Holmes llevaba algunas horas sentado y en silencio, con su larga y enjuta espalda encorvada sobre un recipiente químico en el que estaba elaborando un producto maloliente en grado extremo. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, y desde el sitio en que yo me encontraba ofrecía el aspecto de un pajarraco raro y trasijado, de apagado plumaje gris y copete negro.
–De modo, Watson –dijo de pronto–, que usted no me aconseja invertir dinero en valores de Sudáfrica.
Pegué un respingo de asombro. A pesar de estar habituado a las sorprendentes facultades de Holmes, aquella súbita intromisión en lo más íntimo de mis pensamientos me resultó por completo inexplicable.
–¿Cómo diablos sabe usted que yo pienso así? –le pregunté.
Holmes hizo dar media vuelta al banquillo en que estaba sentado, sosteniendo en la mano un tubo de ensayo humeante, y dejó ver en sus ojos hundidos un destello de regocijo.
–Veamos, Watson, reconozca que esto lo ha dejado patidifuso –me dijo.
–Así es.
–Debería hacerle firmar un documento en que constase el hecho.
–¿Por qué?
–Porque antes de cinco minutos me dirá que la cosa es de una simplicidad absurda.
–Estoy seguro de que no diré semejante cosa.
–Fíjese, mi querido Watson –y Holmes colocó su tubo de ensayo en el colgadero, y empezó a aleccionarme con los aires de un profesor que está hablando a sus alumnos–; fíjese, digo, en que no resulta muy difícil construir una serie de inferencias, cada una de las cuales se apoya en la que le precede siendo por sí misma sencilla. Si, después de haber hecho eso, aparta uno todas las inferencias centrales y ofrece al auditorio únicamente el punto de arranque y la conclusión, puede producir efectos sumamente sorprendentes, aunque es posible que sean demasiado llamativos. Ahora bien: no es difícil mediante el examen del surco que separa el dedo índice del pulgar de su mano izquierda, sacar la conclusión segura de que usted no se propone invertir su pequeño capital en valores de los campos mineros auríferos.
–No veo la ligazón entre una cosa y otra.
–Es muy probable que no la vea, pero yo puedo hacerle ver rápidamente la ligazón íntima que existe. He aquí los eslabones que faltan en la cadena sencillísima. Primero: la noche pasada, y cuando usted regresó del club, había entre el índice de su mano izquierda y el pulgar restos de tiza. Segundo: usted se da tiza en ese sitio cuando juega al billar con objeto de afianzar allí el taco. Tercero: usted no juega al billar si no es con Thurston. Cuarto: hará cuatro semanas que me dijo usted que Thurston tenía una opción sobre determinados valores sudafricanos que expiraba al cumplirse un mes, y que deseaba que usted entrase con él en el negocio. Quinto: usted guarda bajo llave en mi mesa de despacho su libro de cheques, y no me ha pedido la llave. Sexto: por consiguiente, no se propone invertir su dinero en ese negocio.
–¡Qué cosa más absurdamente sencilla! –exclamé yo.
–¡Sencillísima! –dijo él un poco picado–. Una vez que se los explican a usted, todos los problemas resultan infantiles. Aquí tiene usted uno sin explicación. Veamos, amigo Watson, lo que usted saca del mismo.
Me echó una hoja de papel encima de la mesa, y volvió a su análisis químico. Yo me quedé contemplando con asombro los jeroglíficos absurdos que tenía el documento, y exclamé:
–Pero, ¡Holmes, si este es un dibujo hecho por algún niño!
–¿Eso es lo que le parece a usted?
–¿Y qué otra cosa puede ser?
–Eso es precisamente lo que está ansioso por saber míster Hilton Cubitt, de Ridling Thorpe Manor, en Norfolk. Este pequeño rompecabezas ha llegado por el primer correo del día, y ese caballero iba a ponerse en camino por el tren siguiente. Han llamado a la puerta, Watson. No me sorprendería que fuese la persona de que le hablo.
Se oyeron en la escalera fuertes pisadas, y, un instante después, entró un señor alto, rubicundo, completamente afeitado, cuyos claros ojos y colorados carrillos pregonaban que su poseedor vivía lejos de las nieblas de Baker Street. Pareció que al entrar en la habitación entraba con él una ráfaga de aire puro vivificador, sano, de las costas orientales. Después de cambiar con nosotros sendos apretones de manos se disponía a tomar asiento, cuando su mirada fue a posarse en el papel de los extraños dibujos que yo acababa de examinar dejándolo después encima de la mesa.
–¿Y qué me dice usted, míster Holmes, de eso? –exclamó–. Me aseguraron que es usted aficionado a los problemas raros y misteriosos, pero no creo que pueda encontrar otro que supere a éste en rareza. Envié el documento por delante, para darle tiempo a usted de estudiarlo antes de mi llegada.
–No cabe duda que se trata de una obra rara –contestó Holmes–. A primera vista se diría que se trata de una travesura infantil. Está formado por una cantidad de pequeñas figuras absurdas que avanzan bailando a lo ancho del papel en que están dibujadas. ¿Por qué razón atribuye usted importancia a tema tan absurdo?
–Yo no se la habría dado, míster Holmes, en modo alguno. Pero mi esposa se la da y ha sufrido con el dibujo un susto de muerte. No dice una palabra, pero yo leo el espanto en sus ojos. Por esa razón quiero llegar hasta el fondo mismo de este asunto.
Holmes mantuvo el papel en alto, de modo que le diese de lleno el sol. Se trataba de una hoja arrancada de un cuaderno. Los dibujos estaban hechos a lápiz, y eran tal como sigue:

Holmes estuvo examinándolos durante un rato, luego dobló con cuidado la hoja, y la guardó en su cuaderno de notas, diciendo:
–Parece que tenemos aquí un caso por demás interesante y que se sale de lo corriente. Usted, míster Hilton Cubitt, me daba ya algunos detalles en su carta, pero yo le ruego que tenga la amabilidad de repetirlos a fin de que los conozca mi amigo el doctor Watson.
–Yo no soy gran cosa haciendo relatos –dijo nuestro visitante, cerrando y abriendo nerviosamente sus fuertes manazas–. Pregúnteme, pues, cualquier detalle que no le resulte claro. Empezaré desde mi boda, que tuvo lugar el pasado año; pero antes quiero decirles que no soy hombre rico, que mi familia lleva viviendo cinco siglos en Ridling Thorpe, y que no hay otra más conocida en el condado de Norfolk. El año pasado vine a Londres con motivo de las fiestas del Jubileo, y me alojé en una casa de huéspedes de Russel Square, porque Parker, el vicario de nuestra parroquia, paraba en ella. Estaba en la casa una joven norteamericana, Patrick se llamaba, Elsie Patrick. Yo no sé cómo trabamos amistad, y antes que se cumpliese el mes de mi estancia, estaba yo todo lo enamorado de ella que un hombre puede estarlo de una mujer. Nos casamos tranquilamente en un registro civil. A usted, míster Holmes, tiene que parecerle una locura que un hombre perteneciente a una buena y antigua familia tomase de ese modo por esposa a una mujer, sin hacer averiguaciones sobre el pasado y sobre su familia. Si usted la conociese y la tratase le sería menos difícil comprenderlo. Elsie se portó conmigo con absoluta rectitud. Faltaría a la verdad si yo dijese que no me dio facilidades para que pudiera quedar libre de mi compromiso, si tal era mi deseo, diciéndome: «Yo he tenido durante mi vida tratos con gentes muy desagradables. Yo quiero borrarlas de mi memoria. Preferiría que no aludiésemos nunca al pasado mío, porque me resulta muy doloroso. Si me tomas por esposa, Hilton, te llevas a una mujer que no tiene que avergonzarse personalmente de nada; pero deberás conformarte con la palabra que yo te doy de que es así y me permitirás que guarde silencio sobre todo mi pasado, hasta el instante en que seré tuya. Si estas condiciones te resultan duras, regresa a Norfolk y abandóname a la vida solitaria en que me encontraste.» Con estas mismas palabras me habló la víspera de nuestra boda. Le contesté que yo la tomaba gustoso en las condiciones en que ella se me entregaba, y he cumplido mi palabra. Pues bien: llevamos ya un año casados y durante el mismo hemos sido muy felices. Hará un mes, a fines de junio, descubrí las primeras señales de que las cosas se torcían. Mi mujer recibió carta de Norteamérica. Yo vi el sello de los Estados Unidos. Se puso mortalmente pálida, leyó la carta y la tiró al fuego. No hizo posteriormente ninguna alusión a ella, y yo tampoco la hice, porque la palabra es palabra; pero desde aquel instante mi esposa no ha conocido ya el sosiego. En su rostro se advierte una mirada de temor, como si estuviese a la espera de algo. Lo mejor que podría haber hecho es confiarse a mí, en la seguridad de que me encontraría como su mejor amigo. Pero yo no puedo hablar mientras ella no diga nada. Tenga en cuenta, míster Holmes, que ella es una mujer leal y que, cualesquiera que sean las dificultades que haya tenido en su vida pasada, no se le puede cargar a ella la culpa de las mismas. Yo no soy más que un hidalgo de Norfolk, pero no hay en toda Inglaterra quien aprecie más que yo el honor de su familia. Ella lo sabe bien, y lo sabía bien antes de casarse conmigo. No es capaz de echar una mancha sobre ese honor, estoy seguro de que no es capaz... Y entro ahora en la parte extraña de mi relato. Hará una semana (el martes de la pasada) descubrí en los antepechos de las ventanas una cantidad de absurdos dibujos de bailarines, parecidos a los de ese papel. Estaban hechos con tiza. Pensé que habría sido el mozo de cuadra quien los había dibujado, pero me juró que él no sabía nada. Fuese como fuese, los pintaron durante la noche. Hice que los borrasen, y nada hablé del asunto a mi mujer hasta después. Con gran sorpresa mía, ella tomó la cosa muy en serio, y me suplicó que si volvían a aparecer, le permitiese verlos. Nada ocurrió por espacio de una semana; pero ayer por la mañana, me encontré ese papel encima del reloj de arena del jardín. Se lo mostré a Elsie, y ella sufrió un colapso. Desde ese momento da la impresión de una mujer que estuviese perdida en ensueños, medio aturdida, y con una expresión de terror agazapada en el fondo de sus ojos. Entonces fue cuando yo le escribí a usted, míster Holmes, y le envié el papel. No es cosa que yo pudiera llevar a la Policía, porque se habrían reído de mí; pero usted me dirá lo que tengo que hacer. Yo no soy rico; mas si a mi mujercita le amenazase cualquier peligro, soy capaz de gastarme en protegerla hasta mi último penique.
Era un tipo magnífico, producto del viejo terruño inglés, sencillo, íntegro, bondadoso con sus grandes y expresivos ojazos azules y su rostro ancho y agradable. En la expresión de sus facciones resplandecía el amor que sentía por su mujer. Holmes había escuchado su relato con la máxima atención y permaneció luego sumido en silenciosas meditaciones.
–¿No cree usted –preguntó por fin– que lo mejor que podría hacer es apelar directamente a su esposa, pidiéndole que le haga partícipe de su secreto?
Hilton movió negativamente su maciza cabeza.
–Míster Holmes, lo que se promete, prometido queda. Si Elsie quisiera contármelo, lo haría espontáneamente. Si no lo hace, yo no debo obligarla a que se confíe a mí. Pero sí que estoy justificado en actuar de manera independiente, y lo haré.
–Pues entonces, yo le ayudaré de corazón. En primer lugar, ¿se ha enterado usted de si se han dejado ver por aquellos alrededores algunos extranjeros?
–No.
–Me imagino que se tratará de una zona tranquila, y en la que la aparición de un rostro nuevo suscitaría comentarios.
–En nuestra vecindad inmediata, sí. Pero tenemos a no mucha distancia varias pequeñas poblaciones balnearias, y los granjeros toman huéspedes en sus casas.
–Estos jeroglíficos tienen sin duda un sentido. Si se trata de una cosa puramente arbitraria, quizá nos sea imposible descifrarlo; pero si estamos ante una cosa sistemática, llegaremos sin duda al fondo del asunto. Ahora bien: esta muestra que tenemos aquí es tan breve, y los hechos que usted me ha relatado resultan de tal manera indefinidos, que carecemos de base para una investigación. Yo le sugeriría que regresase a Norfolk, que estuviese en guardia muy despierta y que sacase una copia exacta de cualquier otra muestra de bailarines que pudiera aparecer. Es una verdadera lástima que no dispongamos de un facsímil de los bailarines que fueron pintados con tiza en los antepechos de las ventanas. Realice también una investigación discreta a propósito de los extranjeros que viven por aquellos alrededores. Cuando haya recogido algunos elementos nuevos venga otra vez a visitarme. Tal es, míster Hilton Cubitt, el mejor consejo que yo puedo darle. En el caso de presentarse novedades apremiantes, me tendrá siempre dispuesto a trasladarme y visitar a usted en su casa de Norfolk.
La entrevista dejó muy pensativo a Sherlock Holmes. En el transcurso de los días siguientes vi que mi amigo sacaba en diversas ocasiones la hoja de papel de su cuaderno de notas y la contemplaba durante largo rato con ansiedad, fijos los ojos en las extrañas figuras dibujadas en ella. Sin embargo, no hizo alusión alguna a ese asunto hasta cierta tarde, unos quince días después. Iba yo a salir cuando me llamó, diciéndome:
–Watson, sería preferible que se quedase en casa.
–¿Por qué?
–Porque recibí esta mañana un telegrama de Hilton Cubitt..., ¿se acuerda de Hilton Cubitt, el de los bailarines? Debe de haber llegado a la estación de Liverpool Street a la una y veinte y puede presentarse aquí en cualquier instante. De su telegrama deduzco que se han producido algunos nuevos incidentes de importancia.
No tuvimos que esperar mucho, porque nuestro hidalgo de Norfolk vino derecho de la estación, a todo lo que dio de sí el coche Hansom que tomó. Su expresión era de un hombre desasosegado y deprimido, de mirar cansado y frente llena de arrugas.
–Míster Holmes, este asunto me trae nervioso –dijo, dejándose caer en un sillón como abrumado de cansancio–. Malo es tener la sensación de que uno se encuentra rodeado de gentes invisibles y desconocidas que parecen tramar algo contra usted; pero si, además de eso, está usted convencido de que van matando a pasos acelerados a su esposa, el tormento es de los que apenas pueden ser soportados por seres de carne y hueso. Mi esposa se acaba bajo semejante suplicio; se va acabando a la vista mía.
–¿Y ella no ha dicho nada todavía?
–No, míster Holmes, nada ha dicho. Sin embargo, ha habido ocasiones en que la pobre muchacha quería hablar, pero no acababa de decidirse a dar la zambullida. He intentado ayudarla; pero debí de hacerlo con torpeza y sólo conseguí asustarla y hacer que se abstuviese de hablar. De lo que sí me habló fue de la antigüedad de mi familia, de nuestra reputación en el condado, del orgullo que ponemos en nuestro honor intachable. Yo tuve en tales ocasiones la sensación de que llevaba la conversación hacia el tema; pero, yo no sé por qué, retrocedía antes de llegar a él.
–¿Y no ha descubierto usted mismo nada?
–Mucho, míster Holmes. Le traigo para que las examine varias figuras nuevas de bailarines, y lo que es más importante, he visto al individuo.
–¿Qué dice? ¿Que vio al hombre que las dibujaba?
–Sí; lo vi entregado a su tarea. Pero se lo diré todo por su orden. Cuando regresé después de mi visita a esta casa, lo primero i que se ofreció a mi vista a la mañana siguiente fue una cosecha nueva de bailarines. Las figuras habían sido dibujadas con tiza sobre la negra puerta de madera de la casa de aperos de labranza, que se alza junto al prado, y que se distingue plenamente desde las ventanas delanteras. Saqué una copia exacta, y hela aquí.
Desdobló un papel y lo extendió sobre la mesa. He aquí una copia de los jeroglíficos:

–¡Magnífico! –exclamó Holmes–. ¡Magnífico! Haga el favor de seguir adelante.
–Una vez que copié las figuras, borré las de la puerta; pero dos días después apareció por la mañana una nueva inscripción, cuya copia traigo también aquí:

Holmes se frotó las manos y se rió por lo bajo de placer, diciendo:
–Vamos acumulando rápidamente nuestro material.
–Tres días más tarde dejaron un mensaje dibujado en un papel, sobre el reloj de sol y sujeto con una piedra pequeña. Helo aquí. Como usted ve, los caracteres son exactamente iguales a los de la pintura anterior. En vista de todo eso decidí ponerme al acecho; saqué mi revólver y me senté en mi despacho, desde el que se dominan la pradera y el jardín. Me hallaba sentado junto a la ventana a eso de las dos de la madrugada, sin más luz que la de la luna que brillaba en el exterior, cuando oí pasos a mi espalda y se presentó mi esposa en salto de cama. Me suplicó que fuese a acostarme. Le expuse con franqueza que estaba resuelto a ver quién era la persona que nos estaba haciendo aquellas absurdas jugarretas. Me contestó que se trataba seguramente de algún bromazo disparatado y que no debía darle importancia. «Si verdaderamente eso te molesta, Hilton, lo que podemos hacer es ponemos en viaje, tú y yo, evitando de ese modo esta molestia.» «¿Cómo es eso? ¿Tolerar que nos saquen de nuestra casa mediante un bromazo? –le pregunté–. ¡Se reiría de nosotros todo el país!» «Ea, ven a acostarte y mañana por la mañana volveremos a tratar el asunto», me dijo. De pronto, y mientras ella hablaba, vi que su rostro pálido empalidecía aún más a la luz de la luna y que su mano se atenazaba el hombro. Algo se movía en la sombra que proyectaba la casa de aperos de labranza. Distinguí una figura negra que reptaba, encogida, después de doblar una de las esquinas, y que se colocaba en cuclillas frente a la puerta. Empuñé mi revólver y me disponía a lanzarme fuera, pero mi esposa se abrazó a mí y me retuvo mediante esfuerzos convulsivos. Intenté apartarla de mí, pero ella se me aferró con desesperación. Logré, por último, quedar libre; pero cuando abrí la puerta y llegué a la casa de aperos de labranza el individuo aquel había desaparecido. Sin embargo, había dejado señales de su estancia, porque sobre la puerta aparecía idéntica disposición de bailarines que las dos veces anteriores, copiadas por mí en ese papel. A pesar de que recorrí toda la finca, no hallé por parte alguna otras señales del individuo. Pero lo asombroso es que seguramente estaba allí durante mi búsqueda, porque cuando yo volví a examinar por la mañana la puerta descubrí que debajo de las figuras que yo había visto ya él había garrapateado algunas más.
–¿Tiene usted la reproducción de estas otras figuras?
–Sí; son muy pocas, pero las copié, y aquí las tiene.
Volvió a sacar un papel. La nueva danza estaba dispuesta de esta forma:
–Dígame –le preguntó Holmes, y yo pude ver por la expresión de sus ojos que mi amigo estaba muy excitado–: ¿figuraban a continuación de la primera línea o formaban una inscripción completamente distinta e independiente de aquélla?
–Estaban dibujadas en un panel distinto de la puerta.
–¡Magnífico! Este detalle es, con mucho, para nosotros el más importante de todos. Me siento lleno de esperanzas. Y ahora, míster Hilton Cubitt, tenga la bondad de proseguir su interesantísimo relato.
–Nada más tengo que decir, míster Holmes, fuera de que yo estaba irritado con mi esposa aquella noche porque me retuvo, impidiéndome capturar al clandestino granuja. Me contestó que tuvo miedo de que me ocurriese alguna desgracia. Cruzó un instante por mi imaginación el pensamiento de que quizá lo que ella temía era, por el contrario, que le ocurriese una desgracia al individuo en cuestión. Yo no dudaba que ella sabía quién era aquel hombre y lo que querían decir tan extrañas señales. Sin embargo, míster Holmes, hay en el tono de voz de mi esposa y en el mirar de sus ojos un algo que impide dudar, y yo estoy seguro de que ella no pensaba verdaderamente en otra cosa que en mi seguridad. Y aquí tiene usted todo el caso, y yo deseo ahora que me aconseje lo que debo hacer. Mi gusto sería poner de guardia en el bosque bajo a media docena de mis mozos de granja para, cuando se presente el individuo, darle una paliza tal que nos deje en paz para siempre.
–Temo que se trate de un caso demasiado grave para emplear remedios tan sencillos –dijo Holmes–. ¿Cuánto tiempo va usted a permanecer en Londres?
–Tengo que regresar hoy mismo. Por nada del mundo quisiera dejar sola durante la noche a mi esposa. Ella está muy nerviosa y me suplicó que regresase.
–Creo que hace usted bien; pero si se hubiese quedado en Londres, quizá yo habría estado en condiciones de acompañarle de aquí a uno o dos días. Mientras tanto, déjeme estos papeles, y creo muy verosímil que pueda hacerle muy pronto una visita a fin de hacer alguna luz sobre lo que le sucede.
Sherlock Holmes mantuvo su actitud serena de profesional hasta que nuestro visitante se retiró. Sin embargo, no me costó ningún trabajo a mí, que lo conocía tan perfectamente, comprender que estaba profundamente excitado. En el instante mismo en que la ancha espalda de Hilton Cubitt desapareció por la puerta, mi camarada corrió hacia la mesa, puso encima de ésta las hojas de papel en que estaban dibujados los bailarines y se lanzó a hacer cálculos intrincados y laboriosos.
Yo estuve contemplándolo durante dos horas, mientras él cubría hoja tras hoja de papel con figuras y letras, tan por completo absorto en su tarea, que evidentemente se había olvidado de que yo estaba allí. En ocasiones se le veía progresar y entonces silbaba y cantaba entregado a su tarea; otras veces parecía desconcertado, y se quedaba largo rato con el ceño fruncido y la mirada ausente. Por último, saltó de su silla dando un grito de satisfacción y se paseó por el cuarto frotándose las manos. Acto continuo, redactó un largo telegrama en uno de los formularios destinados al envío de cables.
–Watson, si la contestación es la que yo espero, podrá usted agregar a su colección un lindo caso –me dijo–. Confío en que podremos ir mañana a Norfolk, llevando a nuestro amigo noticias muy concretas acerca del secreto de las molestias que está sufriendo.
Confieso que me sentí lleno de curiosidad; pero sabiendo que a Holmes le agradaba descubrir las cosas en su momento y a su manera, esperé a que le acomodase a él hacerme sus confidencias.
Pero hubo un retraso en aquel telegrama de contestación y se siguieron dos días de impaciencia, durante los cuales Holmes tensaba los oídos cada vez que sonaba la campanilla de la calle. Durante la tarde del segundo día nos llegó una carta de Hilton Cubitt. Nada le ocurría, salvo que aquella mañana y en el pedestal del reloj de sol había aparecido una larga inscripción, cuya copia nos enviaba, y que yo reproduzco aquí:

Holmes permaneció algunos minutos inclinado sobre aquel friso grotesco. De pronto se puso en pie, dejando escapar una exclamación de sorpresa y desaliento. Su rostro se cubrió de ansiedad, y dijo:
–No podemos dejar que pase adelante este asunto. ¿Hay algún tren esta noche para North Walsham?
Busqué en la guía. Acababa de salir el último tren. Holmes dijo:
–Nos desayunaremos temprano y marcharemos en el primer tren de la mañana. Es de la mayor urgencia que hagamos acto de presencia allí. Aquí llega el esperado cablegrama. Un instante, mistress Hudson, porque quizá tenga contestación. No; no la tiene; es lo que esperaba. Este mensaje nos obliga de un modo todavía más esencial a que no perdamos un instante y a que comuniquemos a Hilton Cubitt todo lo referente al asunto, porque nuestro sencillo hidalgo de Norfolk se halla envuelto en una extraña y peligrosa red.
Los hechos demostraron que tenía razón. Ahora que llego al triste final de un relato de lo que me había parecido que era únicamente una cosa infantil y fantástica, vuelvo a experimentar la sensación de abatimiento y de horror que entonces me dominaba. Bien quisiera poder comunicar a mis lectores un final más alegre; pero estas mías son crónicas de hechos ocurridos, y no tengo más remedio que seguir hasta su lamentable crisis la extraña cadena de sucesos que durante algunos días hizo del nombre Ridling Thorpe Manor una palabra familiar a todo lo largo y ancho de Inglaterra.
Apenas nos habíamos apeado en North Walsham y dado el nombre de nuestro punto de destino, cuando el jefe de estación vino corriendo hacia nosotros y nos dijo:
–¿Son ustedes detectives que llegan de Londres?
Por el rostro de Holmes cruzó una expresión de molestia.
–¿Por qué se le ocurre semejante idea?
–Porque acaba de pasar por aquí el inspector Martin de Norwich. Quizá sean ustedes los médicos. Ella no ha muerto, o no había muerto según las últimas noticias. Quizá lleguen a tiempo para salvarla, aunque la salven para la horca.
La frente de Holmes se nubló de ansiedad, y dijo:
–Nos dirigimos a Ridling Thorpe Manor, pero nada sabemos de lo que allí ha ocurrido.
–Una cosa terrible –dijo el jefe de estación–. Los dos están heridos de bala, tanto míster Hilton Cubitt como su esposa. Según dicen los criados, ella disparó primero contra él y luego contra sí misma. Él ha muerto, y se desespera de salvar la vida de ella. ¡Válgame Dios! ¡Ocurrir esto a una de las más antiguas familias del condado de Norfolk, y de las más respetadas!
Holmes se dirigió apresuradamente y sin decir palabra al coche, y no abrió la boca en el largo trayecto de catorce kilómetros. Pocas veces le he visto tan completamente abatido. Durante todo el viaje desde Londres le había observado yo intranquilo, mientras leía con vehemente atención los periódicos de la mañana; pero ahora aquella súbita realización de sus peores miedos lo sumió en una negra melancolía. Se recostó en su asiento perdido en lóbregas meditaciones. Sin embargo, había a nuestro alrededor muchas cosas capaces de despertar nuestro interés, porque cruzábamos por una región campestre tan notable como la que más en Inglaterra; algunas pocas y desperdigadas casas de campo representaban toda su población en la actualidad, mientras que surgían a uno y otro lado, entre el paisaje llano y verde, enormes iglesias de torres cuadradas pregonando la gloria y la prosperidad de la antigua Anglia Oriental. Apareció, por último, sobre el extremo verde de la costa de Norfolk, el cerquillo del océano germánico, y el cochero nos señaló con el extremo de su látigo dos viejos tejados triangulares que se proyectaban por encima de un bosquecillo de árboles, y nos dijo:
–Aquello es Ridling Thorpe Manor.
Cuando nuestro coche se detuvo delante del pórtico de la fachada delantera, descubrí enfrente de ella, además del campo de tenis, la negra casa de aperos de labranza y el reloj de sol encima de un pedestal, objetos todos que se unían en mi memoria a hechos tan extraños. Un hombrecito activo y vivaracho, de bigotes rubios, acababa de apearse de su elevado dog-car. Se nos presentó diciendo que era el inspector Martin, de la Policía de Norfolk, y se mostró muy asombrado al oír el nombre de mi compañero.
–Pero ¡si el crimen no se ha cometido sino a las tres de esta madrugada, míster Holmes! ¿Cómo pudo usted enterarse de él en Londres y llegar al lugar del suceso al mismo tiempo que yo?
–Es que yo lo preví y vine con la esperanza de evitarlo.
–Pues entonces es que usted posee datos importantes que nosotros ignoramos, porque decían todos que estos señores formaban una pareja muy bien avenida.
–Yo no tengo otros datos que los bailarines –dijo Holmes–. Después se lo explicaré a usted. Entre tanto, y puesto que es demasiado tarde para evitar la tragedia, tengo el mayor interés en servirme de los datos que poseo para procurar que se haga justicia. ¿Querrá usted asociarse conmigo en la investigación, o prefiere que yo actúe de manera independiente?
–Me sentiré muy orgulloso de que actuemos juntos, míster Holmes –dijo con gran interés el inspector.
–En ese caso, me agradaría escuchar las declaraciones y examinar la casa sin perder un solo instante.
El inspector Martin tuvo el buen juicio de dejar que mi amigo hiciese las cosas a su propia manera y se contentó con tomar cuidadosamente nota de los resultados. El médico de la localidad, que era un caballero anciano y de cabellos blancos, acababa de bajar del cuarto de mistress Hilton Cubitt y nos informó de que sus heridas eran graves, pero no mortales de necesidad. La bala había atravesado el cráneo por delante de su masa encefálica y tardaría probablemente algún rato en recobrar la conciencia. Al preguntarle si ella había recibido el balazo o si había disparado contra sí misma, contestó que no quería arriesgarse a manifestar una opinión definitiva. Desde luego, el disparo había sido hecho a quema ropa. Sólo se encontró en la habitación un arma, cuyos dos cañones habían sido vaciados. Míster Hilton Cubitt recibió el balazo en pleno corazón. Cabía la posibilidad de que él hubiese disparado contra su mujer, volviendo luego el arma contra sí mismo, y era igualmente posible que la criminal fuese la mujer, porque el arma se hallaba en el suelo a igual distancia de los dos.
–¿Lo cambiaron a él de lugar? –preguntó Holmes.
–Únicamente hemos trasladado a la señora. No podíamos dejarla herida y en el suelo.
–¿Qué tiempo lleva usted aquí, doctor?
–Estoy desde las cuatro de la madrugada.
–¿Ha estado alguien más?
–Sí; el policía de la localidad.
–¿Y no han tocado ustedes nada?
–Nada.
–Han obrado ustedes con mucha discreción. ¿Quién los mandó llamar?
–Saunders, la doncella.
–¿Fue Saunders quien dio la voz de alarma?
–Ella y mistress King, la cocinera.
–¿Dónde se encuentran en este momento?
–Creo que están en la cocina.
–Pues entonces, me parece que lo mejor será que escuchemos inmediatamente el relato de boca suya.
El antiguo vestíbulo, con paredes artesonadas de roble y altas ventanas, se había convertido en tribunal de instrucción. Holmes estaba sentado en una silla grande y de forma anticuada; sus ojos inexorables resaltaban por su brillo en su rostro ojeroso. Yo leía en ellos el decidido propósito de consagrar su vida a esta investigación hasta lograr que fuese vengado el cliente al que no había conseguido salvar. El simpático inspector Martin, el anciano y barbiblanco médico de campo, yo y el estólido policía de la aldea completábamos aquella extraña reunión.
Las dos mujeres hicieron su relato con bastante claridad. Se vieron despertadas en medio de su sueño por el estrépito de un disparo, seguido un instante después por otro disparo más. Las habitaciones de las dos mujeres estaban contiguas, y mistress King entró precipitadamente en la de Saunders. Descendieron juntas por la escalera. La puerta del despacho estaba abierta y encima de la mesa ardía una vela. Su amo yacía boca abajo en el centro de la habitación. Estaba muerto. Su esposa se hallaba agazapada cerca de la ventana, con la cabeza apoyada en la pared. Tenía una herida horrible y el lado visible de su cara estaba cubierto de sangre. Respiraba con dificultad y no pudo hablar nada. El pasillo, así como la habitación, estaba lleno de humo y de olor a pólvora. Tenían la seguridad de que la ventana estaba cerrada y sujeta por dentro. Sobre ese extremo ambas mujeres declararon de una manera terminante. Enviaron a llamar al médico y al policía. Después, con ayuda del lacayo y del mozo de cuadras, transportaron a su señora a la habitación de ésta. La cama tenía señales de que la señora y el señor habían estado acostados. Ella vestía su salto de cama, y el señor, su batín, encima de su ropa de noche. No se había tocado nada en el despacho. Por lo que ellas sabían, jamás hubo riña alguna entre marido y mujer. Siempre los habían creído un matrimonio muy unido.
Tales fueron los puntos principales de las declaraciones de la servidumbre. En contestación a preguntas del inspector Martin, declararon sin lugar a dudas que todas las puertas se hallaban cerradas por dentro y que nadie pudo escapar de la casa. Respondiendo a Holmes, ambas recordaron que desde el momento mismo de salir de sus habitaciones del piso superior percibieron el olor a pólvora.
–Yo recomiendo muy especialmente este detalle a su atención –dijo Holmes a su colega de profesión–. Y ahora creo que podemos ya pasar a realizar un examen completo del despacho.
El despacho resultó ser una habitación pequeña revestida de hileras de libros en tres de sus lados y con una mesa-escritorio frente a una ventana corriente, que daba al jardín. Dedicamos nuestros primeros cuidados al cadáver del desdichado hidalgo, cuyo voluminoso cuerpo yacía tendido a lo largo de la habitación. Lo desarreglado de sus ropas daba a entender que se había despertado y vestido apresuradamente. El balazo le había sido disparado de frente y quedó dentro del cuerpo después de traspasar el corazón. Su muerte fue sin duda instantánea y sin dolor. Ni en su batín ni en sus manos se advertían señales de pólvora. Según el médico campesino, la señora tenía manchas de pólvora en la cara, pero no en la mano.
–El hecho de que falten en la mano nada quiere decir, aunque su presencia en ella lo habría dicho todo –comentó Holmes–. Salvo en los casos en que la pólvora de un cartucho que ajusta mal salta hacia atrás, es posible hacer muchos disparos sin que quede en la mano rastro alguno. Yo desearía que se lleve de aquí ahora el cadáver de míster Cubitt. No habrá extraído usted, doctor, la bala que hirió a la señora, ¿verdad?
–Para hacer eso sería preciso una grave operación. Pero quedan todavía en el revólver cuatro cartuchos. Dos de los cartuchos del tambor han sido disparados, infligiendo dos heridas, de manera que queda así completo el número.
–Así parece, al menos –dijo Holmes–. Pero ¿qué hacemos entonces con la bala que tan claras señales ha dejado en el borde de la ventana?
Holmes había dado súbitamente media vuelta y su dedo, largo y seco, apuntaba a un agujero que atravesaba la parte inferior de la ventana, a cosa de dos centímetros por encima del borde.
–¡Por San Jorge! –exclamó el inspector–. ¿Cómo pudo usted descubrirlo?
–Porque andaba buscándolo.
–¡Admirable! –dijo el médico campesino–. Tiene usted razón, señor. Según eso, fue hecho un tercer disparo, y se hallaba presente, por tanto, una tercera persona. Pero ¿quién pudo ser y cómo pudo escaparse?
–He ahí el problema que vamos a intentar resolver –dijo Sherlock Holmes–. ¿Recuerda, inspector Martin, que cuando las criadas dijeron que en el momento mismo de salir de sus habitaciones habían percibido el olor a pólvora le hice yo notar que ese era un detalle de extrema importancia?
–Sí, señor, pero confieso que no veo adonde va usted a parar.
–Ese detalle parecía indicar que cuando se hicieron los disparos, la ventana y la puerta de la habitación habían sido abiertas. De otro modo no era posible que el humo de la pólvora fuese arrastrado con tanta rapidez por toda la casa. Es preciso, para que ocurra tal cosa, que se establezca una corriente de aire. Sin embargo, tanto la puerta como la ventana debieron de permanecer abiertas sólo un espacio de tiempo muy corto.
–¿Cómo lo demuestra usted?
–Porque la vela encendida no ha formada estría.
–¡Estupendo! –exclamó el inspector–. ¡Estupendo!
–Seguro de que en el instante de la tragedia estaba abierta la ventana, supuse que pudiera haber intervenido en el asunto una tercera persona que hizo fuego desde el exterior. Los disparos hechos contra esa persona podían dar en la parte inferior de la ventana levadiza. Fue allí donde busqué y donde encontré el agujero de la bala.
–Pero, ¿cómo se explica que cerrasen entonces la ventana?
–El primer instinto de la mujer la llevó a cerrar y asegurar la ventana...; pero, ¡hola!, ¿qué es esto?
Encima de la mesa-escritorio veíase un bolso de mujer, un bolso pequeño y elegante de piel de cocodrilo y plata. Holmes lo abrió y registró su contenido. Contenía veinticinco billetes de cincuenta libras del Banco de Inglaterra, sujetos por una tira de goma, y nada más.
–Guarden esto, porque tendrá que figurar en la vista de la causa –dijo Holmes, entregando el bolso con su contenido al inspector–. Es preciso que hagamos ahora alguna luz sobre esta tercera bala, que fue disparada, sin duda alguna a juzgar por el astillado de la madera, desde el interior de la habitación. Me agradaría volver a hablar con mistress King, la cocinera... Mistress King, usted nos dijo que las despertó el estallido de un disparo; ¿dijo usted eso porque le pareció que el primer disparo había resonado con más fuerza que el segundo?
–Verá usted, señor; me desperté cuando estaba durmiendo y me resulta algo difícil comparar. Pero sí que el disparo hizo mucho ruido.
–¿Y no cree posible que se hubiesen hecho dos disparos casi al mismo tiempo?
–Eso sí que yo no podría asegurarlo, señor.
–Pues yo creo que eso es lo que sin duda ocurrió. Me parece, inspector Martin, que hemos agotado ya todo lo que esta habitación puede enseñamos. Si tiene la amabilidad de acompañarme, veremos si el jardín nos ofrece alguna nueva demostración.
Un macizo de flores llegaba hasta el pie de la ventana del despacho. Al acercarnos al mismo, dejamos escapar todos una exclamación. Las flores estaban pisoteadas y la tierra blanda mostraba por todas partes huellas de pies. Eran unos pies grandes, masculinos, de puntera característicamente larga y puntiaguda. Holmes husmeó entre la hierba y las hojas igual que el perro de caza que busca ave herida. De pronto dio un grito; satisfecho, se inclinó hacia adelante y recogió del suelo un pequeño cilindro de latón.
–Me lo esperaba –dijo–; el revólver tenía un lanzacasquillos, y aquí tenemos el tercer cartucho. Inspector Martin, creo que nuestro caso está casi completo.
La cara del inspector provinciano había ido señalando con su expresión de intenso asombro los rápidos y magistrales avances de las investigaciones de Holmes. En los primeros momentos mostró cierta tendencia a afirmar su propia categoría; pero acabó dejándose llevar de la admiración, dispuesto a seguir a Holmes, sin hacer preguntas, en cualquier dirección que él marcase.
–¿De quién sospecha usted? –preguntó.
–Ya llegaremos luego a eso. Tiene este problema varios puntos que todavía no he logrado poner en claro. Puesto que he llegado tan adelante, será mejor que conduzca el asunto a mi manera, para aclararlo todo de modo completo y definitivo.
–Como le parezca a usted, míster Holmes, con tal que echemos el guante al criminal.
–No es mi intención andarme con misterios; pero resulta imposible, cuando uno está lanzado a la acción, entrar en explicaciones largas y complicadas. Tengo en mi mano todos los hilos del asunto. Aunque no recobrase ya el sentido esta señora, podríamos construir los acontecimientos de la noche pasada y asegurarnos de que se hará justicia. Antes que nada, desearía que me informasen de si existe por estos alrededores algún mesón conocido con el nombre de Elrige.
Se preguntó a la servidumbre; pero nadie había oído hablar de mesón semejante. El mozo de cuadras aclaró el asunto al recordar que había un granjero de ese apellido que tenía una granja a varios kilómetros en dirección de East Ruston.
–¿Es alguna granja muy aislada?
–Muy aislada, señor.
–¿Será posible, entonces, que no se hayan enterado todavía de lo ocurrido aquí la noche pasada?
–Es muy posible, señor.
Holmes meditó un instante, y de pronto jugueteó por su cara una sonrisa curiosa.
–Ensille un caballo, buen hombre –dijo–. Quiero que lleve usted una carta a la granja de Elrige.
Holmes sacó del bolsillo varias tiras de bailarines. Con ellas delante estuvo trabajando un rato en la mesa-escritorio. Por último, dio una carta al mozo, con instrucciones de entregarla en mano a la persona a quien iba dirigida, insistiendo especialmente en que no contestase a ninguna de las preguntas que pudieran hacerle, fuesen las que fuesen. Yo vi el sobrecito de la carta, hecho en letra muy irregular y desempeñada, que no tenía ningún parecido con la letra clara y firme de Holmes. La carta iba dirigida a míster Abe Slaney, Elrige’s Farm, East Ruston, Norfolk.
–Opino, inspector –dijo Holmes–, que haría usted bien en pedir por telégrafo una escolta, porque, si mis cálculos no resultan equivocados, quizá tenga usted que conducir a la cárcel del condado a un preso muy peligroso. Este mismo muchacho que lleva la carta podía llevar su telegrama. Watson, si hay un tren para Londres esta tarde, creo que haremos bien en aprovecharlo, porque tengo un análisis químico de bastante interés que deseo terminar, y esta investigación se acerca rápidamente a su fin.
Una vez que marchó el mozo con la carta, Sherlock Holmes dio las instrucciones necesarias a la servidumbre. Si alguien llegaba preguntando por míster Hilton Cubitt, no debía decírsele nada referente a su estado, sino que tenían que pasarlo inmediatamente a la sala de recibir. Insistió reiteradamente y con el mayor interés en este punto. Por último, se dirigió a la sala de recibir, diciendo antes que el asunto había salido ya de sus manos, y que debíamos entretener el tiempo lo mejor que pudiéramos hasta que viésemos lo que se nos preparaba.
–Creo que puedo ayudarles a pasar una hora de un modo interesante y provechoso –dijo Holmes, acercando su silla a la mesa y extendiendo delante de él los distintos papeles en que estaban reproducidas las extrañas figuras de los bailarines–. Por lo que hace a usted, amigo Watson, le debo toda clase de compensaciones por haber dejado tanto tiempo sin satisfacer su natural curiosidad. Para usted, inspector, quizá le resulte todo el incidente un notable estudio profesional. Antes que nada debo empezar por las interesantes circunstancias relativas a las consultas que antes de este suceso me hizo míster Hilton Cubitt en Baker Street.
Holmes recapituló brevemente los hechos que llevo ya relatados.
–Tengo delante de mí estas raras obras de arte, que quizá provocasen la sonrisa de no haber sido, según se ha visto, las batidoras de una tragedia tan terrible. Estoy bastante familiarizado con toda clase de formas secretas de escritura y soy autor de una insignificante monografía acerca del tema, en la que analizo ciento sesenta claves distintas; pero confieso que ésta me resultó completamente nueva. Los inventores del procedimiento se propusieron, por lo visto, ocultar el hecho de que estos dibujos encierran un mensaje, produciendo la impresión de que se trata de simples dibujos infantiles caprichosos.
Sin embargo, una vez convencido de que cada símbolo de esos equivale a una letra, y aplicando al caso las reglas por las que nos guiamos para descifrar toda clase de escrituras secretas, la solución resulta bastante fácil. El primer mensaje que me fue presentado era tan breve, que resulta imposible para mí sentar otra afirmación con alguna seguridad fuera de la de que la figura
representa la letra E Ustedes saben que la E es la más corriente de las letras del alfabeto inglés y que predomina en este idioma hasta el punto de que, incluso en las frases más breves, se puede tener la seguridad de que se repite con más frecuencia que ninguna otra letra. Entre las quince figuras simbólicas del primer mensaje había cuatro iguales, de modo que resultaba razonable pensar que representaban la letra E Es cierto que, en algunos casos, esta figura empuña una bandera y en otros casos no; pero a juzgar por el modo en que estaban repartidas las banderas parecía probable que estas se empleasen para dividir la frase en palabras. Partí de esta hipótesis y tomé nota de que la letra E estaba representada por esa figura
Pero entonces se me presentó la verdadera dificultad de la investigación. Después de la letra E no existe en inglés una preponderancia marcada entre las demás letras, y si ésta puede producirse como término medio en una hoja impresa, puede ocurrir el caso contrario tratándose de una sola sentencia breve. De un modo general, las letras T, A, O, I, N, S, H, R, D y L suelen figurar en ese orden de frecuencia; pero las letras T, A, O e I se emplean casi con la misma frecuencia unas que otras, y el intentar cada una de sus combinaciones hasta que resulte una palabra con sentido sería tarea interminable. Por esa razón esperé que me trajesen material en mayor cantidad. En nuestra segunda entrevista pudo míster Hilton Cubitt proporcionarme otras dos frases breves y un mensaje que, careciendo, como carecía, de bandera, tenía que constituir una sola palabra. Aquí tienen ustedes las figuras simbólicas. Pues bien: en esa palabra aislada me encuentro con dos E en segundo y cuarto lugar, dentro de una palabra de cinco letras, que pudiera ser sever, o lever o never. No cabe duda que esta última palabra (nunca) resulta la más probable como contestación a una llamada, y todo daba a entender que era la respuesta que había escrito la señora. Aceptándolo como exacto, se podía afirmar ya que las figuras simbólicas corresponden, respectivamente, a las letras N, V y R.
Seguía tropezando con grandes dificultades; pero una idea feliz me hizo entrar en posesión de otras varias letras. Pensé que si esas llamadas procedían de alguien que había tenido intimidad con la señora en su primera edad, cualquier combinación de símbolos que comprendiese dos E con tres letras intercaladas podía muy bien representar el nombre Elsie. Un examen de los dibujos me hizo descubrir que esa clase de combinación constituía el final del mensaje repetido tres veces, y que tenía que ser algún llamamiento dirigido a Elsie. De ese modo me proporcioné las letras L, S e L Pero ¿de qué llamamiento podía tratarse? En la palabra que precedía a Elsie sólo entraban cuatro letras y terminaba en E Esa palabra, pues, tenía que ser come (ven). Probé a colocar otra palabra de cuatro letras terminada en E, pero ninguna encajaba en este caso. Disponía, pues, ya de letras C, O y M, hallándome en situación de acometer una vez más la interpretación del primer mensaje, dividiéndolo en palabras y colocando punto en lugar de cada símbolo que me era todavía desconocido. Sometido el mensaje a ese tratamiento, dio el siguiente resultado:
.M .ERE ..E SL.NE.
Pues bien: la primera letra puede ser únicamente la A, descubrimiento utilísimo, ya que se repite no menos de tres veces en esa breve frase. También la H salta a la vista en la segunda palabra. Con lo que el mensaje queda así:
AM HERE A.E SLANE.
O, llenando los huecos más evidentes del nombre:
AM HERE ABE SLANEY
Disponiendo ya de tantas letras, podía acometer con bastante confianza la interpretación del segundo mensaje, que resultó así:
A. ELRI. ES.
Sólo era posible darle sentido colocando las letras T y G en los huecos sin llenar, y partiendo de la hipótesis de que se trataba del nombre de alguna casa o mesón en el que se hallaba alojado el que escribía el mensaje.
El inspector Martin y yo escuchábamos con el máximo interés el relato completo y claro de cómo mi amigo había llegado a los resultados que le habían permitido dominar de manera tan completa todas nuestras dificultades.
–¿Y qué hizo usted entonces, señor? –preguntó el inspector.
–Yo tenía toda clase de razones para suponer que este Abe Slaney era norteamericano, ya que Abe es un diminutivo norteamericano, y teniendo además en cuenta que el punto de arranque de todas las dificultades había sido una carta llegada de Norteamérica. Tenía también motivos para pensar que en este asunto se encerraba algún secreto criminal. Las alusiones hechas por la señora a su pasado, y su negativa de confesarse a su marido, apuntaban ambas en la misma dirección. En vista de ello cablegrafié a mi amigo Wilson Hargreave, de la Oficina de Policía de Nueva York, que en más de una ocasión aprovechó mis conocimientos del mundo criminal londinense. Le pregunté si le era conocido ese nombre de Abe Slaney. He aquí su contestación: «El maleante más peligroso de Chicago.» La noche misma en que yo recibí su respuesta me envió Hilton Cubitt el último mensaje enviado por Slaney. Sirviéndome de las letras que me eran ya conocidas, resultó lo siguiente:
ELSIE .RE.ARE TO MEET THY GO.
Agregando una P y una D, quedaba completo un mensaje: Elsie, prepare to meet thy god (es decir, Elsie, disponte a ver a tu dios), lo que me demostraba que el muy canalla pasaba de las súplicas a las amenazas. Lo que yo sé de los maleantes de Chicago me hizo pensar en que quizá pasase rápidamente de las palabras a la acción. Me trasladé inmediatamente a Norfolk con mi amigo y colega el doctor Watson, aunque, por desgracia, sólo llegué a tiempo de comprobar que había ocurrido ya lo peor.
–Es un honor colaborar con usted en el manejo de un caso –dijo el inspector con gran efusión–. Sin embargo, me disculpará si le hablo con toda franqueza. Usted sólo tiene que responder ante usted mismo, pero yo tengo que responder ante mis superiores. Si, en efecto, este Abe Slaney, que reside en la granja de Elrige, es el asesino, y logra escapar mientras yo permanezco aquí sentado, me veré sin duda en dificultades graves.
–Esté usted tranquilo. No intentará escapar.
–¿Cómo lo sabe usted?
–La huida sería la confesión de su delito.
–Vayamos, pues, a detenerlo.
–Lo espero aquí de un momento a otro.
–¿Y por qué razón ha de venir?
–Porque yo le he escrito y se lo he pedido.
–¡Eso no hay quien lo crea, míster Holmes! ¿Cómo se le va a ocurrir venir porque usted se lo pide? ¿No hará más bien esa petición suya que se despierten sus sospechas y que se dé a la fuga?
–Crea que me he dado maña para redactar la carta –contestó Sherlock Holmes–. La verdad, o yo estoy muy equivocado, o aquí llega ese caballero por la avenida de coches.
Por el camino que conducía a la puerta avanzaba un hombre alto, hermoso, moreno, luciendo un traje de franela gris, con sombrero Panamá, barba negra dura, nariz voluminosa, agresiva, aguileña y haciendo filigranas con un bastón al mismo tiempo que caminaba. Parecía pavonearse como si aquel lugar le perteneciese; y luego oímos el campanillazo de llamada, fuerte y firme.
–Creo, caballeros –dijo con tranquilidad Holmes–, que lo mejor que podemos hacer es situarnos detrás de la puerta. Con un individuo como éste, lo mejor es tomar toda clase de precauciones. Inspector, necesitará usted las esposas. Déjeme llevar a mí la conversación.
Esperamos en silencio durante un minuto, uno de esos minutos que ya nunca se olvidan. Se abrió luego la puerta y entró nuestro hombre. Le bastó a Holmes un segundo para aplicarle a la cabeza la boca de una pistola, y al inspector Martin para esposarlo. Con tal rapidez y destreza se llevó a efecto todo, que aquel hombre se encontró impotente antes que se diese cuenta de que lo acometían. Sus ojos negros llameantes se clavaron sucesivamente en nosotros, y de pronto estalló en una risa amarga.
–Bien, señores; por esta vez me madrugaron. Parece que he dado en algo duro. Pero si vine aquí fue en respuesta a una carta de mistress Hilton Cubitt. No vengan diciéndome que ella está complicada en esto. No me vengan con que ella les ayudó a que me tendiesen una trampa.
–Mistress Hilton Cubitt resultó gravemente herida y se encuentra a las puertas de la muerte.
Aquel hombre lanzó un alarido de dolor que resonó por toda la casa, y exclamó con fiereza:
–¡Usted delira! Fue él quien resultó herido y no ella. ¿Quién habría sido capaz de lastimar a la pequeña Elsie? Yo he podido amenazarla (que Dios me lo perdone), pero habría sido incapaz de tocar uno solo de los cabellos de su linda cabecita. Retire lo que ha dicho..., ¡usted! Dígame que no está herida.
–Fue hallada junto al cadáver de su esposo, gravemente herida.
Se le escapó un profundo gemido, se dejó caer en un sofá y hundió la cabeza entre sus manos esposadas. Permaneció sin hablar por espacio de cinco minutos, al cabo de los cuales volvió a levantar la cabeza, y se expresó con la fría compostura de la desesperación, diciendo:
–Señores, no tengo por qué ocultarles nada. Si disparé contra ese hombre, también él me largó un balazo, y eso no constituye asesinato. Pero si ustedes me suponen capaz de herir a esa mujer, entonces ni me conocen a mí ni la conocen a ella. Les aseguro que no ha habido en este mundo un hombre que amase a una mujer hasta el punto que yo la he amado a ella. Tenía derechos adquiridos sobre ella, porque se comprometió hace varios años a casarse conmigo. ¿Quién era este inglés para interponerse entre nosotros? Les aseguro que yo tenía derechos anteriores sobre ella, y que sólo reclamaba lo mío.
–Ella huyó para escapar a la influencia de usted cuando descubrió la clase de hombre que era –le dijo severamente Holmes–. Huyó de Norteamérica para librarse de usted y contrajo matrimonio con un honrado caballero en Inglaterra. Usted descubrió su pista, la persiguió y le hizo insoportable la vida para inducirla a abandonar al marido que ella amaba y respetaba y para que huyese con usted, a quien temía y odiaba. Y no ha parado usted hasta matar a un hombre generoso y arrastrar a su esposa al suicidio. Eso es todo lo que usted tiene que anotarse en este asunto, míster Abe Slaney, y de lo que tendrá que responder ante la justicia.
–Si Elsie muere, nada me importa lo que pueda ocurrirme –dijo el norteamericano.
Abrió una de sus manos y contempló un papel escrito que conservaba estrujado dentro de la palma de la misma, exclamando luego con un brillo de recelo en la mirada:
–Oiga, señor: me parece que lo que usted se propone es asustarme. Si esa mujer se halla tan malherida como usted dice, ¿quién fue el que escribió esta carta?
Y tiró el papel encima de la mesa.
–La escribí yo, para obligarle a venir aquí.
–¿Que la escribió usted? Mire, fuera del Bloque, no hay nadie que conozca el secreto de los bailarines. ¿Cómo pudo escribirla usted?
–Lo que un hombre inventa, otro puede ponerlo en claro –contestó Holmes–. Viene ya para acá un coche que ha de conducirlo a Norwich, Slaney. Pero mientras tanto, dispone usted de tiempo para reparar, aunque sólo sea en una pequeña parte, el daño que ha causado. ¿Se da usted cuenta de que mistress Hilton Cubitt se hallaba bajo la grave sospecha de que había asesinado a su esposo, y que sólo la casualidad de hallarme yo aquí, y los datos que yo poseía, la han librado de semejante acusación? Lo menos que usted puede hacer por ella es aclarar ante todo el mundo que esa mujer no es en modo alguno, ni directa, ni indirectamente, responsable de su trágico final.
–¡Qué más quiero yo! –contestó el norteamericano–. Me está pareciendo que la mejor defensa que puedo presentar es declarar la verdad absoluta y desnuda.
–Mi obligación es advertirle que lo que diga podrá emplearse contra usted –exclamó el inspector, con el magnífico sentimiento del juego limpio que caracteriza al procedimiento criminal inglés.
Slaney se encogió de hombros.
–Correré ese riesgo –contestó–. En primer lugar, señores, quiero que ustedes sepan que conozco a esa mujer desde que era una niña. Éramos siete los que formábamos la cuadrilla del Bloque, y nuestro jefe era el padre de Elsie. ¡Hombre inteligente, el viejo Patrick! Él fue quien inventó esa escritura, que quienes no poseían la clave tenían que tomar por una fantasía de niño. Pues bien: Elsie fue puesta al corriente de algunos de nuestros manejos; pero le faltó voluntad para seguir adelante en el negocio, y como tenía algún dinerillo que había ganado honradamente, nos dio esquinazo y se largó a Londres. Estaba comprometida y creo que se habría casado conmigo, si yo me hubiese dedicado a otra profesión; pero no estaba dispuesta a pasar por nada torcido. Hasta después de su boda con este inglés no conseguí descubrir su paradero. Le escribí, y no obtuve contestación. Vine a Inglaterra y, en vista de que las cartas no servían de nada, escribí mis mensajes en lugares donde ella podía leerlos. Llevo ya aquí un mes. Me hospedé en esa granja Tenía la habitación en la planta baja y podía entrar y salir todas las noches sin que nadie se enterase. Procuré por todos los medios amables convencer a Elsie de que se fugase conmigo. Yo sabía que ella leía mis mensajes, porque en una ocasión escribió la respuesta debajo de uno de ellos. Entonces me dejé llevar de mi genio y empecé a amenazarla. Ella me envió una carta, suplicándome que me alejase, porque cualquier escándalo que se formase en torno al nombre de su esposo, le destrozaría a ella el corazón. Me decía que cuando su esposo estuviese dormido, a las tres de la madrugada, bajaría y me hablaría por la ventana, a condición de que me marchase después y la dejase en paz. Bajó y trajo dinero, con el propósito de sobornarme. Aquello me puso fuera de mí, la agarré del brazo y quise sacarla por la ventana. En ese instante acudió corriendo el marido, empuñando un revólver. Elsie se había caído al suelo, y nos encontramos frente a frente él y yo, que también me había caído hacia atrás. Le apunté con mi revólver para asustarlo y que me dejase huir. Hizo fuego y no me dio. Yo disparé casi al mismo tiempo, y él cayó redondo. Me alejé, cortando por el jardín, y oí cerrarse la ventana. Esta es la pura verdad, señores, hasta la última palabra, y nada más supe del asunto hasta que llegó el mozo ese a caballo y me entregó la carta que me hizo venir hasta aquí como un idiota, a entregarme en las manos de ustedes.
Mientras el norteamericano hablaba, se había detenido delante de la casa un coche, en cuyo interior venían dos policías uniformados. El inspector Martin se puso en pie y toco en el hombro a su preso, diciéndole:
–Es hora ya de que nos marchemos.
–¿Y no podría verla antes a ella?
–No, porque sigue sin sentido. Míster Sherlock Holmes, mi único deseo es que, si alguna vez llego a intervenir en un caso importante, tenga yo la buena suerte de que usted se encuentre a mi lado.
De pie junto a la ventana, Holmes y yo vimos alejarse el coche. Al darme yo media vuelta me fijé en la bola de papel que el preso había tirado encima de la mesa. Era la carta que le había servido a Holmes de reclamo.
–Veamos, Watson, si es usted capaz de leerla –me dijo, sonriente.
No contenía ni una sola palabra, fuera de la siguiente línea de bailarines:

–Si usted echa mano del código que antes les he explicado –me dijo Holmes–, verá que no quiere decir sino esto: Ven aquí inmediatamente. Comprendí que aquel hombre no podía negarse, puesto que imaginaba que procedía de Elsie. De modo, pues, mi querido Watson, que hemos acabado por aplicar a una obra buena esos bailarines que en tantas otras ocasiones han servido para el mal. Creo asimismo que he cumplido mi promesa de proporcionarle material fuera de lo corriente para su cuaderno de notas. Nuestro tren pasa a las tres y cuarenta, y creo que deberíamos estar de vuelta en Baker Street para la hora de cenar.
El norteamericano, Abe Slaney, fue condenado a la pena de muerte en el transcurso de la sesión judicial de invierno, en Norwich; pero se conmutó esa pena por la de trabajos forzados a perpetuidad, teniendo en cuenta ciertas atenuantes, y el hecho demostrado de que había sido Hilton Cubitt el primero en disparar su arma.
Por lo que hace a mistress Hilton Cubitt, sólo puedo decir que tengo oído que sanó del todo, que no ha vuelto a casarse y que vive consagrada al cuidado de los pobres y a la administración de la finca de su esposo.
Pegué un respingo de asombro. A pesar de estar habituado a las sorprendentes facultades de Holmes, aquella súbita intromisión en lo más íntimo de mis pensamientos me resultó por completo inexplicable.
–¿Cómo diablos sabe usted que yo pienso así? –le pregunté.
Holmes hizo dar media vuelta al banquillo en que estaba sentado, sosteniendo en la mano un tubo de ensayo humeante, y dejó ver en sus ojos hundidos un destello de regocijo.
–Veamos, Watson, reconozca que esto lo ha dejado patidifuso –me dijo.
–Así es.
–Debería hacerle firmar un documento en que constase el hecho.
–¿Por qué?
–Porque antes de cinco minutos me dirá que la cosa es de una simplicidad absurda.
–Estoy seguro de que no diré semejante cosa.
–Fíjese, mi querido Watson –y Holmes colocó su tubo de ensayo en el colgadero, y empezó a aleccionarme con los aires de un profesor que está hablando a sus alumnos–; fíjese, digo, en que no resulta muy difícil construir una serie de inferencias, cada una de las cuales se apoya en la que le precede siendo por sí misma sencilla. Si, después de haber hecho eso, aparta uno todas las inferencias centrales y ofrece al auditorio únicamente el punto de arranque y la conclusión, puede producir efectos sumamente sorprendentes, aunque es posible que sean demasiado llamativos. Ahora bien: no es difícil mediante el examen del surco que separa el dedo índice del pulgar de su mano izquierda, sacar la conclusión segura de que usted no se propone invertir su pequeño capital en valores de los campos mineros auríferos.
–No veo la ligazón entre una cosa y otra.
–Es muy probable que no la vea, pero yo puedo hacerle ver rápidamente la ligazón íntima que existe. He aquí los eslabones que faltan en la cadena sencillísima. Primero: la noche pasada, y cuando usted regresó del club, había entre el índice de su mano izquierda y el pulgar restos de tiza. Segundo: usted se da tiza en ese sitio cuando juega al billar con objeto de afianzar allí el taco. Tercero: usted no juega al billar si no es con Thurston. Cuarto: hará cuatro semanas que me dijo usted que Thurston tenía una opción sobre determinados valores sudafricanos que expiraba al cumplirse un mes, y que deseaba que usted entrase con él en el negocio. Quinto: usted guarda bajo llave en mi mesa de despacho su libro de cheques, y no me ha pedido la llave. Sexto: por consiguiente, no se propone invertir su dinero en ese negocio.
–¡Qué cosa más absurdamente sencilla! –exclamé yo.
–¡Sencillísima! –dijo él un poco picado–. Una vez que se los explican a usted, todos los problemas resultan infantiles. Aquí tiene usted uno sin explicación. Veamos, amigo Watson, lo que usted saca del mismo.
Me echó una hoja de papel encima de la mesa, y volvió a su análisis químico. Yo me quedé contemplando con asombro los jeroglíficos absurdos que tenía el documento, y exclamé:
–Pero, ¡Holmes, si este es un dibujo hecho por algún niño!
–¿Eso es lo que le parece a usted?
–¿Y qué otra cosa puede ser?
–Eso es precisamente lo que está ansioso por saber míster Hilton Cubitt, de Ridling Thorpe Manor, en Norfolk. Este pequeño rompecabezas ha llegado por el primer correo del día, y ese caballero iba a ponerse en camino por el tren siguiente. Han llamado a la puerta, Watson. No me sorprendería que fuese la persona de que le hablo.
Se oyeron en la escalera fuertes pisadas, y, un instante después, entró un señor alto, rubicundo, completamente afeitado, cuyos claros ojos y colorados carrillos pregonaban que su poseedor vivía lejos de las nieblas de Baker Street. Pareció que al entrar en la habitación entraba con él una ráfaga de aire puro vivificador, sano, de las costas orientales. Después de cambiar con nosotros sendos apretones de manos se disponía a tomar asiento, cuando su mirada fue a posarse en el papel de los extraños dibujos que yo acababa de examinar dejándolo después encima de la mesa.
–¿Y qué me dice usted, míster Holmes, de eso? –exclamó–. Me aseguraron que es usted aficionado a los problemas raros y misteriosos, pero no creo que pueda encontrar otro que supere a éste en rareza. Envié el documento por delante, para darle tiempo a usted de estudiarlo antes de mi llegada.
–No cabe duda que se trata de una obra rara –contestó Holmes–. A primera vista se diría que se trata de una travesura infantil. Está formado por una cantidad de pequeñas figuras absurdas que avanzan bailando a lo ancho del papel en que están dibujadas. ¿Por qué razón atribuye usted importancia a tema tan absurdo?
–Yo no se la habría dado, míster Holmes, en modo alguno. Pero mi esposa se la da y ha sufrido con el dibujo un susto de muerte. No dice una palabra, pero yo leo el espanto en sus ojos. Por esa razón quiero llegar hasta el fondo mismo de este asunto.
Holmes mantuvo el papel en alto, de modo que le diese de lleno el sol. Se trataba de una hoja arrancada de un cuaderno. Los dibujos estaban hechos a lápiz, y eran tal como sigue:

Holmes estuvo examinándolos durante un rato, luego dobló con cuidado la hoja, y la guardó en su cuaderno de notas, diciendo:
–Parece que tenemos aquí un caso por demás interesante y que se sale de lo corriente. Usted, míster Hilton Cubitt, me daba ya algunos detalles en su carta, pero yo le ruego que tenga la amabilidad de repetirlos a fin de que los conozca mi amigo el doctor Watson.
–Yo no soy gran cosa haciendo relatos –dijo nuestro visitante, cerrando y abriendo nerviosamente sus fuertes manazas–. Pregúnteme, pues, cualquier detalle que no le resulte claro. Empezaré desde mi boda, que tuvo lugar el pasado año; pero antes quiero decirles que no soy hombre rico, que mi familia lleva viviendo cinco siglos en Ridling Thorpe, y que no hay otra más conocida en el condado de Norfolk. El año pasado vine a Londres con motivo de las fiestas del Jubileo, y me alojé en una casa de huéspedes de Russel Square, porque Parker, el vicario de nuestra parroquia, paraba en ella. Estaba en la casa una joven norteamericana, Patrick se llamaba, Elsie Patrick. Yo no sé cómo trabamos amistad, y antes que se cumpliese el mes de mi estancia, estaba yo todo lo enamorado de ella que un hombre puede estarlo de una mujer. Nos casamos tranquilamente en un registro civil. A usted, míster Holmes, tiene que parecerle una locura que un hombre perteneciente a una buena y antigua familia tomase de ese modo por esposa a una mujer, sin hacer averiguaciones sobre el pasado y sobre su familia. Si usted la conociese y la tratase le sería menos difícil comprenderlo. Elsie se portó conmigo con absoluta rectitud. Faltaría a la verdad si yo dijese que no me dio facilidades para que pudiera quedar libre de mi compromiso, si tal era mi deseo, diciéndome: «Yo he tenido durante mi vida tratos con gentes muy desagradables. Yo quiero borrarlas de mi memoria. Preferiría que no aludiésemos nunca al pasado mío, porque me resulta muy doloroso. Si me tomas por esposa, Hilton, te llevas a una mujer que no tiene que avergonzarse personalmente de nada; pero deberás conformarte con la palabra que yo te doy de que es así y me permitirás que guarde silencio sobre todo mi pasado, hasta el instante en que seré tuya. Si estas condiciones te resultan duras, regresa a Norfolk y abandóname a la vida solitaria en que me encontraste.» Con estas mismas palabras me habló la víspera de nuestra boda. Le contesté que yo la tomaba gustoso en las condiciones en que ella se me entregaba, y he cumplido mi palabra. Pues bien: llevamos ya un año casados y durante el mismo hemos sido muy felices. Hará un mes, a fines de junio, descubrí las primeras señales de que las cosas se torcían. Mi mujer recibió carta de Norteamérica. Yo vi el sello de los Estados Unidos. Se puso mortalmente pálida, leyó la carta y la tiró al fuego. No hizo posteriormente ninguna alusión a ella, y yo tampoco la hice, porque la palabra es palabra; pero desde aquel instante mi esposa no ha conocido ya el sosiego. En su rostro se advierte una mirada de temor, como si estuviese a la espera de algo. Lo mejor que podría haber hecho es confiarse a mí, en la seguridad de que me encontraría como su mejor amigo. Pero yo no puedo hablar mientras ella no diga nada. Tenga en cuenta, míster Holmes, que ella es una mujer leal y que, cualesquiera que sean las dificultades que haya tenido en su vida pasada, no se le puede cargar a ella la culpa de las mismas. Yo no soy más que un hidalgo de Norfolk, pero no hay en toda Inglaterra quien aprecie más que yo el honor de su familia. Ella lo sabe bien, y lo sabía bien antes de casarse conmigo. No es capaz de echar una mancha sobre ese honor, estoy seguro de que no es capaz... Y entro ahora en la parte extraña de mi relato. Hará una semana (el martes de la pasada) descubrí en los antepechos de las ventanas una cantidad de absurdos dibujos de bailarines, parecidos a los de ese papel. Estaban hechos con tiza. Pensé que habría sido el mozo de cuadra quien los había dibujado, pero me juró que él no sabía nada. Fuese como fuese, los pintaron durante la noche. Hice que los borrasen, y nada hablé del asunto a mi mujer hasta después. Con gran sorpresa mía, ella tomó la cosa muy en serio, y me suplicó que si volvían a aparecer, le permitiese verlos. Nada ocurrió por espacio de una semana; pero ayer por la mañana, me encontré ese papel encima del reloj de arena del jardín. Se lo mostré a Elsie, y ella sufrió un colapso. Desde ese momento da la impresión de una mujer que estuviese perdida en ensueños, medio aturdida, y con una expresión de terror agazapada en el fondo de sus ojos. Entonces fue cuando yo le escribí a usted, míster Holmes, y le envié el papel. No es cosa que yo pudiera llevar a la Policía, porque se habrían reído de mí; pero usted me dirá lo que tengo que hacer. Yo no soy rico; mas si a mi mujercita le amenazase cualquier peligro, soy capaz de gastarme en protegerla hasta mi último penique.
Era un tipo magnífico, producto del viejo terruño inglés, sencillo, íntegro, bondadoso con sus grandes y expresivos ojazos azules y su rostro ancho y agradable. En la expresión de sus facciones resplandecía el amor que sentía por su mujer. Holmes había escuchado su relato con la máxima atención y permaneció luego sumido en silenciosas meditaciones.
–¿No cree usted –preguntó por fin– que lo mejor que podría hacer es apelar directamente a su esposa, pidiéndole que le haga partícipe de su secreto?
Hilton movió negativamente su maciza cabeza.
–Míster Holmes, lo que se promete, prometido queda. Si Elsie quisiera contármelo, lo haría espontáneamente. Si no lo hace, yo no debo obligarla a que se confíe a mí. Pero sí que estoy justificado en actuar de manera independiente, y lo haré.
–Pues entonces, yo le ayudaré de corazón. En primer lugar, ¿se ha enterado usted de si se han dejado ver por aquellos alrededores algunos extranjeros?
–No.
–Me imagino que se tratará de una zona tranquila, y en la que la aparición de un rostro nuevo suscitaría comentarios.
–En nuestra vecindad inmediata, sí. Pero tenemos a no mucha distancia varias pequeñas poblaciones balnearias, y los granjeros toman huéspedes en sus casas.
–Estos jeroglíficos tienen sin duda un sentido. Si se trata de una cosa puramente arbitraria, quizá nos sea imposible descifrarlo; pero si estamos ante una cosa sistemática, llegaremos sin duda al fondo del asunto. Ahora bien: esta muestra que tenemos aquí es tan breve, y los hechos que usted me ha relatado resultan de tal manera indefinidos, que carecemos de base para una investigación. Yo le sugeriría que regresase a Norfolk, que estuviese en guardia muy despierta y que sacase una copia exacta de cualquier otra muestra de bailarines que pudiera aparecer. Es una verdadera lástima que no dispongamos de un facsímil de los bailarines que fueron pintados con tiza en los antepechos de las ventanas. Realice también una investigación discreta a propósito de los extranjeros que viven por aquellos alrededores. Cuando haya recogido algunos elementos nuevos venga otra vez a visitarme. Tal es, míster Hilton Cubitt, el mejor consejo que yo puedo darle. En el caso de presentarse novedades apremiantes, me tendrá siempre dispuesto a trasladarme y visitar a usted en su casa de Norfolk.
La entrevista dejó muy pensativo a Sherlock Holmes. En el transcurso de los días siguientes vi que mi amigo sacaba en diversas ocasiones la hoja de papel de su cuaderno de notas y la contemplaba durante largo rato con ansiedad, fijos los ojos en las extrañas figuras dibujadas en ella. Sin embargo, no hizo alusión alguna a ese asunto hasta cierta tarde, unos quince días después. Iba yo a salir cuando me llamó, diciéndome:
–Watson, sería preferible que se quedase en casa.
–¿Por qué?
–Porque recibí esta mañana un telegrama de Hilton Cubitt..., ¿se acuerda de Hilton Cubitt, el de los bailarines? Debe de haber llegado a la estación de Liverpool Street a la una y veinte y puede presentarse aquí en cualquier instante. De su telegrama deduzco que se han producido algunos nuevos incidentes de importancia.
No tuvimos que esperar mucho, porque nuestro hidalgo de Norfolk vino derecho de la estación, a todo lo que dio de sí el coche Hansom que tomó. Su expresión era de un hombre desasosegado y deprimido, de mirar cansado y frente llena de arrugas.
–Míster Holmes, este asunto me trae nervioso –dijo, dejándose caer en un sillón como abrumado de cansancio–. Malo es tener la sensación de que uno se encuentra rodeado de gentes invisibles y desconocidas que parecen tramar algo contra usted; pero si, además de eso, está usted convencido de que van matando a pasos acelerados a su esposa, el tormento es de los que apenas pueden ser soportados por seres de carne y hueso. Mi esposa se acaba bajo semejante suplicio; se va acabando a la vista mía.
–¿Y ella no ha dicho nada todavía?
–No, míster Holmes, nada ha dicho. Sin embargo, ha habido ocasiones en que la pobre muchacha quería hablar, pero no acababa de decidirse a dar la zambullida. He intentado ayudarla; pero debí de hacerlo con torpeza y sólo conseguí asustarla y hacer que se abstuviese de hablar. De lo que sí me habló fue de la antigüedad de mi familia, de nuestra reputación en el condado, del orgullo que ponemos en nuestro honor intachable. Yo tuve en tales ocasiones la sensación de que llevaba la conversación hacia el tema; pero, yo no sé por qué, retrocedía antes de llegar a él.
–¿Y no ha descubierto usted mismo nada?
–Mucho, míster Holmes. Le traigo para que las examine varias figuras nuevas de bailarines, y lo que es más importante, he visto al individuo.
–¿Qué dice? ¿Que vio al hombre que las dibujaba?
–Sí; lo vi entregado a su tarea. Pero se lo diré todo por su orden. Cuando regresé después de mi visita a esta casa, lo primero i que se ofreció a mi vista a la mañana siguiente fue una cosecha nueva de bailarines. Las figuras habían sido dibujadas con tiza sobre la negra puerta de madera de la casa de aperos de labranza, que se alza junto al prado, y que se distingue plenamente desde las ventanas delanteras. Saqué una copia exacta, y hela aquí.
Desdobló un papel y lo extendió sobre la mesa. He aquí una copia de los jeroglíficos:

–¡Magnífico! –exclamó Holmes–. ¡Magnífico! Haga el favor de seguir adelante.
–Una vez que copié las figuras, borré las de la puerta; pero dos días después apareció por la mañana una nueva inscripción, cuya copia traigo también aquí:

Holmes se frotó las manos y se rió por lo bajo de placer, diciendo:
–Vamos acumulando rápidamente nuestro material.
–Tres días más tarde dejaron un mensaje dibujado en un papel, sobre el reloj de sol y sujeto con una piedra pequeña. Helo aquí. Como usted ve, los caracteres son exactamente iguales a los de la pintura anterior. En vista de todo eso decidí ponerme al acecho; saqué mi revólver y me senté en mi despacho, desde el que se dominan la pradera y el jardín. Me hallaba sentado junto a la ventana a eso de las dos de la madrugada, sin más luz que la de la luna que brillaba en el exterior, cuando oí pasos a mi espalda y se presentó mi esposa en salto de cama. Me suplicó que fuese a acostarme. Le expuse con franqueza que estaba resuelto a ver quién era la persona que nos estaba haciendo aquellas absurdas jugarretas. Me contestó que se trataba seguramente de algún bromazo disparatado y que no debía darle importancia. «Si verdaderamente eso te molesta, Hilton, lo que podemos hacer es ponemos en viaje, tú y yo, evitando de ese modo esta molestia.» «¿Cómo es eso? ¿Tolerar que nos saquen de nuestra casa mediante un bromazo? –le pregunté–. ¡Se reiría de nosotros todo el país!» «Ea, ven a acostarte y mañana por la mañana volveremos a tratar el asunto», me dijo. De pronto, y mientras ella hablaba, vi que su rostro pálido empalidecía aún más a la luz de la luna y que su mano se atenazaba el hombro. Algo se movía en la sombra que proyectaba la casa de aperos de labranza. Distinguí una figura negra que reptaba, encogida, después de doblar una de las esquinas, y que se colocaba en cuclillas frente a la puerta. Empuñé mi revólver y me disponía a lanzarme fuera, pero mi esposa se abrazó a mí y me retuvo mediante esfuerzos convulsivos. Intenté apartarla de mí, pero ella se me aferró con desesperación. Logré, por último, quedar libre; pero cuando abrí la puerta y llegué a la casa de aperos de labranza el individuo aquel había desaparecido. Sin embargo, había dejado señales de su estancia, porque sobre la puerta aparecía idéntica disposición de bailarines que las dos veces anteriores, copiadas por mí en ese papel. A pesar de que recorrí toda la finca, no hallé por parte alguna otras señales del individuo. Pero lo asombroso es que seguramente estaba allí durante mi búsqueda, porque cuando yo volví a examinar por la mañana la puerta descubrí que debajo de las figuras que yo había visto ya él había garrapateado algunas más.
–¿Tiene usted la reproducción de estas otras figuras?
–Sí; son muy pocas, pero las copié, y aquí las tiene.
Volvió a sacar un papel. La nueva danza estaba dispuesta de esta forma:
–Dígame –le preguntó Holmes, y yo pude ver por la expresión de sus ojos que mi amigo estaba muy excitado–: ¿figuraban a continuación de la primera línea o formaban una inscripción completamente distinta e independiente de aquélla?–Estaban dibujadas en un panel distinto de la puerta.
–¡Magnífico! Este detalle es, con mucho, para nosotros el más importante de todos. Me siento lleno de esperanzas. Y ahora, míster Hilton Cubitt, tenga la bondad de proseguir su interesantísimo relato.
–Nada más tengo que decir, míster Holmes, fuera de que yo estaba irritado con mi esposa aquella noche porque me retuvo, impidiéndome capturar al clandestino granuja. Me contestó que tuvo miedo de que me ocurriese alguna desgracia. Cruzó un instante por mi imaginación el pensamiento de que quizá lo que ella temía era, por el contrario, que le ocurriese una desgracia al individuo en cuestión. Yo no dudaba que ella sabía quién era aquel hombre y lo que querían decir tan extrañas señales. Sin embargo, míster Holmes, hay en el tono de voz de mi esposa y en el mirar de sus ojos un algo que impide dudar, y yo estoy seguro de que ella no pensaba verdaderamente en otra cosa que en mi seguridad. Y aquí tiene usted todo el caso, y yo deseo ahora que me aconseje lo que debo hacer. Mi gusto sería poner de guardia en el bosque bajo a media docena de mis mozos de granja para, cuando se presente el individuo, darle una paliza tal que nos deje en paz para siempre.
–Temo que se trate de un caso demasiado grave para emplear remedios tan sencillos –dijo Holmes–. ¿Cuánto tiempo va usted a permanecer en Londres?
–Tengo que regresar hoy mismo. Por nada del mundo quisiera dejar sola durante la noche a mi esposa. Ella está muy nerviosa y me suplicó que regresase.
–Creo que hace usted bien; pero si se hubiese quedado en Londres, quizá yo habría estado en condiciones de acompañarle de aquí a uno o dos días. Mientras tanto, déjeme estos papeles, y creo muy verosímil que pueda hacerle muy pronto una visita a fin de hacer alguna luz sobre lo que le sucede.
Sherlock Holmes mantuvo su actitud serena de profesional hasta que nuestro visitante se retiró. Sin embargo, no me costó ningún trabajo a mí, que lo conocía tan perfectamente, comprender que estaba profundamente excitado. En el instante mismo en que la ancha espalda de Hilton Cubitt desapareció por la puerta, mi camarada corrió hacia la mesa, puso encima de ésta las hojas de papel en que estaban dibujados los bailarines y se lanzó a hacer cálculos intrincados y laboriosos.
Yo estuve contemplándolo durante dos horas, mientras él cubría hoja tras hoja de papel con figuras y letras, tan por completo absorto en su tarea, que evidentemente se había olvidado de que yo estaba allí. En ocasiones se le veía progresar y entonces silbaba y cantaba entregado a su tarea; otras veces parecía desconcertado, y se quedaba largo rato con el ceño fruncido y la mirada ausente. Por último, saltó de su silla dando un grito de satisfacción y se paseó por el cuarto frotándose las manos. Acto continuo, redactó un largo telegrama en uno de los formularios destinados al envío de cables.
–Watson, si la contestación es la que yo espero, podrá usted agregar a su colección un lindo caso –me dijo–. Confío en que podremos ir mañana a Norfolk, llevando a nuestro amigo noticias muy concretas acerca del secreto de las molestias que está sufriendo.
Confieso que me sentí lleno de curiosidad; pero sabiendo que a Holmes le agradaba descubrir las cosas en su momento y a su manera, esperé a que le acomodase a él hacerme sus confidencias.
Pero hubo un retraso en aquel telegrama de contestación y se siguieron dos días de impaciencia, durante los cuales Holmes tensaba los oídos cada vez que sonaba la campanilla de la calle. Durante la tarde del segundo día nos llegó una carta de Hilton Cubitt. Nada le ocurría, salvo que aquella mañana y en el pedestal del reloj de sol había aparecido una larga inscripción, cuya copia nos enviaba, y que yo reproduzco aquí:

Holmes permaneció algunos minutos inclinado sobre aquel friso grotesco. De pronto se puso en pie, dejando escapar una exclamación de sorpresa y desaliento. Su rostro se cubrió de ansiedad, y dijo:
–No podemos dejar que pase adelante este asunto. ¿Hay algún tren esta noche para North Walsham?
Busqué en la guía. Acababa de salir el último tren. Holmes dijo:
–Nos desayunaremos temprano y marcharemos en el primer tren de la mañana. Es de la mayor urgencia que hagamos acto de presencia allí. Aquí llega el esperado cablegrama. Un instante, mistress Hudson, porque quizá tenga contestación. No; no la tiene; es lo que esperaba. Este mensaje nos obliga de un modo todavía más esencial a que no perdamos un instante y a que comuniquemos a Hilton Cubitt todo lo referente al asunto, porque nuestro sencillo hidalgo de Norfolk se halla envuelto en una extraña y peligrosa red.
Los hechos demostraron que tenía razón. Ahora que llego al triste final de un relato de lo que me había parecido que era únicamente una cosa infantil y fantástica, vuelvo a experimentar la sensación de abatimiento y de horror que entonces me dominaba. Bien quisiera poder comunicar a mis lectores un final más alegre; pero estas mías son crónicas de hechos ocurridos, y no tengo más remedio que seguir hasta su lamentable crisis la extraña cadena de sucesos que durante algunos días hizo del nombre Ridling Thorpe Manor una palabra familiar a todo lo largo y ancho de Inglaterra.
Apenas nos habíamos apeado en North Walsham y dado el nombre de nuestro punto de destino, cuando el jefe de estación vino corriendo hacia nosotros y nos dijo:
–¿Son ustedes detectives que llegan de Londres?
Por el rostro de Holmes cruzó una expresión de molestia.
–¿Por qué se le ocurre semejante idea?
–Porque acaba de pasar por aquí el inspector Martin de Norwich. Quizá sean ustedes los médicos. Ella no ha muerto, o no había muerto según las últimas noticias. Quizá lleguen a tiempo para salvarla, aunque la salven para la horca.
La frente de Holmes se nubló de ansiedad, y dijo:
–Nos dirigimos a Ridling Thorpe Manor, pero nada sabemos de lo que allí ha ocurrido.
–Una cosa terrible –dijo el jefe de estación–. Los dos están heridos de bala, tanto míster Hilton Cubitt como su esposa. Según dicen los criados, ella disparó primero contra él y luego contra sí misma. Él ha muerto, y se desespera de salvar la vida de ella. ¡Válgame Dios! ¡Ocurrir esto a una de las más antiguas familias del condado de Norfolk, y de las más respetadas!
Holmes se dirigió apresuradamente y sin decir palabra al coche, y no abrió la boca en el largo trayecto de catorce kilómetros. Pocas veces le he visto tan completamente abatido. Durante todo el viaje desde Londres le había observado yo intranquilo, mientras leía con vehemente atención los periódicos de la mañana; pero ahora aquella súbita realización de sus peores miedos lo sumió en una negra melancolía. Se recostó en su asiento perdido en lóbregas meditaciones. Sin embargo, había a nuestro alrededor muchas cosas capaces de despertar nuestro interés, porque cruzábamos por una región campestre tan notable como la que más en Inglaterra; algunas pocas y desperdigadas casas de campo representaban toda su población en la actualidad, mientras que surgían a uno y otro lado, entre el paisaje llano y verde, enormes iglesias de torres cuadradas pregonando la gloria y la prosperidad de la antigua Anglia Oriental. Apareció, por último, sobre el extremo verde de la costa de Norfolk, el cerquillo del océano germánico, y el cochero nos señaló con el extremo de su látigo dos viejos tejados triangulares que se proyectaban por encima de un bosquecillo de árboles, y nos dijo:
–Aquello es Ridling Thorpe Manor.
Cuando nuestro coche se detuvo delante del pórtico de la fachada delantera, descubrí enfrente de ella, además del campo de tenis, la negra casa de aperos de labranza y el reloj de sol encima de un pedestal, objetos todos que se unían en mi memoria a hechos tan extraños. Un hombrecito activo y vivaracho, de bigotes rubios, acababa de apearse de su elevado dog-car. Se nos presentó diciendo que era el inspector Martin, de la Policía de Norfolk, y se mostró muy asombrado al oír el nombre de mi compañero.
–Pero ¡si el crimen no se ha cometido sino a las tres de esta madrugada, míster Holmes! ¿Cómo pudo usted enterarse de él en Londres y llegar al lugar del suceso al mismo tiempo que yo?
–Es que yo lo preví y vine con la esperanza de evitarlo.
–Pues entonces es que usted posee datos importantes que nosotros ignoramos, porque decían todos que estos señores formaban una pareja muy bien avenida.
–Yo no tengo otros datos que los bailarines –dijo Holmes–. Después se lo explicaré a usted. Entre tanto, y puesto que es demasiado tarde para evitar la tragedia, tengo el mayor interés en servirme de los datos que poseo para procurar que se haga justicia. ¿Querrá usted asociarse conmigo en la investigación, o prefiere que yo actúe de manera independiente?
–Me sentiré muy orgulloso de que actuemos juntos, míster Holmes –dijo con gran interés el inspector.
–En ese caso, me agradaría escuchar las declaraciones y examinar la casa sin perder un solo instante.
El inspector Martin tuvo el buen juicio de dejar que mi amigo hiciese las cosas a su propia manera y se contentó con tomar cuidadosamente nota de los resultados. El médico de la localidad, que era un caballero anciano y de cabellos blancos, acababa de bajar del cuarto de mistress Hilton Cubitt y nos informó de que sus heridas eran graves, pero no mortales de necesidad. La bala había atravesado el cráneo por delante de su masa encefálica y tardaría probablemente algún rato en recobrar la conciencia. Al preguntarle si ella había recibido el balazo o si había disparado contra sí misma, contestó que no quería arriesgarse a manifestar una opinión definitiva. Desde luego, el disparo había sido hecho a quema ropa. Sólo se encontró en la habitación un arma, cuyos dos cañones habían sido vaciados. Míster Hilton Cubitt recibió el balazo en pleno corazón. Cabía la posibilidad de que él hubiese disparado contra su mujer, volviendo luego el arma contra sí mismo, y era igualmente posible que la criminal fuese la mujer, porque el arma se hallaba en el suelo a igual distancia de los dos.
–¿Lo cambiaron a él de lugar? –preguntó Holmes.
–Únicamente hemos trasladado a la señora. No podíamos dejarla herida y en el suelo.
–¿Qué tiempo lleva usted aquí, doctor?
–Estoy desde las cuatro de la madrugada.
–¿Ha estado alguien más?
–Sí; el policía de la localidad.
–¿Y no han tocado ustedes nada?
–Nada.
–Han obrado ustedes con mucha discreción. ¿Quién los mandó llamar?
–Saunders, la doncella.
–¿Fue Saunders quien dio la voz de alarma?
–Ella y mistress King, la cocinera.
–¿Dónde se encuentran en este momento?
–Creo que están en la cocina.
–Pues entonces, me parece que lo mejor será que escuchemos inmediatamente el relato de boca suya.
El antiguo vestíbulo, con paredes artesonadas de roble y altas ventanas, se había convertido en tribunal de instrucción. Holmes estaba sentado en una silla grande y de forma anticuada; sus ojos inexorables resaltaban por su brillo en su rostro ojeroso. Yo leía en ellos el decidido propósito de consagrar su vida a esta investigación hasta lograr que fuese vengado el cliente al que no había conseguido salvar. El simpático inspector Martin, el anciano y barbiblanco médico de campo, yo y el estólido policía de la aldea completábamos aquella extraña reunión.
Las dos mujeres hicieron su relato con bastante claridad. Se vieron despertadas en medio de su sueño por el estrépito de un disparo, seguido un instante después por otro disparo más. Las habitaciones de las dos mujeres estaban contiguas, y mistress King entró precipitadamente en la de Saunders. Descendieron juntas por la escalera. La puerta del despacho estaba abierta y encima de la mesa ardía una vela. Su amo yacía boca abajo en el centro de la habitación. Estaba muerto. Su esposa se hallaba agazapada cerca de la ventana, con la cabeza apoyada en la pared. Tenía una herida horrible y el lado visible de su cara estaba cubierto de sangre. Respiraba con dificultad y no pudo hablar nada. El pasillo, así como la habitación, estaba lleno de humo y de olor a pólvora. Tenían la seguridad de que la ventana estaba cerrada y sujeta por dentro. Sobre ese extremo ambas mujeres declararon de una manera terminante. Enviaron a llamar al médico y al policía. Después, con ayuda del lacayo y del mozo de cuadras, transportaron a su señora a la habitación de ésta. La cama tenía señales de que la señora y el señor habían estado acostados. Ella vestía su salto de cama, y el señor, su batín, encima de su ropa de noche. No se había tocado nada en el despacho. Por lo que ellas sabían, jamás hubo riña alguna entre marido y mujer. Siempre los habían creído un matrimonio muy unido.
Tales fueron los puntos principales de las declaraciones de la servidumbre. En contestación a preguntas del inspector Martin, declararon sin lugar a dudas que todas las puertas se hallaban cerradas por dentro y que nadie pudo escapar de la casa. Respondiendo a Holmes, ambas recordaron que desde el momento mismo de salir de sus habitaciones del piso superior percibieron el olor a pólvora.
–Yo recomiendo muy especialmente este detalle a su atención –dijo Holmes a su colega de profesión–. Y ahora creo que podemos ya pasar a realizar un examen completo del despacho.
El despacho resultó ser una habitación pequeña revestida de hileras de libros en tres de sus lados y con una mesa-escritorio frente a una ventana corriente, que daba al jardín. Dedicamos nuestros primeros cuidados al cadáver del desdichado hidalgo, cuyo voluminoso cuerpo yacía tendido a lo largo de la habitación. Lo desarreglado de sus ropas daba a entender que se había despertado y vestido apresuradamente. El balazo le había sido disparado de frente y quedó dentro del cuerpo después de traspasar el corazón. Su muerte fue sin duda instantánea y sin dolor. Ni en su batín ni en sus manos se advertían señales de pólvora. Según el médico campesino, la señora tenía manchas de pólvora en la cara, pero no en la mano.
–El hecho de que falten en la mano nada quiere decir, aunque su presencia en ella lo habría dicho todo –comentó Holmes–. Salvo en los casos en que la pólvora de un cartucho que ajusta mal salta hacia atrás, es posible hacer muchos disparos sin que quede en la mano rastro alguno. Yo desearía que se lleve de aquí ahora el cadáver de míster Cubitt. No habrá extraído usted, doctor, la bala que hirió a la señora, ¿verdad?
–Para hacer eso sería preciso una grave operación. Pero quedan todavía en el revólver cuatro cartuchos. Dos de los cartuchos del tambor han sido disparados, infligiendo dos heridas, de manera que queda así completo el número.
–Así parece, al menos –dijo Holmes–. Pero ¿qué hacemos entonces con la bala que tan claras señales ha dejado en el borde de la ventana?
Holmes había dado súbitamente media vuelta y su dedo, largo y seco, apuntaba a un agujero que atravesaba la parte inferior de la ventana, a cosa de dos centímetros por encima del borde.
–¡Por San Jorge! –exclamó el inspector–. ¿Cómo pudo usted descubrirlo?
–Porque andaba buscándolo.
–¡Admirable! –dijo el médico campesino–. Tiene usted razón, señor. Según eso, fue hecho un tercer disparo, y se hallaba presente, por tanto, una tercera persona. Pero ¿quién pudo ser y cómo pudo escaparse?
–He ahí el problema que vamos a intentar resolver –dijo Sherlock Holmes–. ¿Recuerda, inspector Martin, que cuando las criadas dijeron que en el momento mismo de salir de sus habitaciones habían percibido el olor a pólvora le hice yo notar que ese era un detalle de extrema importancia?
–Sí, señor, pero confieso que no veo adonde va usted a parar.
–Ese detalle parecía indicar que cuando se hicieron los disparos, la ventana y la puerta de la habitación habían sido abiertas. De otro modo no era posible que el humo de la pólvora fuese arrastrado con tanta rapidez por toda la casa. Es preciso, para que ocurra tal cosa, que se establezca una corriente de aire. Sin embargo, tanto la puerta como la ventana debieron de permanecer abiertas sólo un espacio de tiempo muy corto.
–¿Cómo lo demuestra usted?
–Porque la vela encendida no ha formada estría.
–¡Estupendo! –exclamó el inspector–. ¡Estupendo!
–Seguro de que en el instante de la tragedia estaba abierta la ventana, supuse que pudiera haber intervenido en el asunto una tercera persona que hizo fuego desde el exterior. Los disparos hechos contra esa persona podían dar en la parte inferior de la ventana levadiza. Fue allí donde busqué y donde encontré el agujero de la bala.
–Pero, ¿cómo se explica que cerrasen entonces la ventana?
–El primer instinto de la mujer la llevó a cerrar y asegurar la ventana...; pero, ¡hola!, ¿qué es esto?
Encima de la mesa-escritorio veíase un bolso de mujer, un bolso pequeño y elegante de piel de cocodrilo y plata. Holmes lo abrió y registró su contenido. Contenía veinticinco billetes de cincuenta libras del Banco de Inglaterra, sujetos por una tira de goma, y nada más.
–Guarden esto, porque tendrá que figurar en la vista de la causa –dijo Holmes, entregando el bolso con su contenido al inspector–. Es preciso que hagamos ahora alguna luz sobre esta tercera bala, que fue disparada, sin duda alguna a juzgar por el astillado de la madera, desde el interior de la habitación. Me agradaría volver a hablar con mistress King, la cocinera... Mistress King, usted nos dijo que las despertó el estallido de un disparo; ¿dijo usted eso porque le pareció que el primer disparo había resonado con más fuerza que el segundo?
–Verá usted, señor; me desperté cuando estaba durmiendo y me resulta algo difícil comparar. Pero sí que el disparo hizo mucho ruido.
–¿Y no cree posible que se hubiesen hecho dos disparos casi al mismo tiempo?
–Eso sí que yo no podría asegurarlo, señor.
–Pues yo creo que eso es lo que sin duda ocurrió. Me parece, inspector Martin, que hemos agotado ya todo lo que esta habitación puede enseñamos. Si tiene la amabilidad de acompañarme, veremos si el jardín nos ofrece alguna nueva demostración.
Un macizo de flores llegaba hasta el pie de la ventana del despacho. Al acercarnos al mismo, dejamos escapar todos una exclamación. Las flores estaban pisoteadas y la tierra blanda mostraba por todas partes huellas de pies. Eran unos pies grandes, masculinos, de puntera característicamente larga y puntiaguda. Holmes husmeó entre la hierba y las hojas igual que el perro de caza que busca ave herida. De pronto dio un grito; satisfecho, se inclinó hacia adelante y recogió del suelo un pequeño cilindro de latón.
–Me lo esperaba –dijo–; el revólver tenía un lanzacasquillos, y aquí tenemos el tercer cartucho. Inspector Martin, creo que nuestro caso está casi completo.
La cara del inspector provinciano había ido señalando con su expresión de intenso asombro los rápidos y magistrales avances de las investigaciones de Holmes. En los primeros momentos mostró cierta tendencia a afirmar su propia categoría; pero acabó dejándose llevar de la admiración, dispuesto a seguir a Holmes, sin hacer preguntas, en cualquier dirección que él marcase.
–¿De quién sospecha usted? –preguntó.
–Ya llegaremos luego a eso. Tiene este problema varios puntos que todavía no he logrado poner en claro. Puesto que he llegado tan adelante, será mejor que conduzca el asunto a mi manera, para aclararlo todo de modo completo y definitivo.
–Como le parezca a usted, míster Holmes, con tal que echemos el guante al criminal.
–No es mi intención andarme con misterios; pero resulta imposible, cuando uno está lanzado a la acción, entrar en explicaciones largas y complicadas. Tengo en mi mano todos los hilos del asunto. Aunque no recobrase ya el sentido esta señora, podríamos construir los acontecimientos de la noche pasada y asegurarnos de que se hará justicia. Antes que nada, desearía que me informasen de si existe por estos alrededores algún mesón conocido con el nombre de Elrige.
Se preguntó a la servidumbre; pero nadie había oído hablar de mesón semejante. El mozo de cuadras aclaró el asunto al recordar que había un granjero de ese apellido que tenía una granja a varios kilómetros en dirección de East Ruston.
–¿Es alguna granja muy aislada?
–Muy aislada, señor.
–¿Será posible, entonces, que no se hayan enterado todavía de lo ocurrido aquí la noche pasada?
–Es muy posible, señor.
Holmes meditó un instante, y de pronto jugueteó por su cara una sonrisa curiosa.
–Ensille un caballo, buen hombre –dijo–. Quiero que lleve usted una carta a la granja de Elrige.
Holmes sacó del bolsillo varias tiras de bailarines. Con ellas delante estuvo trabajando un rato en la mesa-escritorio. Por último, dio una carta al mozo, con instrucciones de entregarla en mano a la persona a quien iba dirigida, insistiendo especialmente en que no contestase a ninguna de las preguntas que pudieran hacerle, fuesen las que fuesen. Yo vi el sobrecito de la carta, hecho en letra muy irregular y desempeñada, que no tenía ningún parecido con la letra clara y firme de Holmes. La carta iba dirigida a míster Abe Slaney, Elrige’s Farm, East Ruston, Norfolk.
–Opino, inspector –dijo Holmes–, que haría usted bien en pedir por telégrafo una escolta, porque, si mis cálculos no resultan equivocados, quizá tenga usted que conducir a la cárcel del condado a un preso muy peligroso. Este mismo muchacho que lleva la carta podía llevar su telegrama. Watson, si hay un tren para Londres esta tarde, creo que haremos bien en aprovecharlo, porque tengo un análisis químico de bastante interés que deseo terminar, y esta investigación se acerca rápidamente a su fin.
Una vez que marchó el mozo con la carta, Sherlock Holmes dio las instrucciones necesarias a la servidumbre. Si alguien llegaba preguntando por míster Hilton Cubitt, no debía decírsele nada referente a su estado, sino que tenían que pasarlo inmediatamente a la sala de recibir. Insistió reiteradamente y con el mayor interés en este punto. Por último, se dirigió a la sala de recibir, diciendo antes que el asunto había salido ya de sus manos, y que debíamos entretener el tiempo lo mejor que pudiéramos hasta que viésemos lo que se nos preparaba.
–Creo que puedo ayudarles a pasar una hora de un modo interesante y provechoso –dijo Holmes, acercando su silla a la mesa y extendiendo delante de él los distintos papeles en que estaban reproducidas las extrañas figuras de los bailarines–. Por lo que hace a usted, amigo Watson, le debo toda clase de compensaciones por haber dejado tanto tiempo sin satisfacer su natural curiosidad. Para usted, inspector, quizá le resulte todo el incidente un notable estudio profesional. Antes que nada debo empezar por las interesantes circunstancias relativas a las consultas que antes de este suceso me hizo míster Hilton Cubitt en Baker Street.
Holmes recapituló brevemente los hechos que llevo ya relatados.
–Tengo delante de mí estas raras obras de arte, que quizá provocasen la sonrisa de no haber sido, según se ha visto, las batidoras de una tragedia tan terrible. Estoy bastante familiarizado con toda clase de formas secretas de escritura y soy autor de una insignificante monografía acerca del tema, en la que analizo ciento sesenta claves distintas; pero confieso que ésta me resultó completamente nueva. Los inventores del procedimiento se propusieron, por lo visto, ocultar el hecho de que estos dibujos encierran un mensaje, produciendo la impresión de que se trata de simples dibujos infantiles caprichosos.
Sin embargo, una vez convencido de que cada símbolo de esos equivale a una letra, y aplicando al caso las reglas por las que nos guiamos para descifrar toda clase de escrituras secretas, la solución resulta bastante fácil. El primer mensaje que me fue presentado era tan breve, que resulta imposible para mí sentar otra afirmación con alguna seguridad fuera de la de que la figura
representa la letra E Ustedes saben que la E es la más corriente de las letras del alfabeto inglés y que predomina en este idioma hasta el punto de que, incluso en las frases más breves, se puede tener la seguridad de que se repite con más frecuencia que ninguna otra letra. Entre las quince figuras simbólicas del primer mensaje había cuatro iguales, de modo que resultaba razonable pensar que representaban la letra E Es cierto que, en algunos casos, esta figura empuña una bandera y en otros casos no; pero a juzgar por el modo en que estaban repartidas las banderas parecía probable que estas se empleasen para dividir la frase en palabras. Partí de esta hipótesis y tomé nota de que la letra E estaba representada por esa figuraPero entonces se me presentó la verdadera dificultad de la investigación. Después de la letra E no existe en inglés una preponderancia marcada entre las demás letras, y si ésta puede producirse como término medio en una hoja impresa, puede ocurrir el caso contrario tratándose de una sola sentencia breve. De un modo general, las letras T, A, O, I, N, S, H, R, D y L suelen figurar en ese orden de frecuencia; pero las letras T, A, O e I se emplean casi con la misma frecuencia unas que otras, y el intentar cada una de sus combinaciones hasta que resulte una palabra con sentido sería tarea interminable. Por esa razón esperé que me trajesen material en mayor cantidad. En nuestra segunda entrevista pudo míster Hilton Cubitt proporcionarme otras dos frases breves y un mensaje que, careciendo, como carecía, de bandera, tenía que constituir una sola palabra. Aquí tienen ustedes las figuras simbólicas. Pues bien: en esa palabra aislada me encuentro con dos E en segundo y cuarto lugar, dentro de una palabra de cinco letras, que pudiera ser sever, o lever o never. No cabe duda que esta última palabra (nunca) resulta la más probable como contestación a una llamada, y todo daba a entender que era la respuesta que había escrito la señora. Aceptándolo como exacto, se podía afirmar ya que las figuras simbólicas corresponden, respectivamente, a las letras N, V y R.
Seguía tropezando con grandes dificultades; pero una idea feliz me hizo entrar en posesión de otras varias letras. Pensé que si esas llamadas procedían de alguien que había tenido intimidad con la señora en su primera edad, cualquier combinación de símbolos que comprendiese dos E con tres letras intercaladas podía muy bien representar el nombre Elsie. Un examen de los dibujos me hizo descubrir que esa clase de combinación constituía el final del mensaje repetido tres veces, y que tenía que ser algún llamamiento dirigido a Elsie. De ese modo me proporcioné las letras L, S e L Pero ¿de qué llamamiento podía tratarse? En la palabra que precedía a Elsie sólo entraban cuatro letras y terminaba en E Esa palabra, pues, tenía que ser come (ven). Probé a colocar otra palabra de cuatro letras terminada en E, pero ninguna encajaba en este caso. Disponía, pues, ya de letras C, O y M, hallándome en situación de acometer una vez más la interpretación del primer mensaje, dividiéndolo en palabras y colocando punto en lugar de cada símbolo que me era todavía desconocido. Sometido el mensaje a ese tratamiento, dio el siguiente resultado:
.M .ERE ..E SL.NE.
Pues bien: la primera letra puede ser únicamente la A, descubrimiento utilísimo, ya que se repite no menos de tres veces en esa breve frase. También la H salta a la vista en la segunda palabra. Con lo que el mensaje queda así:
AM HERE A.E SLANE.
O, llenando los huecos más evidentes del nombre:
AM HERE ABE SLANEY
Disponiendo ya de tantas letras, podía acometer con bastante confianza la interpretación del segundo mensaje, que resultó así:
A. ELRI. ES.
Sólo era posible darle sentido colocando las letras T y G en los huecos sin llenar, y partiendo de la hipótesis de que se trataba del nombre de alguna casa o mesón en el que se hallaba alojado el que escribía el mensaje.
El inspector Martin y yo escuchábamos con el máximo interés el relato completo y claro de cómo mi amigo había llegado a los resultados que le habían permitido dominar de manera tan completa todas nuestras dificultades.
–¿Y qué hizo usted entonces, señor? –preguntó el inspector.
–Yo tenía toda clase de razones para suponer que este Abe Slaney era norteamericano, ya que Abe es un diminutivo norteamericano, y teniendo además en cuenta que el punto de arranque de todas las dificultades había sido una carta llegada de Norteamérica. Tenía también motivos para pensar que en este asunto se encerraba algún secreto criminal. Las alusiones hechas por la señora a su pasado, y su negativa de confesarse a su marido, apuntaban ambas en la misma dirección. En vista de ello cablegrafié a mi amigo Wilson Hargreave, de la Oficina de Policía de Nueva York, que en más de una ocasión aprovechó mis conocimientos del mundo criminal londinense. Le pregunté si le era conocido ese nombre de Abe Slaney. He aquí su contestación: «El maleante más peligroso de Chicago.» La noche misma en que yo recibí su respuesta me envió Hilton Cubitt el último mensaje enviado por Slaney. Sirviéndome de las letras que me eran ya conocidas, resultó lo siguiente:
ELSIE .RE.ARE TO MEET THY GO.
Agregando una P y una D, quedaba completo un mensaje: Elsie, prepare to meet thy god (es decir, Elsie, disponte a ver a tu dios), lo que me demostraba que el muy canalla pasaba de las súplicas a las amenazas. Lo que yo sé de los maleantes de Chicago me hizo pensar en que quizá pasase rápidamente de las palabras a la acción. Me trasladé inmediatamente a Norfolk con mi amigo y colega el doctor Watson, aunque, por desgracia, sólo llegué a tiempo de comprobar que había ocurrido ya lo peor.
–Es un honor colaborar con usted en el manejo de un caso –dijo el inspector con gran efusión–. Sin embargo, me disculpará si le hablo con toda franqueza. Usted sólo tiene que responder ante usted mismo, pero yo tengo que responder ante mis superiores. Si, en efecto, este Abe Slaney, que reside en la granja de Elrige, es el asesino, y logra escapar mientras yo permanezco aquí sentado, me veré sin duda en dificultades graves.
–Esté usted tranquilo. No intentará escapar.
–¿Cómo lo sabe usted?
–La huida sería la confesión de su delito.
–Vayamos, pues, a detenerlo.
–Lo espero aquí de un momento a otro.
–¿Y por qué razón ha de venir?
–Porque yo le he escrito y se lo he pedido.
–¡Eso no hay quien lo crea, míster Holmes! ¿Cómo se le va a ocurrir venir porque usted se lo pide? ¿No hará más bien esa petición suya que se despierten sus sospechas y que se dé a la fuga?
–Crea que me he dado maña para redactar la carta –contestó Sherlock Holmes–. La verdad, o yo estoy muy equivocado, o aquí llega ese caballero por la avenida de coches.
Por el camino que conducía a la puerta avanzaba un hombre alto, hermoso, moreno, luciendo un traje de franela gris, con sombrero Panamá, barba negra dura, nariz voluminosa, agresiva, aguileña y haciendo filigranas con un bastón al mismo tiempo que caminaba. Parecía pavonearse como si aquel lugar le perteneciese; y luego oímos el campanillazo de llamada, fuerte y firme.
–Creo, caballeros –dijo con tranquilidad Holmes–, que lo mejor que podemos hacer es situarnos detrás de la puerta. Con un individuo como éste, lo mejor es tomar toda clase de precauciones. Inspector, necesitará usted las esposas. Déjeme llevar a mí la conversación.
Esperamos en silencio durante un minuto, uno de esos minutos que ya nunca se olvidan. Se abrió luego la puerta y entró nuestro hombre. Le bastó a Holmes un segundo para aplicarle a la cabeza la boca de una pistola, y al inspector Martin para esposarlo. Con tal rapidez y destreza se llevó a efecto todo, que aquel hombre se encontró impotente antes que se diese cuenta de que lo acometían. Sus ojos negros llameantes se clavaron sucesivamente en nosotros, y de pronto estalló en una risa amarga.
–Bien, señores; por esta vez me madrugaron. Parece que he dado en algo duro. Pero si vine aquí fue en respuesta a una carta de mistress Hilton Cubitt. No vengan diciéndome que ella está complicada en esto. No me vengan con que ella les ayudó a que me tendiesen una trampa.
–Mistress Hilton Cubitt resultó gravemente herida y se encuentra a las puertas de la muerte.
Aquel hombre lanzó un alarido de dolor que resonó por toda la casa, y exclamó con fiereza:
–¡Usted delira! Fue él quien resultó herido y no ella. ¿Quién habría sido capaz de lastimar a la pequeña Elsie? Yo he podido amenazarla (que Dios me lo perdone), pero habría sido incapaz de tocar uno solo de los cabellos de su linda cabecita. Retire lo que ha dicho..., ¡usted! Dígame que no está herida.
–Fue hallada junto al cadáver de su esposo, gravemente herida.
Se le escapó un profundo gemido, se dejó caer en un sofá y hundió la cabeza entre sus manos esposadas. Permaneció sin hablar por espacio de cinco minutos, al cabo de los cuales volvió a levantar la cabeza, y se expresó con la fría compostura de la desesperación, diciendo:
–Señores, no tengo por qué ocultarles nada. Si disparé contra ese hombre, también él me largó un balazo, y eso no constituye asesinato. Pero si ustedes me suponen capaz de herir a esa mujer, entonces ni me conocen a mí ni la conocen a ella. Les aseguro que no ha habido en este mundo un hombre que amase a una mujer hasta el punto que yo la he amado a ella. Tenía derechos adquiridos sobre ella, porque se comprometió hace varios años a casarse conmigo. ¿Quién era este inglés para interponerse entre nosotros? Les aseguro que yo tenía derechos anteriores sobre ella, y que sólo reclamaba lo mío.
–Ella huyó para escapar a la influencia de usted cuando descubrió la clase de hombre que era –le dijo severamente Holmes–. Huyó de Norteamérica para librarse de usted y contrajo matrimonio con un honrado caballero en Inglaterra. Usted descubrió su pista, la persiguió y le hizo insoportable la vida para inducirla a abandonar al marido que ella amaba y respetaba y para que huyese con usted, a quien temía y odiaba. Y no ha parado usted hasta matar a un hombre generoso y arrastrar a su esposa al suicidio. Eso es todo lo que usted tiene que anotarse en este asunto, míster Abe Slaney, y de lo que tendrá que responder ante la justicia.
–Si Elsie muere, nada me importa lo que pueda ocurrirme –dijo el norteamericano.
Abrió una de sus manos y contempló un papel escrito que conservaba estrujado dentro de la palma de la misma, exclamando luego con un brillo de recelo en la mirada:
–Oiga, señor: me parece que lo que usted se propone es asustarme. Si esa mujer se halla tan malherida como usted dice, ¿quién fue el que escribió esta carta?
Y tiró el papel encima de la mesa.
–La escribí yo, para obligarle a venir aquí.
–¿Que la escribió usted? Mire, fuera del Bloque, no hay nadie que conozca el secreto de los bailarines. ¿Cómo pudo escribirla usted?
–Lo que un hombre inventa, otro puede ponerlo en claro –contestó Holmes–. Viene ya para acá un coche que ha de conducirlo a Norwich, Slaney. Pero mientras tanto, dispone usted de tiempo para reparar, aunque sólo sea en una pequeña parte, el daño que ha causado. ¿Se da usted cuenta de que mistress Hilton Cubitt se hallaba bajo la grave sospecha de que había asesinado a su esposo, y que sólo la casualidad de hallarme yo aquí, y los datos que yo poseía, la han librado de semejante acusación? Lo menos que usted puede hacer por ella es aclarar ante todo el mundo que esa mujer no es en modo alguno, ni directa, ni indirectamente, responsable de su trágico final.
–¡Qué más quiero yo! –contestó el norteamericano–. Me está pareciendo que la mejor defensa que puedo presentar es declarar la verdad absoluta y desnuda.
–Mi obligación es advertirle que lo que diga podrá emplearse contra usted –exclamó el inspector, con el magnífico sentimiento del juego limpio que caracteriza al procedimiento criminal inglés.
Slaney se encogió de hombros.
–Correré ese riesgo –contestó–. En primer lugar, señores, quiero que ustedes sepan que conozco a esa mujer desde que era una niña. Éramos siete los que formábamos la cuadrilla del Bloque, y nuestro jefe era el padre de Elsie. ¡Hombre inteligente, el viejo Patrick! Él fue quien inventó esa escritura, que quienes no poseían la clave tenían que tomar por una fantasía de niño. Pues bien: Elsie fue puesta al corriente de algunos de nuestros manejos; pero le faltó voluntad para seguir adelante en el negocio, y como tenía algún dinerillo que había ganado honradamente, nos dio esquinazo y se largó a Londres. Estaba comprometida y creo que se habría casado conmigo, si yo me hubiese dedicado a otra profesión; pero no estaba dispuesta a pasar por nada torcido. Hasta después de su boda con este inglés no conseguí descubrir su paradero. Le escribí, y no obtuve contestación. Vine a Inglaterra y, en vista de que las cartas no servían de nada, escribí mis mensajes en lugares donde ella podía leerlos. Llevo ya aquí un mes. Me hospedé en esa granja Tenía la habitación en la planta baja y podía entrar y salir todas las noches sin que nadie se enterase. Procuré por todos los medios amables convencer a Elsie de que se fugase conmigo. Yo sabía que ella leía mis mensajes, porque en una ocasión escribió la respuesta debajo de uno de ellos. Entonces me dejé llevar de mi genio y empecé a amenazarla. Ella me envió una carta, suplicándome que me alejase, porque cualquier escándalo que se formase en torno al nombre de su esposo, le destrozaría a ella el corazón. Me decía que cuando su esposo estuviese dormido, a las tres de la madrugada, bajaría y me hablaría por la ventana, a condición de que me marchase después y la dejase en paz. Bajó y trajo dinero, con el propósito de sobornarme. Aquello me puso fuera de mí, la agarré del brazo y quise sacarla por la ventana. En ese instante acudió corriendo el marido, empuñando un revólver. Elsie se había caído al suelo, y nos encontramos frente a frente él y yo, que también me había caído hacia atrás. Le apunté con mi revólver para asustarlo y que me dejase huir. Hizo fuego y no me dio. Yo disparé casi al mismo tiempo, y él cayó redondo. Me alejé, cortando por el jardín, y oí cerrarse la ventana. Esta es la pura verdad, señores, hasta la última palabra, y nada más supe del asunto hasta que llegó el mozo ese a caballo y me entregó la carta que me hizo venir hasta aquí como un idiota, a entregarme en las manos de ustedes.
Mientras el norteamericano hablaba, se había detenido delante de la casa un coche, en cuyo interior venían dos policías uniformados. El inspector Martin se puso en pie y toco en el hombro a su preso, diciéndole:
–Es hora ya de que nos marchemos.
–¿Y no podría verla antes a ella?
–No, porque sigue sin sentido. Míster Sherlock Holmes, mi único deseo es que, si alguna vez llego a intervenir en un caso importante, tenga yo la buena suerte de que usted se encuentre a mi lado.
De pie junto a la ventana, Holmes y yo vimos alejarse el coche. Al darme yo media vuelta me fijé en la bola de papel que el preso había tirado encima de la mesa. Era la carta que le había servido a Holmes de reclamo.
–Veamos, Watson, si es usted capaz de leerla –me dijo, sonriente.
No contenía ni una sola palabra, fuera de la siguiente línea de bailarines:

–Si usted echa mano del código que antes les he explicado –me dijo Holmes–, verá que no quiere decir sino esto: Ven aquí inmediatamente. Comprendí que aquel hombre no podía negarse, puesto que imaginaba que procedía de Elsie. De modo, pues, mi querido Watson, que hemos acabado por aplicar a una obra buena esos bailarines que en tantas otras ocasiones han servido para el mal. Creo asimismo que he cumplido mi promesa de proporcionarle material fuera de lo corriente para su cuaderno de notas. Nuestro tren pasa a las tres y cuarenta, y creo que deberíamos estar de vuelta en Baker Street para la hora de cenar.
El norteamericano, Abe Slaney, fue condenado a la pena de muerte en el transcurso de la sesión judicial de invierno, en Norwich; pero se conmutó esa pena por la de trabajos forzados a perpetuidad, teniendo en cuenta ciertas atenuantes, y el hecho demostrado de que había sido Hilton Cubitt el primero en disparar su arma.
Por lo que hace a mistress Hilton Cubitt, sólo puedo decir que tengo oído que sanó del todo, que no ha vuelto a casarse y que vive consagrada al cuidado de los pobres y a la administración de la finca de su esposo.

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