intentó capturar el pájaro.
–Pero entonces, ¿de qué animal se trata?
–Ah, si yo pudiera ponerle nombre, habría adelantado mucho hacia la resolución del caso. En total, debe probablemente tratarse de un animal de la familia de las comadrejas o de los armiños, y, sin embargo, es de un tamaño mayor que cualquiera de los ejemplares que yo he visto de ambas clases de animales.
–Pero ¿qué tuvo que ver con el crimen ese animal?
–También eso sigue aún siendo oscuro. Pero, como usted ve, hemos descubierto bastantes cosas. Sabemos que un hombre estaba en la carretera contemplando la disputa entre los Barclay (las cortinas estaban levantadas y la habitación iluminada). Sabemos también que él corrió del campo de césped, que entró en la habitación acompañado por un animal extraño y que golpeó al coronel, o, lo que también es posible, que el coronel cayese al suelo víctima del terror al ver a esa persona, produciéndose un corte en la cabeza con la esquina del guardafuegos. Por último, tenemos el hecho curioso de que el intruso se llevó la llave cuando huyó.
–Los descubrimientos que usted ha hecho parecen haber dejado el asunto más oscuro aún de lo que estaba –le dije.
–Así es, en efecto. Ellos muestran, sin lugar a dudas, que este asunto es más profundo de lo que en el primer momento se supuso. Yo he meditado sobre el caso y he llegado a la conclusión de que necesito enfocarlo desde otro punto de vista. Pero la verdad es, Watson, que le estoy impidiendo ir a dormir, y que pudiera haberle contado todo esto mientras marchábamos mañana camino de Aldershot.
–Gracias; usted ha avanzado demasiado para que ahora vaya a detenerse.
Era completamente cierto que cuando la señora Barclay salió de casa a las siete y media se encontraba en buenas relaciones con su esposo. Ella, según tengo ya dicho, no hizo nunca ostentación de su cariño, pero el cochero la oyó charlar con el coronel amistosamente. Es así mismo cierto que, inmediatamente después de regresar a casa, entró en la habitación en que era menos verosímil que pudiera encontrarse con su esposo; que había recurrido al té, como lo haría una mujer que se encontrase agitada, y que, por último, cuando él fue adonde ella estaba, la mujer estalló en violentas recriminaciones. Por consiguiente, algo había ocurrido entre las siete y treinta y las nueve de la noche que había alterado por completo los sentimientos de la esposa hacia su marido. Ahora bien: la señorita Morrison no se había separado de ella esa hora y media. Por tanto, a pesar de sus negativas, era totalmente seguro que esa señorita tenía que saber algo del asunto. Mi primera conjetura fue que quizá entre esa mujer joven y el veterano soldado habían existido ciertas relaciones que aquélla confesó ahora a la esposa. Esto explicaría que ésta regresase irritada, y también explicaría el que la joven negase que hubiese ocurrido nada. Tampoco resultaría incompatible por completo con la mayor parte de las frases escuchadas. Pero teníamos la referencia hecha a un David, y, como contrapeso de la misma, el reconocido cariño que el coronel sentía por su mujer, para no decir nada del trágico entretenimiento de este otro hombre, que bien pudiera hallarse totalmente descontento de lo que antes había ocurrido. No era tarea fácil la de orientarse, pero en total me sentí inclinado a desechar la idea de que entre el coronel y la señorita Morrison hubiese habido nada; pero, en cambio, quedé más convencido que nunca de que la joven tenía la clave del motivo que había cambiado el ánimo de la señora Barclay en odio hacia su marido. Adopté, pues, el recurso evidente de ir a visitar a la señorita Morrison, de explicarle que yo estaba completamente seguro de que ella tenía en su mano los hechos, y de asegurarle que su amiga, la señora Barclay, podría encontrarse en el banquillo acusada de un crimen castigado con la pena de muerte, a menos que se pusiese en claro el asunto. La señorita Morrison es una mujercita pequeña y delicada, de ojos tímidos y cabellos blondos; pero que, según pude comprobar, no carece de agudeza y de buen sentido. Permaneció algún tiempo meditando después de que yo acabé de hablar; luego se volvió de pronto hacia mí con expresión vivamente resuelta, y me salió con un relato extraordinario, que voy a condensar en atención a usted: «Yo prometí a mi amiga que no diría nada del asunto, y una promesa es una promesa –me dijo–. Pero si de veras puedo ayudarla, ahora que se hace en contra suya una acusación tan grave, precisamente cuando su propia boca se encuentra cerrada por la enfermedad, yo creo que me veo dispensada de la promesa hecha. Voy a decirle exactamente lo que ocurrió el lunes por la noche. A eso de las nueve menos cuarto regresábamos de la Misión Watt Street. Teníamos que cruzar el camino de vuelta por Hudson Street, que es una calle muy tranquila. En toda ella no hay sino una sola lámpara, en el lado izquierdo; al aproximarnos a ella vi que venía hacia nosotros un hombre de espaldas muy cargadas y que traía sobre un hombro algo que parecía una caja. Su aspecto era el de una persona deforme: traía la cabeza muy baja y caminaba con las rodillas dobladas. En el momento de cruzamos con él, dentro del círculo de luz que proyectaba la lámpara, levantó la cabeza para miramos, y al hacerlo se detuvo y gritó con voz angustiosa: «¡Válgame Dios, si es Nancy!» La señora Barclay se puso blanca como una muerta, y se habría desplomado de no haberla sostenido aquel personaje horrible. Iba yo a llamar a la Policía pero ella, con sorpresa mía, habló al individuo aquel con gran amabilidad. «Henry, yo lo daba por muerto desde hace treinta años», le dijo con voz temblorosa. «Y lo estuve», le contestó él, y el tono de voz con que habló producía espanto. Era el suyo un rostro muy oscuro y asustador, y el brillo de sus ojos tal, que se me ha vuelto a aparecer en sueños. Sus cabellos y patillas estaban veteados de gris y tenía la cara completamente arrugada y fruncida como una manzana reseca. «Haz el favor de adelantarte un poco querida –me dijo la señora Barclay–. Quiero hablar unas palabras con este hombre. No hay nada de qué asustarse.» Intentó hacerse la animosa, pero seguía mortalmente pálida y apenas si le salían las palabras por el temblor de sus labios. Hice lo que me pidió, y estuvieron hablando solos unos cuantos minutos. Luego avanzó ella sola por la calle. Echaba lumbre por los ojos. Vi al pobre inválido, en pie junto al poste alumbrado, agitando los puños en el aire como si estuviera loco de furor. Ella no habló una sola palabra hasta que llegamos a mi puerta y, una vez aquí, me tomó de la mano y me suplicó que no dijese a nadie lo que había ocurrido. «Es un antiguo conocido mío que ha venido a menos», me explicó. Una vez que le hube prometido no decirle nada a nadie, me besó, y no he vuelto a verla. Le he contado a usted toda la verdad, y si hasta ahora la oculté a la Policía fue porque no sospechaba el peligro en que se encontraba mi querida amiga. Estoy segura de que ella no puede menos de salir ganando con que se haga público todo.» Tal fue su relato, Watson, y para mí vino a ser como una luz en noche oscura, como usted se imaginará. Lo que hasta entonces aparecía desconectado empezó en el acto a ocupar su verdadero lugar y tuve un oscuro presentimiento de la completa cadena de los acontecimientos. Es evidente que el paso siguiente que yo tenía que dar era el descubrir al hombre que tan extraordinaria impresión había producido en la señora Barclay. De seguir él todavía en Aldershot, el problema no resultaría muy difícil. No es allí muy grande el número de paisanos, y un hombre deforme tenía por fuerza que llamar la atención.
Invertí un día en la búsqueda. Para el atardecer lo tenía cazado. El hombre en cuestión se llama Henry Wood y vive en una pensión de la misma calle en la que tropezaron con él las mujeres. No lleva sino cinco días en la pensión. Mantuve una charla por demás interesante con la dueña de la casa, a título de agente del padrón. La profesión que tiene ese hombre es la de prestímano y actor; recorre, después de oscurecido, las tabernas, y da en cada una su pequeña representación. Lleva siempre con él dentro de una caja, yo no sé qué animal, y la dueña de la casa me lo dijo con bastante alarma, porque jamás había visto un animal parecido. Según me explicó, se sirve del mismo para algunos de sus trucos. Eso fue todo lo que pudo decirme la mujer, y agregó que no se explicaba cómo podía seguir con vida, porque todo su cuerpo estaba hecho un garabato de torcido. A veces hablaba en un idioma extraño, y las dos últimas noches le había oído gemir y llorar en su dormitorio. En cuestión de dinero no parecía andar mal, pero al entregarle la cantidad estipulada como garantía le dio una moneda que parecía un florín falso. Me lo mostró, Watson, y era una rupia de la India. Ya ve, pues, cuál es ahora la situación y para qué lo necesito a usted. Está completamente claro que este hombre fue tras de las mujeres después que éstas siguieron su camino, guardando cierta distancia; que presenció la discusión entre marido y mujer a través de la ventana; que se metió dentro de la sala, y que el animal que llevaba en la caja quedó en libertad. Todo eso es muy seguro. Pero nadie sino él puede decimos qué es lo que ocurrió dentro de aquella habitación.
–¿Y usted se propone preguntárselo?
–Desde luego; pero en presencia de un testigo.
–¿Y ese testigo he de ser yo?
–Si tiene esa amabilidad. Si el hombre se niega, no nos queda otra alternativa que pedir un mandamiento de prisión.
–¿Pero cómo sabe usted que él estará allí cuando nosotros volvamos?
–Puede usted tener la seguridad de que he tomado algunas precauciones. Uno de mis chicos de Baker Street monta la guardia sobre su persona, y adondequiera que ese hombre vaya se le pegará como una rebaba. Mañana nos lo encontraremos en Hudson Street, Watson; mientras tanto, el criminal sería yo si lo retuviese aquí un minuto más sin dejarle acostarse.
Era mediodía cuando llegábamos al lugar de la tragedia, y, bajo la guía de mi compañero, nos pusimos inmediatamente en camino hacia Hudson Street. A pesar de la capacidad de Holmes para ocultar sus emociones, podía ver yo que se hallaba en un estado de reprimida excitación, mientras yo mismo vibraba de ese placer medio deportivo medio intelectual que experimento siempre que estoy ligado a Holmes en sus investigaciones.
–Esta es la calle –me dijo cuando nos metimos en una vía pública corta, a cuyos lados se alineaban casas de dos plantas construidas de ladrillo–. ¡Hola! Aquí tenemos a Simpson, que viene a dar su informe.
–Él está dentro, señor Holmes –gritó un pilluelo que corría a nuestro encuentro.
–¡Muy bien, Simpson! –le dijo Holmes, dándole unas palmaditas en la cabeza–. Adelante Watson. La casa es ésta.
Holmes entregó su tarjeta, acompañándola de un mensaje en que le anunciaba que había venido para tratar de un asunto importante. Un momento después nos encontrábamos cara a cara con el hombre al que habíamos venido a visitar. A pesar de que el tiempo era muy caluroso, lo encontramos acurrucado junto al fuego, y el cuartito parecía un homo. El hombre se hallaba sentado en su silla, tan contraído y recogido sobre sí mismo que producía una impresión indescriptible de deformidad; sin embargo, la cara que volvía hacia nosotros, aunque ajada y atezada, debió de haber sido en un tiempo notable por su belleza. Nos miró receloso con sus ojos biliosos de ictérico y, sin hablar ni levantarse, nos señaló con un vaivén de la mano dos sillas.
–Estoy hablando con el señor Henry Wood, procedente de la India, ¿no es así? –le preguntó Holmes con afabilidad–. Vine para conversar sobre ese asuntillo de la muerte del coronel Barclay.
–¿Y qué puedo saber yo acerca de la misma?
–Eso es lo que quiero poner en claro. Ya sabrá usted, me imagino, que si el asunto no se esclarece, la señora Barclay, que es una antigua amiga de usted, será, casi con seguridad, juzgada por asesinato.
El hombre dio un violento respingo y exclamó:
–Yo no sé quién es usted, ni cómo ha conseguido saber lo que sabe. ¿Me quiere usted jurar que es cierto lo que me dice?
–Están esperando únicamente a que recobre el juicio para detenerla.
–¡Santo Dios! ¿Es usted, acaso, de la Policía?
–No.
–¿Qué le va ni le viene entonces a usted?
–A todos les interesa el que se haga justicia.
–Le doy mi palabra de que ella es inocente.
–¿Entonces el culpable es usted?
–No, no lo soy.
–¿Quién, pues, mató al coronel James Barclay?
–Fue la providencia la que lo mató. Pero fíjese en esto que le digo: si yo le hubiese destrozado el cráneo, como mi corazón me lo exigía, no le habrían dado mis manos sino su merecido. Si su conciencia criminal no lo hubiese herido de muerte, es muy probable que yo tuviese su sangre sobre mi alma. ¿Desea usted que le cuente la historia? No veo razón para no hacerlo, porque de nada tengo yo que avergonzarme. Ocurrió de esta manera, señor. Ustedes me ven ahora con mi espalda igual que la de un camello y mis costillas oblicuas, pero tiempos hubo en los que el cabo Henry Wood era el hombre más bello del ciento diecisiete de infantería. Nos hallábamos entonces en la India, acantonados en un lugar que llamaremos Bhurtee. Ese Barclay que murió el otro día era sargento de la misma compañía que yo, y la hermosa del regimiento..., sí, y la muchacha mejor que ha respirado aliento de vida por entre sus labios..., era Nancy Devoy, hija del abanderado. Dos hombres la amaban, y ella amaba a uno, y ustedes se sonreirán cuando les diga que este pobre ser, acurrucado delante del fuego, que ustedes están contemplando, era el que ella amaba por bien parecido. Pero, aunque yo era el dueño de su corazón, su padre estaba empeñado en que se casase con Barclay. Yo era un mozo atolondrado y temerario, y él, en cambio, poseía instrucción y estaba ya señalado para ceñir espada. Pero la muchacha se mantenía leal a mí y parecía que acabaría siendo mía. En esto surgió la sublevación, y todo el infierno anduvo suelto por el país. Nuestro regimiento, media batería de artillería, una compañía de sikhs y un grupo de paisanos y mujeres nos vimos cercados en Bhurtee. Montaban el cerco diez mil amotinados, y rondaban en torno nuestro con la misma ansiedad que una jauría de perros terriers alrededor de una jaula de ratas. Hacia la segunda semana del cerco se nos agotó el agua, y todo el problema dependía de que pudiéramos entrar en contacto con la columna del general Neill, que avanzaba tierra adentro. En ello estribaba nuestra única posibilidad de salvación, porque no podíamos esperar abrimos paso combatiendo, cargados como estábamos con todas aquellas mujeres y niños; por eso yo me ofrecí a salir, con el propósito de advertir al general Neill del peligro en que estábamos. Mi ofrecimiento fue aceptado, y traté del asunto con el sargento Barclay, al que se atribuía un conocimiento del terreno superior al que tenían todos, y que me trazó una ruta para que pudiese cruzar las líneas enemigas. Me puse en camino aquella misma noche, a las diez. Eran mil las vidas que había que salvar, pero sólo en una pensaba yo cuando me descolgué por la muralla aquella noche. Yo debía avanzar por el cauce seco de un río, calculando que de ese modo burlaría la vigilancia de los centinelas enemigos, pero cuando doblé, caminando a gatas, el recodo de aquel, fui a dar de manos a boca con seis de ellos, que estaban agazapados en la oscuridad, esperándome. Caí instantáneamente sin sentido, por efecto de un golpe, y me ataron de pies y manos. Pero el verdadero golpe lo recibí en mi alma y no en mi cuerpo, porque, al volver en mí y al escuchar lo que hablaban, hasta donde yo podía entenderles, oí lo bastante para comprender que mi camarada, el hombre mismo que me había trazado el camino a seguir, me había traicionado, entregándome en manos del enemigo, para lo cual se valió de un criado indígena. Bueno. No hace falta que yo haga hincapié en esta parte de mi historia. Ya saben ustedes ahora de qué era capaz James Barclay. El asedio de Bhurtee fue levantado al día siguiente por Neill, pero los rebeldes me llevaron con ellos en su retirada y pasaron muchos años antes de que yo volviese a ver un rostro blanco. Me torturaron, intenté la fuga, me capturaron y me sometieron de nuevo a tortura. Ustedes mismos pueden ver el estado en que quedé. Algunos de los rebeldes que huyeron al Nepal me llevaron con ellos, y más adelante volvieron a trasladarme hasta más allá de Darjeeling. Los montañeses de aquella región asesinaron a los rebeldes en cuyo poder estaba yo, y quedé convertido en esclavo suyo durante algún tiempo, hasta que huí; pero en vez de marchar hacia el Sur, tuve que tirar hacia el Norte, hasta que me vi entre los afganos. En ese país vagabundeé durante varios años, después regresé al Punjab, donde viví, especialmente entre indígenas, buscándome la vida con los trucos de prestidigitación que había aprendido. ¿Qué sacaba yo, miserable impedido, con regresar a Inglaterra, o con darme a conocer a mis viejos camaradas? Ni siquiera mi anhelo de venganza tuvo fuerza suficiente para impulsarme a semejante cosa. Preferí que Nancy y mis antiguos camaradas se acordasen de Henry Wood, muerto con la espalda erguida, que el que lo viesen vivo y arrastrándose con un bastón, lo mismo que un chimpancé. Ellos nunca dudaron de que yo estuviese muerto, y yo me propuse que siguiesen en su certeza. Me enteré de que Barclay se había casado con Nancy, así como de su rápido ascenso dentro del regimiento, pero ni aun eso me hizo hablar. Pero al envejecer, nos asalta la nostalgia de la patria. He estado soñando durante muchos años en los verdes campos lozanos y en los verdes setos de Inglaterra. Por último, me decidí a contemplarlos antes de morir. Ahorré el dinero necesario para el viaje hasta aquí, y una vez en Inglaterra, vine al lugar en que están los soldados, porque yo conozco su manera de ser y sé divertirlos, ganando de ese modo lo suficiente para vivir.
Sherlock Holmes le dijo:
–Su relato ha sido muy interesante. Me han enterado ya de su encuentro con la señora Barclay y de cómo ambos se reconocieron. Luego, según tengo entendido usted la fue siguiendo hasta casa y vio a través de la ventana el altercado que sostuvieron ella y su marido, y en el que ella debió de echarle en cara su comportamiento con usted. Usted se dejó llevar de sus sentimientos, cruzó corriendo el campo de césped y se presentó de improviso ante ellos.
–Así es, señor, y cuando él me vio puso una cara como no se la he visto poner a nadie hasta entonces y se desplomó, dando con la cabeza en el guardafuegos. Leí en su cara la muerte con la misma claridad que estoy leyendo ahora ese cartel que hay encima de la chimenea. El verme nada más fue como un balazo que le atravesó su culpable corazón.
–¿Y qué ocurrió luego?
–Nancy se desmayó. Entonces le quité la llave de la mano con el propósito de abrir la puerta y pedir socorro. Pero cuando lo estaba haciendo me pareció preferible dejar las cosas como estaban y alejarme, porque mi situación sería muy grave si me encontraban allí, y porque, en todo caso, mi secreto se haría público. En mi precipitación, me metí la llave en el bolsillo y, mientras perseguía a Teddy, que se había escapado persiana arriba, perdí mi bastón. Una vez que metí a Teddy en la caja, de la que se había escapado, huí a toda la velocidad que pude.
–¿Quién es Teddy? –preguntó Holmes.
Nuestro hombre se inclinó y levantó la parte de delante de una especie de conejera que había en el rincón. Salió de su interior al instante un hermoso animal de pelo marrón rojizo, delgado, flexible, con las patas de un armiño, hocico largo y fino y los dos ojos encamados más bonitos que yo he visto nunca en la cabeza de animal.
–¡Una mangosta! –grité yo.
–Sí, hay quien la llama por ese nombre y hay quien le da el de icneumón –dijo el hombre–. Yo la llamo cazaserpientes, y este Teddy es asombrosamente rápido para atacar a las cobras. Tengo aquí una desprovista de los colmillos, y Teddy la da caza todas las noches para divertir a los concurrentes a la cantina.
–Bien. Quizá tengamos que acudir de nuevo a usted, en el caso de que la señora Barclay se encontrase en grave peligro.
–Y yo entonces me haré presente.
–Pero, si no ocurre eso, no tendría objeto el levantar semejante escándalo contra un hombre ya muerto, por muy canallescamente que él haya actuado. Le queda a usted, por lo menos, la satisfacción de saber que durante treinta años de su vida la conciencia le ha reprochado amargamente su malvada acción. ¡Hola! Veo pasar por la acera de enfrente al comandante Murphy. Adiós, Wood; quiero enterarme de sí ha ocurrido alguna cosa desde ayer.
Pudimos alcanzar al comandante antes de que él llegara a la esquina.
–¡Hola, Holmes! –dijo Murphy–. ¿Se ha enterado usted ya de que todo ese barullo ha quedado reducido a nada?
–¿Sí? ¿Cómo ha sido?
–Acaba de tener lugar la investigación. El dictamen de los médicos demuestra sin lugar a dudas que la muerte se debió a un ataque apoplético. Ya ve usted que, en fin de cuentas, el caso era muy sencillo.
–Extraordinariamente superficial –contestó Holmes, sonriente–. Vamos, Watson, no creo que nos necesiten ya para nada en Aldershot.
–Queda todavía un detalle –le dije mientras caminábamos hacia la estación–. Si el marido se llamaba James, y el otro Henry, ¿a qué venía lo de David?
–Si yo fuera el razonador ideal, como tan aficionado es usted a presentarme, querido Watson, esa sola palabra debió haberme revelado toda la historia. Se la dijo, evidentemente, como un reproche.
–¿Cómo un reproche?
–Sí, ya usted sabe que David se desmandaba de cuando en cuando, y que en cierta ocasión lo hizo, más o menos, al estilo del sargento James Barclay. ¿No recuerda el negocio de Uriah y Bathsheba? Temo que mis conocimientos bíblicos estén un poco enmohecidos, pero puede usted encontrar esta historia en el libro primero o segundo de Samuel.

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