No creo que ninguna de mis aventuras con míster Sherlock Holmes haya tenido un comienzo tan brusco y tan dramático como ésta que yo asocio con los tres gabletes o tejadillos triangulares. Llevaba yo varios días sin ver a Holmes e ignoraba por qué nuevo rumbo se encaminaban ahora sus actividades. Pero aquella mañana estaba de un humor parlanchín. Apenas me había instalado en el sillón, bajo y muy usado, a un lado de la chimenea, y mientras él se encogía con la pipa en la boca, en el sillón de enfrente, llegó nuestro visitante. Si hubiese dicho que había llegado un toro furioso, habría dado una impresión más clara de lo que ocurrió.
La puerta se abrió de par en par, y se abalanzó dentro de la habitación un negro corpulento. Habría resultado un tipo cómico de no haberlo sido aterrador; porque vestía un traje chillón a cuadros grises, y llevaba una corbata flotante color salmón. Proyectaba su ancha cara y su nariz achatada hacia delante, y sus ojos tristones, que mostraban un rescoldo de malicia, nos miraban tan pronto al uno como al otro.
–¿Quién de ustedes es míster Holmes? –preguntó en su característico chapurreado de negro.
Holmes alzó su pipa con una lánguida sonrisa.
–¿De modo que es usted? –dijo nuestro visitante, contorneando con andares desagradables y furtivos la esquina de la mesa–. Oiga, míster Holmes, no meta usted cuchara en plano ajeno. Deje que cada cual se las componga en sus asuntos. ¿Me ha comprendido, míster Holmes?
–Siga usted hablando –le contestó Holmes–. Da gusto oírle.
–Da gusto oírme, ¿verdad que sí? –gruñó aquel bárbaro–. No le dará tanto si me obliga a tentarle la cara. A más de uno de su clase se la tengo arreglada antes de ahora, y no estaban muy bonitos cuando acabé de liquidar cuentas con ellos. ¡Fíjese en esto, míster Holmes!
Movió con un vaivén, debajo mismo de la nariz de mi amigo, un puño descomunal y lleno de protuberancias nudosas. Holmes lo examinó con expresión del más vivo interés, y le pregunto:
–¿Nació con el puño así? ¿O es cosa que se desarrolla gradualmente?
Fue debido quizá a la frialdad de hielo de mi amigo, o se debió acaso al ligero ruido metálico del hurgón, al echarle yo mano; el hecho es que los ímpetus de nuestro visitante se apagaron un poco, y dijo:
–Bueno, ya queda usted debidamente advertido. Tengo un amigo que tiene intereses en el camino de Harrow, ya sabe lo que quiero decir, y no está dispuesto a que nadie se entremeta en sus asuntos. ¿Se ha fijado en lo que le digo? Usted no es la ley, y yo tampoco lo soy, y si usted va por allí, nos veremos las caras. No se olvide un momento de lo que le digo.
–Hace ya algún tiempo que deseaba conocerle a usted –dijo Holmes–. No le invito a que se siente porque no me agrada su olor; pero ¿no es usted Steve Dixie, el machacador?
–Así me llamo, míster Holmes, y lo probaré en usted si me hincha los labios.
–Los tiene ya bastante –le contestó Holmes, con la vista fija en la repugnante boca de nuestro visitante– Pero fue la muerte del joven Perkins, delante del bar Holborn. ¡Cómo! ¿Se marcha usted?
El negro había retrocedido unos pasos, y su cara se había puesto lívida.
–No quiero oír hablar de semejante cosa –dijo–. ¿Qué tengo yo que ver con ese Perkins, míster Holmes? Yo estaba entrenándome en el Bull Ring, de Birmingham, cuando ese mozo se metió en jaleos.
–Bueno, Steve, eso ya se lo contará al juez –le dijo Holmes–. Los he venido vigilando a usted y a Stockdale.
–¡Que el Señor me tenga en su mano! Míster Holmes...
–¡Basta! Largo de aquí. Ya sabré echarle mano cuando me haga falta.
–Buenos días, míster Holmes. Espero que no me guardará rencor por esta visita.
–Se lo guardaré si no me dice quién le mandó venir.
–Bueno, señor, eso no es ningún secreto. Fue ese mismo caballero que acaba usted de nombrar.
–Y a él, ¿quién le metió en danza?
–Eso si que no lo sé, míster Holmes. Él se limitó a decirme: «Steve, vete a ver a míster Holmes, y dile que su vida corre peligro como venga por Harrow.». Ésa es la pura verdad.
Sin esperar a que se hiciesen nuevas preguntas, nuestro visitante se ausentó de la habitación casi tan precipitadamente como había entrado. Holmes sacudió las cenizas de su pipa, gorgoriteando de risa por lo bajo.
–Me alegro, Watson, de que no se haya visto obligado a romperle su lanuda cabeza con el hurgón. La verdad es que se trata de un individuo bastante inofensivo, de un bebé grande, musculoso, estúpido y fanfarrón, al que es fácil acobardar, como ya lo ha visto. Es uno de los miembros de la cuadrilla de Spencer John y ha participado en algunos asuntos sucios recientes, y que quizás aclare yo cuando disponga de tiempo. Su jefe inmediato, Barney, es un individuo más astuto. Se especializan en agresiones, intimidación otros delitos por el estilo. Lo que me interesa saber es quién se esconde tras ellos en este caso de ahora.
–¿Y por qué razón pretenden intimidarle?
–Por lo del caso de Harrow Weald. Y esto de ahora me decide a examinar ese asunto, porque algo feo se oculta ahí, cuando se toman todo este trabajo.
–¿Y de qué se trata?
–Se lo iba a explicar antes que tuviésemos este interludio cómico. He aquí la carta de mistress Maberley. Si a usted le agrada, le enviaremos en seguida un telegrama y nos pondremos inmediatamente en camino.
Yo leí lo que sigue:
Querido señor Holmes: Me están ocurriendo los más extraños incidentes en relación con esta casa, y agradecería mucho su consejo. Me encontrará usted en casa a cualquier hora del día de mañana. La casa se encuentra a un corto paseo de la estación de Weald. Tengo entendido que mi difunto esposo, Mortimer Maberley, fue uno de los primeros clientes que usted tuvo.
Suya muy atentamente,
La dirección era: «Los Tres Gabletes, Harrow Weald.»
–Ahí tiene lo que hay, Watson –me dijo Holmes–. Pues bien: si dispone de tiempo, nos pondremos en seguida en camino.
Un viaje corto en ferrocarril, y un viaje todavía más corto en coche, nos condujeron hasta la casa, que era un chalet de ladrillo y madera que se alzaba dentro de su propio terreno de un acre de tierra de pastos sin cultivar. Tres pequeñas proyecciones encima de las ventanas superiores constituían como un débil intento de justificar el nombre. Detrás de la casa había un bosquecillo de pinos melancólicos y a medio desarrollar, y todo el aspecto de la casa era pobre y deprimente. Sin embargo, nos encontramos con un interior bien amueblado, y nos recibió una señora muy simpática, entrada ya en años, con todas las muestras de culta y refinada.
–Recuerdo a su esposo, señora –dijo Holmes–, aunque han transcurrido va bastantes años desde que recurrió a mis servicios para yo no sé qué asunto de roca monta.
–Quizá le suene más el nombre de mi hijo Douglas.
Holmes miró a la señora con interés.
–¡Válgame Dios! ¿Es usted la madre de Douglas Maberley? Yo le trataba, aunque superficialmente. Pero todo Londres le conocía. ¡Qué magnífica persona! ¿Dónde se encuentra en la actualidad?
–¡Murió, míster Holmes, murió! Era agregado de embajada en Roma, y murió el pasado mes a consecuencia de una pulmonía.
–Sí que lo lamento. Parecía imposible ligar la idea de la muerte con un hombre como él. Jamás conocí a nadie que tuviera una vitalidad tan despierta. Vivía intensamente, hasta con su última fibra.
–Demasiado intensamente, míster Holmes. De ahí le vino su ruina. Usted lo recuerda tal cual era: divertido y espléndido. No tuvo oportunidad de contemplar su transformación en un ser tristón, huraño y ensimismado. Le habían destrozado el corazón. Y yo pude ver cómo mi gallardo muchacho se transformaba en un hombre hastiado y cínico, en el espacio de un mes.
–¿Cuestión de amores? ¿Quizás una mujer?
–O un demonio. Pero, míster Holmes, no le pedí que viniese para hablar de mi pobre muchacho.
–El doctor Watson y yo estamos a sus órdenes.
–Han ocurrido cosas muy raras. Llevo ya en esta casa más de un año, y he visitado poco a la gente de estos alrededores, porque deseaba llevar una vida retirada. Hace tres días se me presentó un individuo que dijo ser agente de alquileres. Me aseguró que esta casa llenaría perfectamente los deseos de un cliente suyo que si yo estaba dispuesta a dejarla, no habría dificultad por cuestiones de dinero. Esto me pareció muy extraño, porque son varias las casas que hay por aquí en condiciones de ser alquiladas y todas ellas son más o menos igualmente apetecibles; pero, como es natural, esa proposición me interesó. Señalé la cantidad de quinientas libras más de lo que yo había pagado. Aceptó en el acto mi ofrecimiento, pero agregó que su cliente deseaba comprar también los muebles y que yo les pusiese precio. Una parte de este mobiliario procede de mi casa antigua y es, como puede usted ver, muy bueno, de manera que señalé una buena cantidad por todo. También lo aceptó en el acto. He tenido siempre deseos de viajar, y la operación resultó tan magnífica que creí en verdad que podría ser ya independiente para el resto de mi vida. El agente llegó ayer con el contrato ya preparado para la firma. Por suerte, yo se lo enseñé a míster Sutro, abogado mío, que vive en Harrow. Este me contestó: «Es un documento muy raro. ¿Se ha fijado usted en que una vez que lo haya firmado, no podría usted sacar legalmente nada de la casa, ni aun siquiera sus prendas personales?» Cuando vino por la tarde aquel hombre le ice esa observación, diciéndole que yo sólo vendía el mobiliario. «No, no; todo lo que hay en la casa», me contestó. «¿Incluso mis ropas? ¿Incluso mis joyas?» «Bueno, bueno, podría hacerse alguna concesión en lo referente a sus artículos de uso personal. Pero nada saldrá de la casa sin que sea controlado. Mi cliente es persona muy liberal, pero tiene sus manías y su manera propia de hacer las cosas. O todo o nada, es su divisa «Pues entonces va a ser nada», le contesté. Y ahí quedaron las cosas; pero aquel asunto me pareció tan fuera de lo corriente, que pensé...
Al llegar a este punto tuvimos una interrupción muy extraordinaria.
Holmes alzó la mano pidiendo silencio. Acto continuo cruzó la habitación, abrió de pronto la puerta y arrastró al interior a una mujer alta y enjuta a la que había agarrado por el hombro. Ésta entró forcejeando desmañadamente, igual que una enorme y torpona ave de corral a la que se saca de su nido cacareando.
–¡Déjeme en paz! ¿Qué está usted haciendo conmigo? –chilló.
–¿Cómo es eso, Susan?
–Señora, yo quería preguntarle si los señores que habían venido de visita almorzarían aquí y en ese instante, sin mediar palabra, este señor se abalanzó sobre mí.
–Venía escuchándola desde hace cinco minutos, pero no quise interrumpir su interesantísimo relato. ¿No está usted algo asmática, Susan? Su respiración es demasiado fatigosa para esta clase de trabajo.
Susan se volvió hacia su cautivador con expresión huraña, pero asombrada:
–¿Y quién es usted, en todo caso, y qué derecho tiene para arrastrarme de este modo?
–Lo hice simplemente porque deseo hacer una pregunta en presencia suya. ¿Habló usted con alguien, mistress Maberley, sé que me iba a escribir para consultarme?
–No, míster Holmes; a nadie le hablé.
–¿Quién echó su carta al correo?
–Susan la echó.
–Precisamente. Y ahora, Susan: ¿a quién escribió usted o a quién envió un mensaje advirtiéndole que su señora iba a consultar conmigo?
–Eso es una gran mentira. No envié ningún mensaje.
–Vea, Susan, que los que padecen de asma no viven mucho tiempo. Ya lo sabe usted. El decir mentiras es un pecado. ¿A quién avisó usted?
–¡Susan, creo que es usted una mujer mala y traicionera! –exclamó la señora–. Ahora recuerdo haberla visto hablando con alguien encima del seto.
–Eran asuntos míos –dijo la mujer con expresión arisca.
–¿Qué me contestaría si yo le dijese que con quien hablaba era con Barney Stockdale? –dijo Holmes.
–Pues, si usted lo sabe, ¿qué necesidad tiene de preguntarlo?
–No estaba seguro, pero ahora sí que lo estoy. Pues bien, Susan: si quiere ganarse diez libras esterlinas, no tiene sino decirme quién es la persona que está detrás de Barney.
–Alguien que podría darme un millar de libras por cada diez de las que usted posee en el mundo.
–¿Tan rico es? No; usted se ha sonreído..., se trata de una mujer rica. Y puesto que ha ido usted tan lejos, lo mismo le da decirme su nombre y ganarse el billete de diez libras.
–Preferiría verlo a usted en el infierno antes de hacer eso.
–¡Qué lenguaje, Susan!
–Me largo de aquí. Estoy harta de todos ustedes. Enviaré mañana a buscar mi baúl.
Y dicho esto, corrió hacia la puerta.
–Adiós, Susan. Tómese un calmante. Y ahora –prosiguió Holmes, dejando súbitamente su expresión divertida para adoptar una expresión severa en cuanto se cerró la puerta detrás de aquella mujer, acalorada e irritada–. Esta cuadrilla va en serio a su negocio. Fíjense en el afán con que lleva su juego. La carta que usted me envió fue estampillada en el correo a las diez de la noche. A pesar de lo cual, Susan envía el aviso a Barney, Barney encuentra tiempo para ir a ver a su patrono, para que éste le dé soluciones; el patrono o la patrona. Me inclino a creer esto último por la sonrisa de Susan cuando creyó que yo había dado un resbalón. Se traza un plan. Llaman al negro Steve, y antes de las once de la mañana siguiente recibo la advertencia de que me mantenga apartado del asunto. Como ven ustedes, es un trabajo rápido.
–Pero ¿qué es lo que ellos andan buscando?
–Sí, ésa es la cuestión. ¿Quién habitó esta casa antes que usted?
–Un capitán de la marina, retirado, de apellido Ferguson.
–¿Había algo de extraordinario en este hombre?
–Nada, que yo sepa.
–Estoy preguntándome si no habrá podido ese hombre enterrar algo. Desde luego, cuando la gente desea hoy en día enterrar un tesoro, lo coloca en el Banco Postal. Pero existe siempre algún lunático por el mundo. Éste sería aburridísimo si no hubiese lunáticos. El primer pensamiento que se me ha ocurrido es el de que exista en esta casa algún tesoro enterrado. Pero en ese caso ¿por qué razón quieren comprar sus muebles? ¿No tendrá usted acaso, sin saberlo, alguna obra de Rafael o algún primer infolio de Shakespeare?
–No, y me parece que la cosa más rara que poseo es un juego de té Crown Derby.
–Eso no justificaría todo este misterio. Además, ¿por qué no dicen de una manera concreta lo que quieren? Si andan detrás del juego de té, podrían ofrecer, sin duda alguna, un precio determinado por él, sin comprar todo cuanto hay en la casa. No, tal como yo lo veo, existe algo que usted no sabe que lo tiene, y que no lo entregaría si lo supiese.
–También yo lo veo de ese modo –dije.
–El doctor Watson se muestra conforme, de manera que no hay más que hablar.
–¿Y qué puede ser, míster Holmes?
–Veamos si, valiéndonos del análisis puramente mental, afinamos aún más. Usted lleva en esta casi un año.
–Casi dos.
–Tanto mejor. Durante todo este largo período de tiempo, nadie le pide nada. Y ahora, súbitamente, en tres o cuatro días, recibe usted unas demandas tan apremiantes. ¿Qué deduce usted de eso?
–Sólo puede significar que el objeto que buscan, sea el que fuere, no ha entrado en esta casa hasta ahora.
–Definitivamente resuelto también –dijo Holmes–. Veamos, mistress Maberley: ¿ha entrado en esta casa en estos días algún objeto?
–No; precisamente no he comprado nada nuevo este año.
–¿De verdad? Es por demás extraordinario. Bien; yo creo quesería preferible que dejásemos que las cosas siguiesen un poco mas su curso, hasta que tengamos datos más claros. ¿Es hombre preparado ese abogado suyo?
–Míster Sutro es hombre de gran capacidad.
–¿Tiene usted alguna otra doncella, o la linda Susan, que en este momento ha cerrado con un portazo la puerta delantera es la única?
–Tengo una muchacha joven.
–Pues procure conseguir que Sutro duerma en la casa un par de noches, porque quizá necesite usted protección.
–¿Contra quién?
–¡Vaya usted a saber! El asunto es, desde luego, oscuro. Si yo no logro descubrir qué es lo que ellos andan buscando, tendré que abordar por el otro extremo, procurando acercarme al director de todo esto. ¿Le dejó el agente de alquileres alguna dirección?
–Nada más que su tarjeta, en la que consta su profesión: Haines-Johnson, subastador y tasador.
–No creo que le encontremos en la guía de profesiones. Los hombres que se dedican a negocios honrados no ocultan la dirección de su lugar de trabajo. Bien, usted me comunicará cualquier novedad que ocurra. Me he hecho cargo de su caso, y puede confiar en que lo seguiré hasta el final.
Cuando cruzábamos por el vestíbulo, los ojos de Holmes, a los que nada escapaba, se fijaron en varias maletas y cajones que estaban apilados en un rincón en los que destacan las etiquetas.
–«Milán.» «Lucerna.» Este equipaje procede de Italia.
–Son las cosas del pobre Douglas.
–¿Todavía no las ha desempaquetado? ¿Desde cuándo las tiene en casa?
–Llegaron la semana pasada.
–Pero usted nos dijo... ¡Vaya, aquí tenemos el eslabón que nos faltaba! ¿Cómo sabe usted que no hay ahí dentro nada de valor?
–Porque no puede haberlo, míster Holmes. El pobre Douglas sólo contaba con su paga y una pequeña renta anual. ¿Qué es lo que él podría poseer de valor?
Holmes permaneció un rato absorto en sus meditaciones. Por último dijo:
–Mistress Maberley, ordene que sin perder momento suban todas estas cosas al dormitorio de usted. Examínelas lo antes posible, y vea qué es lo que contienen. Vendré mañana para conocer su informe.
Era evidente que Los Tres Gabletes se hallaban sometidos a estrecha vigilancia, porque cuando contorneamos el alto seto, al final del camino, vimos que el boxeador negro estaba allí, a la sombra. Tropezamos con él de improviso, y su figura resultaba en aquel lugar solitario sombría y amenazadora. Holmes se echó la mano al bolsillo.
–Buscando el revólver, ¿verdad, míster Holmes?
–No, Steve; buscando mi frasco de perfumes.
–Es usted hombre de buen humor, míster Holmes, ¿verdad?
–No le divertirá mucho, Steve, si yo me pongo a perseguirle. Se lo advertí esta mañana.
–Bien, míster Holmes, he pensado en todo lo que usted me dijo, y no quiero que se hable más del asunto de míster Perkins. Mire, míster Holmes, si yo puedo ayudarle en algo, cuente conmigo.
–Pues entonces dígame quién está en el fondo de todo este asunto.
–¡Que Dios me valga, míster Holmes, como que le dije a usted la pura verdad! Lo ignoro. Mi mandamás, Barney, me da diversas órdenes, y yo no sé nada más.
–Pues bien, Steve: no olvide que la señora que vive en esa casa todo cuanto hay debajo de este techo están bajo mi protección. Ténganlo presente.
–Perfectamente, míster Holmes. Me acordaré de ello.
–La verdad es, Watson, que he logrado asustarle y hacerle temer por su propio pellejo –contestó Holmes, mientras caminábamos–. Creo que sería capaz de traicionar a su patrono si supiese quién es. Fue una suerte que yo estuviese algo enterado de las actuaciones de la cuadrilla de Spencer John, y que Steve sea un miembro de la misma. Y ahora, Watson, éste es un caso como para consultarlo con Langdale Pike, y ahora mismo voy en busca suya. Quizá cuando regrese consiga ver más claro en el asunto.
No volví a ver a Holmes en el transcurso del día, pero puedo suponer perfectamente de qué manera lo pasó, porque Langdale Pike era su libro viviente de consulta en todo cuanto se relacionaba con los escándalos de sociedad. Este personaje extraordinario y lánguido se pasaba las horas en que no dormía, sentado en el balcón de un club de la calle Saint James, y era la estación receptora y retransmisora de todas las hablillas de la metrópoli. Decíase que lograba reunir unos ingresos que ascendían a cuatro cifras mediante los artículos que enviaba todas las semanas a los periódicos que recogían toda clase de inmundicias para un público de lectores curiosos. Si, allá en las turbias profundidades de la vida londinense, se producía cualquier extraño remolino o marea, los registraba con automática exactitud aquel contador humano que actuaba en la superficie. Holmes le proporcionaba discretamente a Langdale algunos datos, y era a su vez ayudado por él.
Cuando a primera hora de la mañana siguiente fui a visitar a mi amigo en sus habitaciones, me di cuenta por su aspecto de que todo marchaba bien; sin embargo, nos esperaba una sorpresa desagradable, que tomó la forma del siguiente telegrama:
Sírvase venir en seguida. La casa de la clienta, asaltada durante la noche. La policía se halla en posesión de la misma.
Holmes dejó escapar un silbido.
–El drama ha hecho crisis, y mucho más de prisa de lo que yo esperaba. En el fondo de todo este asunto hay una potencia impetuosa, Watson. Lo que no me sorprende después de lo que he sabido. Este Sutro es, desde luego, su abogado. Pero me temo que cometí una equivocación al no pedirla usted que se quedase allí de noche montando la guardia. Este individuo ha demostrado ser una caña rota. Bien, nonos queda otro remedio sino hacer un nuevo viaje a Harrow Weald.
Cuando llegamos, Los Tres Gabletes era una casa muy distinta del ordenado hogar del día anterior. Un grupo pequeño de curiosos se había reunido junto a la puerta del jardín mientras una pareja de guardias revisaba las ventanas y los macizos de geranios. Nos encontramos dentro de la casa con un anciano de cabellos blancos, que se nos presentó como abogado, y, en su compañía, a un inspector de policía activo y rubicundo, que acogió a Holmes como a un viejo amigo.
–Míster Holmes, me temo que en esta ocasión no tenga usted nada que hacer. Se trata de un escalo corriente y moliente, muy dentro de la capacidad de la pobre policía rutinaria. No se necesitan especialistas.
–Desde luego, que el caso está en muy buenas manos –le contestó Holmes–. ¿De modo que se trata de un simple escalo?
–Así es. Sabemos perfectamente quiénes son los asaltantes y dónde hemos de dar con ellos. Se trata de la cuadrilla de Barney Stockdale, de la que forma parte el negro corpulento. Se les ha visto por estos alrededores.
–¡Magnífico! ¿Qué se levaron?
–Pues verá, por lo visto muy poca cosa. Dieron cloroformo a mistress Maberley y la casa fue... ¡Pero aquí tenemos frente a nosotros a la misma señora en persona!
Nuestra amiga del día anterior había entrado en la habitación, apoyándose en una doncellita joven. Parecía pálida y enferma.
–Míster Holmes, usted me dio un buen consejo –dijo, sonriendo tristemente–. ¡Pero, ay, que no lo seguí! No quise molestar a míster Sutro, y me quedé sin protección alguna.
–Yo no me he enterado hasta esta mañana –explicó el abogado.
–Míster Holmes me aconsejo que hiciese pernoctar en la casa a un amigo. Desatendí su consejo y lo pague.
–Parece que se encuentra usted muy mal –dijo Holmes–. Quizá no esté como para contarme lo que le ocurrió.
–Está todo aquí dentro –dijo el inspector, dando golpecitos a un voluminoso libro de notas.
–Sin embargo, si la señora no se siente demasiado agotada...
–La verdad es que queda muy poco por contar. No me cabe duda de que esa malvada Susan lo había preparado todo para que entrasen en la casa. Seguramente que la conocían centímetro a centímetro. Tuve durante un instante la sensación del paño impregnado de cloroformo que me colocaron encima de la boca, pero no puedo hacerme una idea del tiempo que permanecí sin conocimiento. Cuando me desperté, había un hombre junto a la cama y otro se incorporaba de entre el equipaje de mi hijo con un legajo de papeles en la mano. El equipaje esta abierto en parte y el contenido desparramado por el suelo. Antes que aquel hombre pudiera huir, yo me abalancé y me aferré a él.
–Corrió usted un peligro muy grande –dijo el inspector.
–Me aferré a él, pero me arrojó de sí de una sacudida, y el otro debió de golpearme, porque ya no recuerdo nada más. La doncella, Mary, se despertó al ruido y pidió socorro a gritos por la ventana. Eso hizo que acudiese a policía, pero aquellos bandidos habían huido.
–¿Qué es lo que se llevaron?
–Yo no creo que falte nada de valor. Estoy segura que no había nada de valor en las maletas de mi hijo.
–¿No dejó aquel hombre algo que pueda servir de clave?
–Quedó una hoja de papel que es muy posible que yo le arrancase cuando me aferré a él. Esta a en el suelo toda arrugada. Es de letra de mi hijo.
–Lo que quiere decir que nos servirá de muy poca cosa –dijo el inspector–. Si, en cambio, hubiese sido la letra del ladrón.
–Exactamente –dijo Holmes–. ¡Qué sentido común más tosco! En todo caso, me gustaría examinar ese papel.
El inspector sacó de su cartera una hoja de papel, doblada, tamaño folio, y dijo con solemnidad:
–Yo no dejo que se me escape nada, por insignificante que parezca. Es un consejo que le doy a usted, míster Holmes. Veinticinco años de experiencia me han hecho aprender la lección. Siempre existe alguna posibilidad de que se encuentren huellas dactilares, o alguna otra cosa.
Holmes examinó la hoja de papel.
–¿Qué saca usted de esto, inspector?
–Da la impresión de que se trata de la última hoja de una novela rara, por lo que yo he podido ver.
–Sí, muy bien pudiera ser que con ella termine una curiosa historia –dijo Holmes–. Se habrá fijado usted en que lleva en lo alto la numeración de la página. Es la doscientas cuarenta y cinco. ¿Dónde están las doscientas cuarenta y cuatro que faltan?
–Creo que se las llevaron los ladrones. ¡Buen provecho les hagan!
–Resulta extraño que asalten una casa para robar unos papeles como esos. ¿No le sugiere nada ese hecho?
–Sí, señor; me hace pensar en que, con la precipitación del momento, se llevaron lo primero que tuvieron a mano. ¡Qué disfruten alegremente de su botín!
–¿Por qué razón tenían que revolver en el equipaje de mi hijo? –preguntó mistress Maberley.
–Verá usted, al no encontrar en la planta baja objetos de valor, subieron a probar fortuna en el piso alto. Así es como yo lo interpreto. ¿Qué le parece a usted, míster Holmes?
–Tengo que meditar en ello, inspector. Watson, venga hasta la ventana –una vez allí los dos, Holmes leyó el escrito hasta el final. Empezaba en la mitad de una frase y decía así:
...cara sangraba considerablemente de los cortes y de los golpes, pero aquello no era nada comparado con lo que sangró su corazón cuando vio el rostro encantador, aquel rostro por el que él había estado dispuesto a sacrificar su propia vida, contemplando sus angustias y su humillación. Ella se sonreía...; sí, vive Dios, se sonrió, como demonio sin corazón que era, cuando él alzó su vista para mirarla. En aquel instante el amor murió y nació el odio. Todo hombre debe vivir para algo. Si no he de vivir para abrazarte, señora mía, entonces tendré seguramente que vivir para destruirte y para mi completa venganza.
–¡Extraña redacción! –dijo Holmes sonriendo, al devolver el papel al inspector–. ¿Se fijó usted en que de pronto deja de hablar en tercera persona y escribe en primera? Entusiasmado con su relato, el autor del escrito se imaginó en el momento supremo que era él mismo el protagonista.
–Sí, me pareció una cosa muy deleznable –dijo el inspector, volviendo a colocar la hoja en su cartera– ¡Cómo! ¿Se marcha usted, míster Holmes?
–No creo que tenga nada que hacer aquí una vez que el asunto se halla en tan buenas manos. A propósito, mistress Maberley. Me dijo usted que deseaba viajar, ¿verdad?
–Viajar ha sido siempre mi mayor ilusión, míster Holmes.
–¿A dónde le agradaría ir: a El Cairo, Madeira, la Riviera...?
–¡Oh! Si yo tuviese dinero haría un viaje alrededor del mundo.
–Perfectamente. Alrededor del mundo. Bien, buenos días. Quizá le envíe unas líneas esta noche.
Cuando cruzábamos por delante de la ventana, tuve yo una visión rápida de la sonrisa del inspector y de su mover la cabeza con expresión compasiva. «Estos individuos sabios tienen siempre una locura.» Eso fue lo que lo leí en la sonrisa del inspector.
–Y ahora, Watson, estamos hablando la última curva de la pista –dijo Holmes cuando volvimos a encontrarnos nuevamente envueltos en el estrépito de la estación Central de Londres–. Creo que lo mejor que podemos hacer es dejar ya de una vez y definitivamente aclarado el asunto, y para eso convendría que me acompañase, porque siempre es más seguro que haya un testigo delante cuando se tiene que tratar con una dama como Isadora Klein.
Habíamos tomado un coche y marchábamos velozmente hacia determinada dirección en Grosvenor Square. Holmes se había embebecido en sus meditaciones, pero salió súbitamente de su ensimismamiento.
–Me imagino, Watson, que lo verá usted todo claro ahora.
–Pues no, yo no puedo decir eso. Lo único que saco en limpio es que vamos a visitar a la dama que está en la trastienda de todos estos actos delictivos.
–Exactamente. Pero ¿nada le recuerda el nombre de Isadora Klein? Se trata, como es natural, de la célebre belleza. No ha existido jamás mujer que pueda competir con ella. Es de pura sangre española. Del auténtico linaje de los dominantes conquistadores, y su familia ha venido siendo durante muchas generaciones la señora de Pernambuco. Contrajo matrimonio con el anciano rey del azúcar, el alemán Klein, y más tarde llegó a ser la viuda más rica y encantadora de la tierra. Vivió luego un período de aventuras, durante el cual no hizo otra cosa que vivir a su capricho. Tuvo varios amantes, siendo uno de ellos Douglas Maberley, que era uno de los hombres más notables de Londres. Lo cierto es que para él la cosa pasó de una simple aventura. No era uno de esos mariposeadores de la sociedad elegante, sino un hombre fuerte y orgulloso que lo dio y lo esperó todo. Pero ella es lo que en las novelas se llama la belle dame sans merci, es decir, la hermosa sin corazón. Una vez satisfecho su capricho, acaba allí el asunto, y si la otra parte no se resigna a aceptar su decisión, ella conoce la manera de llevarle al convencimiento.
–Entonces, era su propia historia lo que él...
–¡Vaya, veo que empieza usted a atar cabos! Me han informado de que esa mujer está a punto de contraer matrimonio con el joven duque de Lomond, que pudiera ser hijo suyo. A la mamá de su señoría quizá no le importase la cuestión de la edad, pero podría importarle el que se produjese un gran escándalo, y por esa razón se impone imperiosamente... Pero ¡hemos llegado ya!
Estábamos ante una de las casas, que hacía esquina, más elegantes del West End. Un lacayo que parecía una máquina se hizo cargo de nuestras tarjetas y volvió para decirnos que la señora no se encontraba en casa.
–Pues entonces esperaremos a que venga –contestó alegremente Holmes.
La máquina se desconcertó.
–El que no está en casa quiere decir que no lo está para ustedes –explicó el lacayo.
–Perfectamente –contestó Holmes–. Esto equivale a decir que no vamos a tener que esperar. Tenga la amabilidad de entregar esta carta a su señora.
Garrapateó algunas frases en una hoja arrancada de su libro de notas, la –dobló, y se la entregó al lacayo.
–¿Qué le dice usted, Holmes? –pregunté yo.
–Me limité a escribir: «¿Entonces, prefiere usted que venga la policía?» Creo que esto bastará para que nos reciba.
Nos recibió con asombrosa rapidez. Un minuto después nos encontrábamos dentro de una sala de las mil y una noches, inmensa y maravillosa; una sala a media luz, traspasada aquí allá por una bombilla eléctrica de color rosa. Tuve la sensación de que a dama en cuestión había llegado a la edad en que hasta las más orgullosas beldades se alegran de estar a media luz. Al entrar nosotros, ella se levantó de un sofá: era alta, majestuosa, una figura perfecta, un rostro encantador, sereno como una máscara, con dos asombrosos ojos españoles, que nos dirigieron a ambos sendas miradas asesinas.
–¿Qué significan este entremetimiento y este mensaje insultante? –preguntó, mostrando la hoja de papel.
–No necesito explicarlo, señora. Siento demasiado respeto por su inteligencia para hacer semejante cosa; aunque reconozco que en los últimos días esa inteligencia ha tenido deslices sorprendentes.
–¿Cómo así, señor?
–Suponiendo que sus bravucones a sueldo podían apartarme de mi tarea con amenazas. Ningún hombre se lanzaría a la profesión a que yo me dedico si no fuera porque el peligro le atrae. ¿De modo, pues, que fue usted la que me obligó a hacer indagaciones en el caso del joven Maberley?
–No tengo la menor idea de lo que está usted hablando. ¿Qué tengo yo que ver con esos bravucones a sueldo?
Holmes se dio media vuelta con expresión de desgana.
–En efecto, he menospreciado su inteligencia. ¡Buenas tardes!
–Espere. ¿A dónde va usted?
–A Scotland Yard.
Estábamos todavía a mitad de camino de la puerta, cuando ella nos alcanzó y agarró a Holmes por el brazo. Se había transformado instantáneamente de acero en terciopelo.
–Vengan, señores, y tomen asiento. Discutamos el asunto a fondo. Míster Holmes, tengo la sensación de que puedo hablar francamente con usted, porque posee los sentimientos de un caballero. ¡Qué rápidamente lo descubre el instinto de una mujer! Le trataré a usted como a un amigo.
–No puedo prometerle reciprocidad, madame. Yo no soy la ley, pero represento a la justicia hasta donde alcanzan mis pobres facultades. Estoy dispuesto a escuchar, y después le diré qué es lo que voy a hacer.
–Fue una estupidez mía, desde luego, amenazar a un hombre valeroso como usted.
–Lo verdaderamente estúpido, madame, es el que usted se haya entregado en manos de una cuadrilla de bergantes capaces de someterla a un chantaje o denunciarla.
–¡No, no! No soy tan bobalicona. Puesto que he prometido hablarle con franqueza, le diré que nadie, fuera de Barney Stockdale, y de Susan, su mujer, tiene la más remota idea de quién es la persona a la que obedecen. Por lo que a ellos respecta, le diré que no es la primera...
Se sonrió y asintió con un movimiento de cabeza, adoptando unos aires encantadores de mujer coqueta intimidada.
–Comprendo. Los ha puesto usted a prueba antes de ahora.
–Son unos buenos sabuesos que siguen la lista en silencio.
–Pero esa clase de sabuesos tienen la costumbre de morder más pronto o más tarde la mano que les da de comer. Serán encarcelados por ese escalo. La policía los busca ya.
–Cargarán con lo que les corresponda. Para eso se les paga. Mi nombre no se pronunciara para nada en este asunto.
–A menos que yo la haga figurar a usted dentro del mismo.
–No, no; usted no lo hará. Usted es un caballero, y se trata de un secreto de mujer.
–En primer lugar, tiene usted que devolver ese manuscrito.
Rompió a gorgoritear de risa, y cruzó la sala hasta la chimenea. Había en ella una masa calcinada que revolvió con el hurgón.
–¿Quiere usted que devuelta esto? –preguntó.
Tan canallescamente exquisita parecía, plantada delante de nosotros con una sonrisa desafiadora, que comprendí que entre los criminales de Holmes, era aquella mujer la única a la que a éste le resultaría más difícil hacer frente. Sin embargo, Holmes era inmune al sentimentalismo, y dijo fríamente:
–Esto decide la suerte de usted. Es usted muy rápida en actuar, madame, pero en esta ocasión se ha excedido.
Ella tiró al suelo el hurgón, que sonó con estrépito, y exclamó:
–¡Qué duro de corazón es usted! ¿Quiere que le cuente todo lo ocurrido?
–Creo que podría contárselo yo mismo a usted.
–Pero es preciso, míster Holmes, que mire la cuestión con mis propios ojos. Comprenda el punto de vista de una mujer que ve como se viene abajo en el último instante toda la ambición de su vida. ¿Puede censurársele el que se defienda?
–De usted fue el pecado primitivo.
–¡Sí, sí! Lo reconozco. Douglas era un muchacho encantador, pero la mala suerte quiso que no encajase dentro de mis proyectos. Él quería casarse..., casarse, míster Holmes; que me casase yo con un hombre corriente y sin blanca. No se conformo con menos que con eso. Después le puso terco. Creyó que porque yo había cedido tenía que seguir cediendo, y cediendo a él solo. Eso era intolerable, y tuve que acabar por hacérselo comprender.
–Y se lo hizo usted comprender alquilando a una cuadrilla de maleantes para que lo apaleasen debajo mismo de la ventana de usted.
–Por lo visto, usted lo sabe todo. Pues si, es cierto. Barney y sus hombres se lo llevaron en coche y lo trataron, lo reconozco, con algo de dureza. Pero ¿qué hizo él entonces? ¿Podía yo creer que un caballero cometiese acción semejante? Escribió un libro en el que relató su propia historia. Yo, como es natural, era el lobo; él, en cambio, era el cordero. En ese libro, aunque bajo nombres distintos, como es natural, se relataba todo; pero, aun los nombres fuesen distintos, ¿habría habido en todo Londres una sola persona que no cayese en la cuenta? ¿Qué me dice usted a eso, míster Holmes?
–Digo que estaba dentro de sus derechos.
–Fue como si los aires de Italia se le hubieran metido en la sangre, introduciendo en ella el tradicional espíritu vengativo italiano. Me escribió y me envió una copia de su libro a fin de que yo sufriese por anticipado la tortura. Me decía que existían dos copias, una para mi y otra para su editor.
–¿Cómo supo usted que el editor no había recibido su copia?
–Yo sabía quien era su editor, porque no era ésa su primera novela. Me enteré de que no había recibido noticias de Italia. Entonces se produjo la muerte súbita de Douglas. Mientras existiese el otro manuscrito, no habría seguridad para mí. Tenía que encontrarse entre los efectos particulares suyos, y éstos serían devueltos a su madre. Hice entrar en acción a la cuadrilla. Una de las personas de la misma se colocó de sirvienta en la casa. Yo quería realizar la cosa honradamente. Le aseguro de verdad que yo quería actuar de ese modo. Estaba dispuesta a comprar la casa con todo lo que en ella se contenía. Ofrecí pagar el precio que ella quisiese pedir. Únicamente recurrí a otros medios cuando hubo fallado todo lo demás. Pues bien, míster Holmes: reconociendo que yo traté con excesiva dureza a Douglas, ¡y bien sabe Dios lo pesarosa que estoy!, ¿qué otra cosa podía yo hacer cuando se jugaba todo mi porvenir?
Sherlock Holmes se encogió de hombros.
–Bien, bien –le contestó–; me imagino que, como de costumbre, no tendré más remedio que transigir con un delito. ¿Cuánto vendrá a costar un viaje alrededor d mundo lecho a toda comodidad?
La dama le miró con ojos de asombro.
–¿Podría realizarse con cinco mil libras?
–¡Sí, yo creo que sí, desde luego!
–Perfectamente. Creo que usted me firmará un cheque por esa cantidad, y yo me cuidaré de que llegue a manos de mistress Maberley. Es acreedora a que usted le proporcione un pequeño cambio de aires. Y para terminar, señora mía –al decir esto, Holmes le apuntó con el índice en señal de advertencia–: ¡Tenga cuidado! ¡Tenga cuidado! ¡No es posible jugar toda la vida con instrumentos de filo sin cortarse alguna vez esas manos tan delicadas!
La puerta se abrió de par en par, y se abalanzó dentro de la habitación un negro corpulento. Habría resultado un tipo cómico de no haberlo sido aterrador; porque vestía un traje chillón a cuadros grises, y llevaba una corbata flotante color salmón. Proyectaba su ancha cara y su nariz achatada hacia delante, y sus ojos tristones, que mostraban un rescoldo de malicia, nos miraban tan pronto al uno como al otro.
–¿Quién de ustedes es míster Holmes? –preguntó en su característico chapurreado de negro.
Holmes alzó su pipa con una lánguida sonrisa.
–¿De modo que es usted? –dijo nuestro visitante, contorneando con andares desagradables y furtivos la esquina de la mesa–. Oiga, míster Holmes, no meta usted cuchara en plano ajeno. Deje que cada cual se las componga en sus asuntos. ¿Me ha comprendido, míster Holmes?
–Siga usted hablando –le contestó Holmes–. Da gusto oírle.
–Da gusto oírme, ¿verdad que sí? –gruñó aquel bárbaro–. No le dará tanto si me obliga a tentarle la cara. A más de uno de su clase se la tengo arreglada antes de ahora, y no estaban muy bonitos cuando acabé de liquidar cuentas con ellos. ¡Fíjese en esto, míster Holmes!
Movió con un vaivén, debajo mismo de la nariz de mi amigo, un puño descomunal y lleno de protuberancias nudosas. Holmes lo examinó con expresión del más vivo interés, y le pregunto:
–¿Nació con el puño así? ¿O es cosa que se desarrolla gradualmente?
Fue debido quizá a la frialdad de hielo de mi amigo, o se debió acaso al ligero ruido metálico del hurgón, al echarle yo mano; el hecho es que los ímpetus de nuestro visitante se apagaron un poco, y dijo:
–Bueno, ya queda usted debidamente advertido. Tengo un amigo que tiene intereses en el camino de Harrow, ya sabe lo que quiero decir, y no está dispuesto a que nadie se entremeta en sus asuntos. ¿Se ha fijado en lo que le digo? Usted no es la ley, y yo tampoco lo soy, y si usted va por allí, nos veremos las caras. No se olvide un momento de lo que le digo.
–Hace ya algún tiempo que deseaba conocerle a usted –dijo Holmes–. No le invito a que se siente porque no me agrada su olor; pero ¿no es usted Steve Dixie, el machacador?
–Así me llamo, míster Holmes, y lo probaré en usted si me hincha los labios.
–Los tiene ya bastante –le contestó Holmes, con la vista fija en la repugnante boca de nuestro visitante– Pero fue la muerte del joven Perkins, delante del bar Holborn. ¡Cómo! ¿Se marcha usted?
El negro había retrocedido unos pasos, y su cara se había puesto lívida.
–No quiero oír hablar de semejante cosa –dijo–. ¿Qué tengo yo que ver con ese Perkins, míster Holmes? Yo estaba entrenándome en el Bull Ring, de Birmingham, cuando ese mozo se metió en jaleos.
–Bueno, Steve, eso ya se lo contará al juez –le dijo Holmes–. Los he venido vigilando a usted y a Stockdale.
–¡Que el Señor me tenga en su mano! Míster Holmes...
–¡Basta! Largo de aquí. Ya sabré echarle mano cuando me haga falta.
–Buenos días, míster Holmes. Espero que no me guardará rencor por esta visita.
–Se lo guardaré si no me dice quién le mandó venir.
–Bueno, señor, eso no es ningún secreto. Fue ese mismo caballero que acaba usted de nombrar.
–Y a él, ¿quién le metió en danza?
–Eso si que no lo sé, míster Holmes. Él se limitó a decirme: «Steve, vete a ver a míster Holmes, y dile que su vida corre peligro como venga por Harrow.». Ésa es la pura verdad.
Sin esperar a que se hiciesen nuevas preguntas, nuestro visitante se ausentó de la habitación casi tan precipitadamente como había entrado. Holmes sacudió las cenizas de su pipa, gorgoriteando de risa por lo bajo.
–Me alegro, Watson, de que no se haya visto obligado a romperle su lanuda cabeza con el hurgón. La verdad es que se trata de un individuo bastante inofensivo, de un bebé grande, musculoso, estúpido y fanfarrón, al que es fácil acobardar, como ya lo ha visto. Es uno de los miembros de la cuadrilla de Spencer John y ha participado en algunos asuntos sucios recientes, y que quizás aclare yo cuando disponga de tiempo. Su jefe inmediato, Barney, es un individuo más astuto. Se especializan en agresiones, intimidación otros delitos por el estilo. Lo que me interesa saber es quién se esconde tras ellos en este caso de ahora.
–¿Y por qué razón pretenden intimidarle?
–Por lo del caso de Harrow Weald. Y esto de ahora me decide a examinar ese asunto, porque algo feo se oculta ahí, cuando se toman todo este trabajo.
–¿Y de qué se trata?
–Se lo iba a explicar antes que tuviésemos este interludio cómico. He aquí la carta de mistress Maberley. Si a usted le agrada, le enviaremos en seguida un telegrama y nos pondremos inmediatamente en camino.
Yo leí lo que sigue:
Querido señor Holmes: Me están ocurriendo los más extraños incidentes en relación con esta casa, y agradecería mucho su consejo. Me encontrará usted en casa a cualquier hora del día de mañana. La casa se encuentra a un corto paseo de la estación de Weald. Tengo entendido que mi difunto esposo, Mortimer Maberley, fue uno de los primeros clientes que usted tuvo.
Suya muy atentamente,
MARY MABERLEY.
La dirección era: «Los Tres Gabletes, Harrow Weald.»
–Ahí tiene lo que hay, Watson –me dijo Holmes–. Pues bien: si dispone de tiempo, nos pondremos en seguida en camino.
Un viaje corto en ferrocarril, y un viaje todavía más corto en coche, nos condujeron hasta la casa, que era un chalet de ladrillo y madera que se alzaba dentro de su propio terreno de un acre de tierra de pastos sin cultivar. Tres pequeñas proyecciones encima de las ventanas superiores constituían como un débil intento de justificar el nombre. Detrás de la casa había un bosquecillo de pinos melancólicos y a medio desarrollar, y todo el aspecto de la casa era pobre y deprimente. Sin embargo, nos encontramos con un interior bien amueblado, y nos recibió una señora muy simpática, entrada ya en años, con todas las muestras de culta y refinada.
–Recuerdo a su esposo, señora –dijo Holmes–, aunque han transcurrido va bastantes años desde que recurrió a mis servicios para yo no sé qué asunto de roca monta.
–Quizá le suene más el nombre de mi hijo Douglas.
Holmes miró a la señora con interés.
–¡Válgame Dios! ¿Es usted la madre de Douglas Maberley? Yo le trataba, aunque superficialmente. Pero todo Londres le conocía. ¡Qué magnífica persona! ¿Dónde se encuentra en la actualidad?
–¡Murió, míster Holmes, murió! Era agregado de embajada en Roma, y murió el pasado mes a consecuencia de una pulmonía.
–Sí que lo lamento. Parecía imposible ligar la idea de la muerte con un hombre como él. Jamás conocí a nadie que tuviera una vitalidad tan despierta. Vivía intensamente, hasta con su última fibra.
–Demasiado intensamente, míster Holmes. De ahí le vino su ruina. Usted lo recuerda tal cual era: divertido y espléndido. No tuvo oportunidad de contemplar su transformación en un ser tristón, huraño y ensimismado. Le habían destrozado el corazón. Y yo pude ver cómo mi gallardo muchacho se transformaba en un hombre hastiado y cínico, en el espacio de un mes.
–¿Cuestión de amores? ¿Quizás una mujer?
–O un demonio. Pero, míster Holmes, no le pedí que viniese para hablar de mi pobre muchacho.
–El doctor Watson y yo estamos a sus órdenes.
–Han ocurrido cosas muy raras. Llevo ya en esta casa más de un año, y he visitado poco a la gente de estos alrededores, porque deseaba llevar una vida retirada. Hace tres días se me presentó un individuo que dijo ser agente de alquileres. Me aseguró que esta casa llenaría perfectamente los deseos de un cliente suyo que si yo estaba dispuesta a dejarla, no habría dificultad por cuestiones de dinero. Esto me pareció muy extraño, porque son varias las casas que hay por aquí en condiciones de ser alquiladas y todas ellas son más o menos igualmente apetecibles; pero, como es natural, esa proposición me interesó. Señalé la cantidad de quinientas libras más de lo que yo había pagado. Aceptó en el acto mi ofrecimiento, pero agregó que su cliente deseaba comprar también los muebles y que yo les pusiese precio. Una parte de este mobiliario procede de mi casa antigua y es, como puede usted ver, muy bueno, de manera que señalé una buena cantidad por todo. También lo aceptó en el acto. He tenido siempre deseos de viajar, y la operación resultó tan magnífica que creí en verdad que podría ser ya independiente para el resto de mi vida. El agente llegó ayer con el contrato ya preparado para la firma. Por suerte, yo se lo enseñé a míster Sutro, abogado mío, que vive en Harrow. Este me contestó: «Es un documento muy raro. ¿Se ha fijado usted en que una vez que lo haya firmado, no podría usted sacar legalmente nada de la casa, ni aun siquiera sus prendas personales?» Cuando vino por la tarde aquel hombre le ice esa observación, diciéndole que yo sólo vendía el mobiliario. «No, no; todo lo que hay en la casa», me contestó. «¿Incluso mis ropas? ¿Incluso mis joyas?» «Bueno, bueno, podría hacerse alguna concesión en lo referente a sus artículos de uso personal. Pero nada saldrá de la casa sin que sea controlado. Mi cliente es persona muy liberal, pero tiene sus manías y su manera propia de hacer las cosas. O todo o nada, es su divisa «Pues entonces va a ser nada», le contesté. Y ahí quedaron las cosas; pero aquel asunto me pareció tan fuera de lo corriente, que pensé...
Al llegar a este punto tuvimos una interrupción muy extraordinaria.
Holmes alzó la mano pidiendo silencio. Acto continuo cruzó la habitación, abrió de pronto la puerta y arrastró al interior a una mujer alta y enjuta a la que había agarrado por el hombro. Ésta entró forcejeando desmañadamente, igual que una enorme y torpona ave de corral a la que se saca de su nido cacareando.
–¡Déjeme en paz! ¿Qué está usted haciendo conmigo? –chilló.
–¿Cómo es eso, Susan?
–Señora, yo quería preguntarle si los señores que habían venido de visita almorzarían aquí y en ese instante, sin mediar palabra, este señor se abalanzó sobre mí.
–Venía escuchándola desde hace cinco minutos, pero no quise interrumpir su interesantísimo relato. ¿No está usted algo asmática, Susan? Su respiración es demasiado fatigosa para esta clase de trabajo.
Susan se volvió hacia su cautivador con expresión huraña, pero asombrada:
–¿Y quién es usted, en todo caso, y qué derecho tiene para arrastrarme de este modo?
–Lo hice simplemente porque deseo hacer una pregunta en presencia suya. ¿Habló usted con alguien, mistress Maberley, sé que me iba a escribir para consultarme?
–No, míster Holmes; a nadie le hablé.
–¿Quién echó su carta al correo?
–Susan la echó.
–Precisamente. Y ahora, Susan: ¿a quién escribió usted o a quién envió un mensaje advirtiéndole que su señora iba a consultar conmigo?
–Eso es una gran mentira. No envié ningún mensaje.
–Vea, Susan, que los que padecen de asma no viven mucho tiempo. Ya lo sabe usted. El decir mentiras es un pecado. ¿A quién avisó usted?
–¡Susan, creo que es usted una mujer mala y traicionera! –exclamó la señora–. Ahora recuerdo haberla visto hablando con alguien encima del seto.
–Eran asuntos míos –dijo la mujer con expresión arisca.
–¿Qué me contestaría si yo le dijese que con quien hablaba era con Barney Stockdale? –dijo Holmes.
–Pues, si usted lo sabe, ¿qué necesidad tiene de preguntarlo?
–No estaba seguro, pero ahora sí que lo estoy. Pues bien, Susan: si quiere ganarse diez libras esterlinas, no tiene sino decirme quién es la persona que está detrás de Barney.
–Alguien que podría darme un millar de libras por cada diez de las que usted posee en el mundo.
–¿Tan rico es? No; usted se ha sonreído..., se trata de una mujer rica. Y puesto que ha ido usted tan lejos, lo mismo le da decirme su nombre y ganarse el billete de diez libras.
–Preferiría verlo a usted en el infierno antes de hacer eso.
–¡Qué lenguaje, Susan!
–Me largo de aquí. Estoy harta de todos ustedes. Enviaré mañana a buscar mi baúl.
Y dicho esto, corrió hacia la puerta.
–Adiós, Susan. Tómese un calmante. Y ahora –prosiguió Holmes, dejando súbitamente su expresión divertida para adoptar una expresión severa en cuanto se cerró la puerta detrás de aquella mujer, acalorada e irritada–. Esta cuadrilla va en serio a su negocio. Fíjense en el afán con que lleva su juego. La carta que usted me envió fue estampillada en el correo a las diez de la noche. A pesar de lo cual, Susan envía el aviso a Barney, Barney encuentra tiempo para ir a ver a su patrono, para que éste le dé soluciones; el patrono o la patrona. Me inclino a creer esto último por la sonrisa de Susan cuando creyó que yo había dado un resbalón. Se traza un plan. Llaman al negro Steve, y antes de las once de la mañana siguiente recibo la advertencia de que me mantenga apartado del asunto. Como ven ustedes, es un trabajo rápido.
–Pero ¿qué es lo que ellos andan buscando?
–Sí, ésa es la cuestión. ¿Quién habitó esta casa antes que usted?
–Un capitán de la marina, retirado, de apellido Ferguson.
–¿Había algo de extraordinario en este hombre?
–Nada, que yo sepa.
–Estoy preguntándome si no habrá podido ese hombre enterrar algo. Desde luego, cuando la gente desea hoy en día enterrar un tesoro, lo coloca en el Banco Postal. Pero existe siempre algún lunático por el mundo. Éste sería aburridísimo si no hubiese lunáticos. El primer pensamiento que se me ha ocurrido es el de que exista en esta casa algún tesoro enterrado. Pero en ese caso ¿por qué razón quieren comprar sus muebles? ¿No tendrá usted acaso, sin saberlo, alguna obra de Rafael o algún primer infolio de Shakespeare?
–No, y me parece que la cosa más rara que poseo es un juego de té Crown Derby.
–Eso no justificaría todo este misterio. Además, ¿por qué no dicen de una manera concreta lo que quieren? Si andan detrás del juego de té, podrían ofrecer, sin duda alguna, un precio determinado por él, sin comprar todo cuanto hay en la casa. No, tal como yo lo veo, existe algo que usted no sabe que lo tiene, y que no lo entregaría si lo supiese.
–También yo lo veo de ese modo –dije.
–El doctor Watson se muestra conforme, de manera que no hay más que hablar.
–¿Y qué puede ser, míster Holmes?
–Veamos si, valiéndonos del análisis puramente mental, afinamos aún más. Usted lleva en esta casi un año.
–Casi dos.
–Tanto mejor. Durante todo este largo período de tiempo, nadie le pide nada. Y ahora, súbitamente, en tres o cuatro días, recibe usted unas demandas tan apremiantes. ¿Qué deduce usted de eso?
–Sólo puede significar que el objeto que buscan, sea el que fuere, no ha entrado en esta casa hasta ahora.
–Definitivamente resuelto también –dijo Holmes–. Veamos, mistress Maberley: ¿ha entrado en esta casa en estos días algún objeto?
–No; precisamente no he comprado nada nuevo este año.
–¿De verdad? Es por demás extraordinario. Bien; yo creo quesería preferible que dejásemos que las cosas siguiesen un poco mas su curso, hasta que tengamos datos más claros. ¿Es hombre preparado ese abogado suyo?
–Míster Sutro es hombre de gran capacidad.
–¿Tiene usted alguna otra doncella, o la linda Susan, que en este momento ha cerrado con un portazo la puerta delantera es la única?
–Tengo una muchacha joven.
–Pues procure conseguir que Sutro duerma en la casa un par de noches, porque quizá necesite usted protección.
–¿Contra quién?
–¡Vaya usted a saber! El asunto es, desde luego, oscuro. Si yo no logro descubrir qué es lo que ellos andan buscando, tendré que abordar por el otro extremo, procurando acercarme al director de todo esto. ¿Le dejó el agente de alquileres alguna dirección?
–Nada más que su tarjeta, en la que consta su profesión: Haines-Johnson, subastador y tasador.
–No creo que le encontremos en la guía de profesiones. Los hombres que se dedican a negocios honrados no ocultan la dirección de su lugar de trabajo. Bien, usted me comunicará cualquier novedad que ocurra. Me he hecho cargo de su caso, y puede confiar en que lo seguiré hasta el final.
Cuando cruzábamos por el vestíbulo, los ojos de Holmes, a los que nada escapaba, se fijaron en varias maletas y cajones que estaban apilados en un rincón en los que destacan las etiquetas.
–«Milán.» «Lucerna.» Este equipaje procede de Italia.
–Son las cosas del pobre Douglas.
–¿Todavía no las ha desempaquetado? ¿Desde cuándo las tiene en casa?
–Llegaron la semana pasada.
–Pero usted nos dijo... ¡Vaya, aquí tenemos el eslabón que nos faltaba! ¿Cómo sabe usted que no hay ahí dentro nada de valor?
–Porque no puede haberlo, míster Holmes. El pobre Douglas sólo contaba con su paga y una pequeña renta anual. ¿Qué es lo que él podría poseer de valor?
Holmes permaneció un rato absorto en sus meditaciones. Por último dijo:
–Mistress Maberley, ordene que sin perder momento suban todas estas cosas al dormitorio de usted. Examínelas lo antes posible, y vea qué es lo que contienen. Vendré mañana para conocer su informe.
Era evidente que Los Tres Gabletes se hallaban sometidos a estrecha vigilancia, porque cuando contorneamos el alto seto, al final del camino, vimos que el boxeador negro estaba allí, a la sombra. Tropezamos con él de improviso, y su figura resultaba en aquel lugar solitario sombría y amenazadora. Holmes se echó la mano al bolsillo.
–Buscando el revólver, ¿verdad, míster Holmes?
–No, Steve; buscando mi frasco de perfumes.
–Es usted hombre de buen humor, míster Holmes, ¿verdad?
–No le divertirá mucho, Steve, si yo me pongo a perseguirle. Se lo advertí esta mañana.
–Bien, míster Holmes, he pensado en todo lo que usted me dijo, y no quiero que se hable más del asunto de míster Perkins. Mire, míster Holmes, si yo puedo ayudarle en algo, cuente conmigo.
–Pues entonces dígame quién está en el fondo de todo este asunto.
–¡Que Dios me valga, míster Holmes, como que le dije a usted la pura verdad! Lo ignoro. Mi mandamás, Barney, me da diversas órdenes, y yo no sé nada más.
–Pues bien, Steve: no olvide que la señora que vive en esa casa todo cuanto hay debajo de este techo están bajo mi protección. Ténganlo presente.
–Perfectamente, míster Holmes. Me acordaré de ello.
–La verdad es, Watson, que he logrado asustarle y hacerle temer por su propio pellejo –contestó Holmes, mientras caminábamos–. Creo que sería capaz de traicionar a su patrono si supiese quién es. Fue una suerte que yo estuviese algo enterado de las actuaciones de la cuadrilla de Spencer John, y que Steve sea un miembro de la misma. Y ahora, Watson, éste es un caso como para consultarlo con Langdale Pike, y ahora mismo voy en busca suya. Quizá cuando regrese consiga ver más claro en el asunto.
No volví a ver a Holmes en el transcurso del día, pero puedo suponer perfectamente de qué manera lo pasó, porque Langdale Pike era su libro viviente de consulta en todo cuanto se relacionaba con los escándalos de sociedad. Este personaje extraordinario y lánguido se pasaba las horas en que no dormía, sentado en el balcón de un club de la calle Saint James, y era la estación receptora y retransmisora de todas las hablillas de la metrópoli. Decíase que lograba reunir unos ingresos que ascendían a cuatro cifras mediante los artículos que enviaba todas las semanas a los periódicos que recogían toda clase de inmundicias para un público de lectores curiosos. Si, allá en las turbias profundidades de la vida londinense, se producía cualquier extraño remolino o marea, los registraba con automática exactitud aquel contador humano que actuaba en la superficie. Holmes le proporcionaba discretamente a Langdale algunos datos, y era a su vez ayudado por él.
Cuando a primera hora de la mañana siguiente fui a visitar a mi amigo en sus habitaciones, me di cuenta por su aspecto de que todo marchaba bien; sin embargo, nos esperaba una sorpresa desagradable, que tomó la forma del siguiente telegrama:
Sírvase venir en seguida. La casa de la clienta, asaltada durante la noche. La policía se halla en posesión de la misma.
SUTRO.
Holmes dejó escapar un silbido.
–El drama ha hecho crisis, y mucho más de prisa de lo que yo esperaba. En el fondo de todo este asunto hay una potencia impetuosa, Watson. Lo que no me sorprende después de lo que he sabido. Este Sutro es, desde luego, su abogado. Pero me temo que cometí una equivocación al no pedirla usted que se quedase allí de noche montando la guardia. Este individuo ha demostrado ser una caña rota. Bien, nonos queda otro remedio sino hacer un nuevo viaje a Harrow Weald.
Cuando llegamos, Los Tres Gabletes era una casa muy distinta del ordenado hogar del día anterior. Un grupo pequeño de curiosos se había reunido junto a la puerta del jardín mientras una pareja de guardias revisaba las ventanas y los macizos de geranios. Nos encontramos dentro de la casa con un anciano de cabellos blancos, que se nos presentó como abogado, y, en su compañía, a un inspector de policía activo y rubicundo, que acogió a Holmes como a un viejo amigo.
–Míster Holmes, me temo que en esta ocasión no tenga usted nada que hacer. Se trata de un escalo corriente y moliente, muy dentro de la capacidad de la pobre policía rutinaria. No se necesitan especialistas.
–Desde luego, que el caso está en muy buenas manos –le contestó Holmes–. ¿De modo que se trata de un simple escalo?
–Así es. Sabemos perfectamente quiénes son los asaltantes y dónde hemos de dar con ellos. Se trata de la cuadrilla de Barney Stockdale, de la que forma parte el negro corpulento. Se les ha visto por estos alrededores.
–¡Magnífico! ¿Qué se levaron?
–Pues verá, por lo visto muy poca cosa. Dieron cloroformo a mistress Maberley y la casa fue... ¡Pero aquí tenemos frente a nosotros a la misma señora en persona!
Nuestra amiga del día anterior había entrado en la habitación, apoyándose en una doncellita joven. Parecía pálida y enferma.
–Míster Holmes, usted me dio un buen consejo –dijo, sonriendo tristemente–. ¡Pero, ay, que no lo seguí! No quise molestar a míster Sutro, y me quedé sin protección alguna.
–Yo no me he enterado hasta esta mañana –explicó el abogado.
–Míster Holmes me aconsejo que hiciese pernoctar en la casa a un amigo. Desatendí su consejo y lo pague.
–Parece que se encuentra usted muy mal –dijo Holmes–. Quizá no esté como para contarme lo que le ocurrió.
–Está todo aquí dentro –dijo el inspector, dando golpecitos a un voluminoso libro de notas.
–Sin embargo, si la señora no se siente demasiado agotada...
–La verdad es que queda muy poco por contar. No me cabe duda de que esa malvada Susan lo había preparado todo para que entrasen en la casa. Seguramente que la conocían centímetro a centímetro. Tuve durante un instante la sensación del paño impregnado de cloroformo que me colocaron encima de la boca, pero no puedo hacerme una idea del tiempo que permanecí sin conocimiento. Cuando me desperté, había un hombre junto a la cama y otro se incorporaba de entre el equipaje de mi hijo con un legajo de papeles en la mano. El equipaje esta abierto en parte y el contenido desparramado por el suelo. Antes que aquel hombre pudiera huir, yo me abalancé y me aferré a él.
–Corrió usted un peligro muy grande –dijo el inspector.
–Me aferré a él, pero me arrojó de sí de una sacudida, y el otro debió de golpearme, porque ya no recuerdo nada más. La doncella, Mary, se despertó al ruido y pidió socorro a gritos por la ventana. Eso hizo que acudiese a policía, pero aquellos bandidos habían huido.
–¿Qué es lo que se llevaron?
–Yo no creo que falte nada de valor. Estoy segura que no había nada de valor en las maletas de mi hijo.
–¿No dejó aquel hombre algo que pueda servir de clave?
–Quedó una hoja de papel que es muy posible que yo le arrancase cuando me aferré a él. Esta a en el suelo toda arrugada. Es de letra de mi hijo.
–Lo que quiere decir que nos servirá de muy poca cosa –dijo el inspector–. Si, en cambio, hubiese sido la letra del ladrón.
–Exactamente –dijo Holmes–. ¡Qué sentido común más tosco! En todo caso, me gustaría examinar ese papel.
El inspector sacó de su cartera una hoja de papel, doblada, tamaño folio, y dijo con solemnidad:
–Yo no dejo que se me escape nada, por insignificante que parezca. Es un consejo que le doy a usted, míster Holmes. Veinticinco años de experiencia me han hecho aprender la lección. Siempre existe alguna posibilidad de que se encuentren huellas dactilares, o alguna otra cosa.
Holmes examinó la hoja de papel.
–¿Qué saca usted de esto, inspector?
–Da la impresión de que se trata de la última hoja de una novela rara, por lo que yo he podido ver.
–Sí, muy bien pudiera ser que con ella termine una curiosa historia –dijo Holmes–. Se habrá fijado usted en que lleva en lo alto la numeración de la página. Es la doscientas cuarenta y cinco. ¿Dónde están las doscientas cuarenta y cuatro que faltan?
–Creo que se las llevaron los ladrones. ¡Buen provecho les hagan!
–Resulta extraño que asalten una casa para robar unos papeles como esos. ¿No le sugiere nada ese hecho?
–Sí, señor; me hace pensar en que, con la precipitación del momento, se llevaron lo primero que tuvieron a mano. ¡Qué disfruten alegremente de su botín!
–¿Por qué razón tenían que revolver en el equipaje de mi hijo? –preguntó mistress Maberley.
–Verá usted, al no encontrar en la planta baja objetos de valor, subieron a probar fortuna en el piso alto. Así es como yo lo interpreto. ¿Qué le parece a usted, míster Holmes?
–Tengo que meditar en ello, inspector. Watson, venga hasta la ventana –una vez allí los dos, Holmes leyó el escrito hasta el final. Empezaba en la mitad de una frase y decía así:
...cara sangraba considerablemente de los cortes y de los golpes, pero aquello no era nada comparado con lo que sangró su corazón cuando vio el rostro encantador, aquel rostro por el que él había estado dispuesto a sacrificar su propia vida, contemplando sus angustias y su humillación. Ella se sonreía...; sí, vive Dios, se sonrió, como demonio sin corazón que era, cuando él alzó su vista para mirarla. En aquel instante el amor murió y nació el odio. Todo hombre debe vivir para algo. Si no he de vivir para abrazarte, señora mía, entonces tendré seguramente que vivir para destruirte y para mi completa venganza.
–¡Extraña redacción! –dijo Holmes sonriendo, al devolver el papel al inspector–. ¿Se fijó usted en que de pronto deja de hablar en tercera persona y escribe en primera? Entusiasmado con su relato, el autor del escrito se imaginó en el momento supremo que era él mismo el protagonista.
–Sí, me pareció una cosa muy deleznable –dijo el inspector, volviendo a colocar la hoja en su cartera– ¡Cómo! ¿Se marcha usted, míster Holmes?
–No creo que tenga nada que hacer aquí una vez que el asunto se halla en tan buenas manos. A propósito, mistress Maberley. Me dijo usted que deseaba viajar, ¿verdad?
–Viajar ha sido siempre mi mayor ilusión, míster Holmes.
–¿A dónde le agradaría ir: a El Cairo, Madeira, la Riviera...?
–¡Oh! Si yo tuviese dinero haría un viaje alrededor del mundo.
–Perfectamente. Alrededor del mundo. Bien, buenos días. Quizá le envíe unas líneas esta noche.
Cuando cruzábamos por delante de la ventana, tuve yo una visión rápida de la sonrisa del inspector y de su mover la cabeza con expresión compasiva. «Estos individuos sabios tienen siempre una locura.» Eso fue lo que lo leí en la sonrisa del inspector.
–Y ahora, Watson, estamos hablando la última curva de la pista –dijo Holmes cuando volvimos a encontrarnos nuevamente envueltos en el estrépito de la estación Central de Londres–. Creo que lo mejor que podemos hacer es dejar ya de una vez y definitivamente aclarado el asunto, y para eso convendría que me acompañase, porque siempre es más seguro que haya un testigo delante cuando se tiene que tratar con una dama como Isadora Klein.
Habíamos tomado un coche y marchábamos velozmente hacia determinada dirección en Grosvenor Square. Holmes se había embebecido en sus meditaciones, pero salió súbitamente de su ensimismamiento.
–Me imagino, Watson, que lo verá usted todo claro ahora.
–Pues no, yo no puedo decir eso. Lo único que saco en limpio es que vamos a visitar a la dama que está en la trastienda de todos estos actos delictivos.
–Exactamente. Pero ¿nada le recuerda el nombre de Isadora Klein? Se trata, como es natural, de la célebre belleza. No ha existido jamás mujer que pueda competir con ella. Es de pura sangre española. Del auténtico linaje de los dominantes conquistadores, y su familia ha venido siendo durante muchas generaciones la señora de Pernambuco. Contrajo matrimonio con el anciano rey del azúcar, el alemán Klein, y más tarde llegó a ser la viuda más rica y encantadora de la tierra. Vivió luego un período de aventuras, durante el cual no hizo otra cosa que vivir a su capricho. Tuvo varios amantes, siendo uno de ellos Douglas Maberley, que era uno de los hombres más notables de Londres. Lo cierto es que para él la cosa pasó de una simple aventura. No era uno de esos mariposeadores de la sociedad elegante, sino un hombre fuerte y orgulloso que lo dio y lo esperó todo. Pero ella es lo que en las novelas se llama la belle dame sans merci, es decir, la hermosa sin corazón. Una vez satisfecho su capricho, acaba allí el asunto, y si la otra parte no se resigna a aceptar su decisión, ella conoce la manera de llevarle al convencimiento.
–Entonces, era su propia historia lo que él...
–¡Vaya, veo que empieza usted a atar cabos! Me han informado de que esa mujer está a punto de contraer matrimonio con el joven duque de Lomond, que pudiera ser hijo suyo. A la mamá de su señoría quizá no le importase la cuestión de la edad, pero podría importarle el que se produjese un gran escándalo, y por esa razón se impone imperiosamente... Pero ¡hemos llegado ya!
Estábamos ante una de las casas, que hacía esquina, más elegantes del West End. Un lacayo que parecía una máquina se hizo cargo de nuestras tarjetas y volvió para decirnos que la señora no se encontraba en casa.
–Pues entonces esperaremos a que venga –contestó alegremente Holmes.
La máquina se desconcertó.
–El que no está en casa quiere decir que no lo está para ustedes –explicó el lacayo.
–Perfectamente –contestó Holmes–. Esto equivale a decir que no vamos a tener que esperar. Tenga la amabilidad de entregar esta carta a su señora.
Garrapateó algunas frases en una hoja arrancada de su libro de notas, la –dobló, y se la entregó al lacayo.
–¿Qué le dice usted, Holmes? –pregunté yo.
–Me limité a escribir: «¿Entonces, prefiere usted que venga la policía?» Creo que esto bastará para que nos reciba.
Nos recibió con asombrosa rapidez. Un minuto después nos encontrábamos dentro de una sala de las mil y una noches, inmensa y maravillosa; una sala a media luz, traspasada aquí allá por una bombilla eléctrica de color rosa. Tuve la sensación de que a dama en cuestión había llegado a la edad en que hasta las más orgullosas beldades se alegran de estar a media luz. Al entrar nosotros, ella se levantó de un sofá: era alta, majestuosa, una figura perfecta, un rostro encantador, sereno como una máscara, con dos asombrosos ojos españoles, que nos dirigieron a ambos sendas miradas asesinas.
–¿Qué significan este entremetimiento y este mensaje insultante? –preguntó, mostrando la hoja de papel.
–No necesito explicarlo, señora. Siento demasiado respeto por su inteligencia para hacer semejante cosa; aunque reconozco que en los últimos días esa inteligencia ha tenido deslices sorprendentes.
–¿Cómo así, señor?
–Suponiendo que sus bravucones a sueldo podían apartarme de mi tarea con amenazas. Ningún hombre se lanzaría a la profesión a que yo me dedico si no fuera porque el peligro le atrae. ¿De modo, pues, que fue usted la que me obligó a hacer indagaciones en el caso del joven Maberley?
–No tengo la menor idea de lo que está usted hablando. ¿Qué tengo yo que ver con esos bravucones a sueldo?
Holmes se dio media vuelta con expresión de desgana.
–En efecto, he menospreciado su inteligencia. ¡Buenas tardes!
–Espere. ¿A dónde va usted?
–A Scotland Yard.
Estábamos todavía a mitad de camino de la puerta, cuando ella nos alcanzó y agarró a Holmes por el brazo. Se había transformado instantáneamente de acero en terciopelo.
–Vengan, señores, y tomen asiento. Discutamos el asunto a fondo. Míster Holmes, tengo la sensación de que puedo hablar francamente con usted, porque posee los sentimientos de un caballero. ¡Qué rápidamente lo descubre el instinto de una mujer! Le trataré a usted como a un amigo.
–No puedo prometerle reciprocidad, madame. Yo no soy la ley, pero represento a la justicia hasta donde alcanzan mis pobres facultades. Estoy dispuesto a escuchar, y después le diré qué es lo que voy a hacer.
–Fue una estupidez mía, desde luego, amenazar a un hombre valeroso como usted.
–Lo verdaderamente estúpido, madame, es el que usted se haya entregado en manos de una cuadrilla de bergantes capaces de someterla a un chantaje o denunciarla.
–¡No, no! No soy tan bobalicona. Puesto que he prometido hablarle con franqueza, le diré que nadie, fuera de Barney Stockdale, y de Susan, su mujer, tiene la más remota idea de quién es la persona a la que obedecen. Por lo que a ellos respecta, le diré que no es la primera...
Se sonrió y asintió con un movimiento de cabeza, adoptando unos aires encantadores de mujer coqueta intimidada.
–Comprendo. Los ha puesto usted a prueba antes de ahora.
–Son unos buenos sabuesos que siguen la lista en silencio.
–Pero esa clase de sabuesos tienen la costumbre de morder más pronto o más tarde la mano que les da de comer. Serán encarcelados por ese escalo. La policía los busca ya.
–Cargarán con lo que les corresponda. Para eso se les paga. Mi nombre no se pronunciara para nada en este asunto.
–A menos que yo la haga figurar a usted dentro del mismo.
–No, no; usted no lo hará. Usted es un caballero, y se trata de un secreto de mujer.
–En primer lugar, tiene usted que devolver ese manuscrito.
Rompió a gorgoritear de risa, y cruzó la sala hasta la chimenea. Había en ella una masa calcinada que revolvió con el hurgón.
–¿Quiere usted que devuelta esto? –preguntó.
Tan canallescamente exquisita parecía, plantada delante de nosotros con una sonrisa desafiadora, que comprendí que entre los criminales de Holmes, era aquella mujer la única a la que a éste le resultaría más difícil hacer frente. Sin embargo, Holmes era inmune al sentimentalismo, y dijo fríamente:
–Esto decide la suerte de usted. Es usted muy rápida en actuar, madame, pero en esta ocasión se ha excedido.
Ella tiró al suelo el hurgón, que sonó con estrépito, y exclamó:
–¡Qué duro de corazón es usted! ¿Quiere que le cuente todo lo ocurrido?
–Creo que podría contárselo yo mismo a usted.
–Pero es preciso, míster Holmes, que mire la cuestión con mis propios ojos. Comprenda el punto de vista de una mujer que ve como se viene abajo en el último instante toda la ambición de su vida. ¿Puede censurársele el que se defienda?
–De usted fue el pecado primitivo.
–¡Sí, sí! Lo reconozco. Douglas era un muchacho encantador, pero la mala suerte quiso que no encajase dentro de mis proyectos. Él quería casarse..., casarse, míster Holmes; que me casase yo con un hombre corriente y sin blanca. No se conformo con menos que con eso. Después le puso terco. Creyó que porque yo había cedido tenía que seguir cediendo, y cediendo a él solo. Eso era intolerable, y tuve que acabar por hacérselo comprender.
–Y se lo hizo usted comprender alquilando a una cuadrilla de maleantes para que lo apaleasen debajo mismo de la ventana de usted.
–Por lo visto, usted lo sabe todo. Pues si, es cierto. Barney y sus hombres se lo llevaron en coche y lo trataron, lo reconozco, con algo de dureza. Pero ¿qué hizo él entonces? ¿Podía yo creer que un caballero cometiese acción semejante? Escribió un libro en el que relató su propia historia. Yo, como es natural, era el lobo; él, en cambio, era el cordero. En ese libro, aunque bajo nombres distintos, como es natural, se relataba todo; pero, aun los nombres fuesen distintos, ¿habría habido en todo Londres una sola persona que no cayese en la cuenta? ¿Qué me dice usted a eso, míster Holmes?
–Digo que estaba dentro de sus derechos.
–Fue como si los aires de Italia se le hubieran metido en la sangre, introduciendo en ella el tradicional espíritu vengativo italiano. Me escribió y me envió una copia de su libro a fin de que yo sufriese por anticipado la tortura. Me decía que existían dos copias, una para mi y otra para su editor.
–¿Cómo supo usted que el editor no había recibido su copia?
–Yo sabía quien era su editor, porque no era ésa su primera novela. Me enteré de que no había recibido noticias de Italia. Entonces se produjo la muerte súbita de Douglas. Mientras existiese el otro manuscrito, no habría seguridad para mí. Tenía que encontrarse entre los efectos particulares suyos, y éstos serían devueltos a su madre. Hice entrar en acción a la cuadrilla. Una de las personas de la misma se colocó de sirvienta en la casa. Yo quería realizar la cosa honradamente. Le aseguro de verdad que yo quería actuar de ese modo. Estaba dispuesta a comprar la casa con todo lo que en ella se contenía. Ofrecí pagar el precio que ella quisiese pedir. Únicamente recurrí a otros medios cuando hubo fallado todo lo demás. Pues bien, míster Holmes: reconociendo que yo traté con excesiva dureza a Douglas, ¡y bien sabe Dios lo pesarosa que estoy!, ¿qué otra cosa podía yo hacer cuando se jugaba todo mi porvenir?
Sherlock Holmes se encogió de hombros.
–Bien, bien –le contestó–; me imagino que, como de costumbre, no tendré más remedio que transigir con un delito. ¿Cuánto vendrá a costar un viaje alrededor d mundo lecho a toda comodidad?
La dama le miró con ojos de asombro.
–¿Podría realizarse con cinco mil libras?
–¡Sí, yo creo que sí, desde luego!
–Perfectamente. Creo que usted me firmará un cheque por esa cantidad, y yo me cuidaré de que llegue a manos de mistress Maberley. Es acreedora a que usted le proporcione un pequeño cambio de aires. Y para terminar, señora mía –al decir esto, Holmes le apuntó con el índice en señal de advertencia–: ¡Tenga cuidado! ¡Tenga cuidado! ¡No es posible jugar toda la vida con instrumentos de filo sin cortarse alguna vez esas manos tan delicadas!

Ver películas Online
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada