La aventura de los tres Garrideb

Pudo haber terminado en comedia, o pudo haber terminado en tragedia. Le costó a un hombre la pérdida de la razón; a mí, una sangría, y a otro hombre más, la correspondiente pena legal. Pero, con todo eso, no cabe duda de que el caso encerró un elemento de comedia, como ustedes van a juzgarlo por sí mismos.
Recuerdo muy bien la fecha, porque fue en el mismo mes en que Holmes rehusó un título de nobleza por servicios que quizá puedan describirse algún día. Sólo de paso lo menciono, porque en mi situación de socio y confidente me veo obligado a ser sumamente cauto para evitar cualquier indiscreción. Repito, sin embargo, que esto me permite fijarla fecha, que fue durante la segunda quincena del mes de junio de 1902, muy poco después de la terminación de la guerra en Sudáfrica. Holmes había permanecido varios días en la cama, como acostumbra hacerlo de tiempo en tiempo; pero aquella mañana se me presentó con un largo documento escrito en papel de folio y con una expresión divertida en sus severos ojos grises.
–Amigo Watson –me dijo–, aquí hay para usted una probabilidad de ganar algún dinero. ¿Ha oído usted alguna vez el apellido Garrideb?
Confesé que jamás lo había oído.
–Pues bien: si consigue usted echar el guante a un Garrideb, ganará usted dinero con ello.
–¿Por qué?
–Bueno, eso es largo de contar, y también bastante fantástico. No creo que en todas las exploraciones que llevamos realizando en el complejo humano nos hayamos encontrado jamás con una cosa más curiosa. Como el interesado va a venir muy pronto para ser sometido a un interrogatorio, no quiero abordar el asunto hasta que se encuentre aquí presente. Pero entretanto, lo que nos hace falta es el nombre.
La guía del teléfono estaba encima de la mesa, junto a mí, y abrí sus páginas para realizar en ellas una búsqueda que parecía bastante infructuosa. Pero, con gran asombro mío, encontré ese apellido en el lugar correspondiente, y dejé escapar una exclamación de triunfo.
–¡Aquí lo tiene usted, Holmes! ¡Aquí está!
Holmes recibió el volumen de mi mano, y leyó:
–«Garrideb, número ciento treinta y seis, Little Ryder Street. W.» Siento mucho desilusionarle, querido Watson, pero este personaje es el mismo individuo en cuestión, y aquí está su dirección en su carta. Nos hace falta otro para emparejarlo con él.
En ese momento llegó mistress Hudson con una tarjeta en la bandeja. Eché yo mano y la examiné.
–¡Pues aquí lo tenemos! –exclamé, atónito–. La inicial del nombre es muy distinta: John Garrideb, consejero legal, Moorville Kansas, USA.
Holmes se sonrió al examinar la tarjeta, y dijo:
–Me temo, Watson, que no tenga usted más remedio que realizar otro esfuerzo. Este caballero está asimismo metido ya en el ajo, aunque no lo esperaba yo ni mucho menos esta mañana. Sin embargo, él se halla en condiciones de decirnos bastantes cosas que yo deseo saber.
Un momento después entraba el aludido en la habitación. John Garrideb, consejero legal, era un hombre pequeño y fornido, de cara redonda, fresca y completamente afeitada, tan característica de muchos hombres norteamericanos de negocios. La impresión general que producía era la de un hombre rechoncho y bastante infantil, de un joven con cara adornada de ancha constante sonrisa. Sus ojos, sin embargo, atraían la atención. Rara vez he visto en una cabeza humana unos ojos que proclamasen una vida interior más intensa que aquella. ¡Así eran de vivos, despiertos y ágiles para exteriorizar todos los cambios de pensamiento! Hablaba con acento norteamericano, pero sin ninguna excentricidad en la manera de expresarse.
–¿Es míster Holmes? –preguntó, mirando primero a uno y luego a otro– ¡Ah, ya caigo! Yo diría que sus retratos no son demasiado desemejantes a la realidad. Creo que ha recibido usted una carta de otra persona que lleva mi mismo apellido, míster Natham Garrideb. ¿Es así?
–Siéntese, por favor –dijo Sherlock Holmes–. Creo que tenemos mucho que hablar.
Echó mano a las hojas de papel de oficio.
–Usted es, sin duda, míster John Garrideb, del que se habla en este documento. Pero usted lleva ya algún tiempo en Inglaterra, ¿no es cierto?
–¿Por qué lo dice, míster Holmes?
Creí leer en aquellos ojos expresivos una súbita sospecha.
–Porque todo su equipo es inglés.
Míster Garrideb dejó oír una risa forzada.
–Míster Holmes, estoy enterado ya de sus artimañas, pero nunca pensé que yo mismo sería el sujeto con quien las ejercitase. ¿De dónde saca usted lo que ha dicho?
–Por el corte de la hombrera de su chaqueta, por la puntera de sus botas... ¿Hay alguien que pueda tener la menor duda?
–Bien, bien; no me imaginaba que mi britanismo saltase de esa manera a la vista. Lo cierto es que los negocios me trajeron a este lado del mar hará algún tiempo, y por eso mi vestimenta es, como usted dice, casi por completo londinense. Pero me imagino que su tiempo vale mucho, y que no nos hemos reunido para hablar del modelo de mis calcetines. ¿Qué le parece si dedicamos ya nuestra atención a ese documento que tiene usted en la mano?
No sé por qué, pero la verdad era que Holmes había hecho encrespar a nuestro visitante, cuya cara regordeta se había revestido de una expresión mucho menos simpática.
–¡Paciencia, míster Garrideb, paciencia! –dijo mi amigo en tono tranquilizador–. El doctor Watson podría decirle que estas pequeñas digresiones mías suelen a veces tener alguna influencia sobre los asuntos, como se demuestra al final. Pero ¿por qué razón no vino con usted míster Natham Garrideb?
–¿Y por qué razón tuvo él que meterle a usted en este asunto, digo yo?–preguntó nuestro visitante, con un súbito arrebato de ira– ¿Qué diablos tenía usted que ver en ello? Nos encontramos con un asunto puramente profesional entre dos caballeros, y uno de ellos se siente obligado a dar intervención a un detective. Esta mañana hablé con ese señor, y entonces él me expuso esta fea jugarreta que me ha hecho, y por esa razón he venido. Pero, a pesar de todo, la cosa me molesta bastante.
–La medida no significa nada en contra de usted, míster Garrideb. Fue inspirada simplemente por el interés que él tiene en alcanzar la finalidad que persigue; finalidad que, según tengo entendido, es de la misma vital importancia para ambos. Él sabía que yo dispongo de medios de conseguir informes y, por consiguiente, era muy natural que recurriese a mí.
La expresión irritada de nuestro visitante fue desapareciendo gradualmente, y dijo:
–Bien; mirado así, ya resulta distinto. Cuando esta mañana fui a visitarle y me dijo que había puesto el asunto en manos de un detective, me limité a pedirle la dirección de usted y vine hasta aquí directamente. Yo no quiero que la policía meta las narices en un asunto de carácter privado. Pero si usted está dispuesto a ayudarnos a encontrar a nuestro hombre, ningún daño puede haber en ello.
–Pues bien; así es como está planteado el asunto –dijo Holmes–. Y ahora, puesto que se encuentra usted aquí, lo mejor será que escuchemos de sus propios labios un relato claro. Mi amigo aquí presente desconoce detalles.
Míster Garrideb me examinó con mirada no demasiado amistosa.
–¿Hace falta que los conozca? –preguntó.
–Por lo general, él y yo trabajamos juntos.
–Bien, de todos modos no existe razón alguna ara que se mantenga en secreto. Le relataré a usted los hechos con toda la brevedad que me sea posible. Si usted procediese de Kansas no necesitaría explicarle quién era Alexander Hamilton Garrideb. Se hizo rico negociando en fincas y más tarde en la bolsa del trigo de Chicago, pero luego gastó su dinero comprando tantas tierras como las que abarca uno de los condados de Inglaterra. Esas tierras se hallan situadas a lo largo del río Arkansas, al oeste de Fort Dadge. Se trata de tierras de pastos, tierras de bosques, tierras cultivables y tierras de minerales; es decir, de tierras de todas las clases, que producen dólares a quien las posee en propiedad.
»Era un hombre que no tenía pariente alguno o, si los tenía, nunca supo de ellos. Pero sentía cierto orgullo de lo raro de su apellido. Eso fue lo que nos reunió. Me encontraba yo ejerciendo mi profesión en Topeka. Cierto día recibí la visita de un anciano que se sintió entusiasmado, como no es posible estarlo más, al encontrarse con otra persona que llevaba su mismo apellido. Constituía este detalle su capricho mayor, y se había empeñado en averiguar si existían en el mundo algunas otras personas del apellido Garrideb. “¡Encuéntreme otro Garrideb!”, me dijo. Le contesté que yo era hombre muy atareado y no podía pasarme la vida recorriendo mundo en busca de otros Garrideb. “Pues, sin embargo, eso es lo que hará usted si las cosas se desenvuelven tal y como las tengo pensadas”, me dijo. Creí que bromeaba, pero no iba a tardar en descubrir que sus palabras encerraban un profundo sentido.
»Aquel hombre falleció antes de un año de haberlas pronunciado y dejó al morir un testamento. En el Estado de Kansas no se había registrado hasta entonces testamento más original. Dividía sus propiedades en tres porciones, y una de ellas me correspondía a mí con a condición de que encontrase otros dos Garrideb para que se dividiesen el resto. La cosa andará por los cinco millones de dólares para cada uno de nosotros, más bien más que menos, pero no podemos tocarlos mientras no nos presentemos los tres en hilera.
»La oportunidad que se me presentaba era de tal cuantía, que abandoné mi clientela de hombre de leyes y me lancé a buscar a los Garrideb. En los Estados Unidos no hay uno solo de ese apellido. Le aseguro, señor, que empleé un peine fino, sin conseguir cazar uno solo. En vista de ello probé fortuna en el vicio país de origen. Encontré, desde luego, el apellido en la guía de teléfonos de Londres. Hace dos días me presenté al interesado y le expliqué todo el asunto. Pero se trata de un hombre soltero, como yo, con algunas mujeres emparentadas con él, pero sin ningún pariente varón. Ahora bien: el testamento dice que tienen que ser tres varones adultos. Ya ve usted, pues, que sigue habiendo una vacante. Si usted puede ayudarnos a llenarla, estaremos muy dispuestos a pagarle la factura.
–¿No le dije, Watson, que se trataba de un asunto fantástico? –me dijo, sonriente, Holmes–. Yo pensé, señor, que el recurso evidente consistía en que usted pusiese anuncios en las columnas de los periódicos destinados a anunciar hallazgos y pérdidas.
–Lo hice ya, míster Holmes, sin que nadie me haya contestado.
–¡Válgame Dios! ¡Pues si que se trata de un problemita por demás curioso! Podría dedicarle mi atención en algunos de mis momentos de ocio. A propósito, es curioso que usted proceda de Topeka. Yo tuve allí un corresponsal. Murió ya. Era el doctor Lysander Starr, que fue alcalde de aquella ciudad el año mil ochocientos noventa.
–¡El queridísimo doctor Starr! –exclamó nuestro visitante–. Todavía se sigue honrando su nombre. Bien, míster Holmes, supongo que lo único que nos queda por hacer es informarle a usted para tenerlo al corriente de nuestros progresos. Creo que recibirá noticias nuestras dentro de un par de días.
Después de darnos esta seguridad, el norteamericano nos saludó con una inclinación y se retiró.
Holmes había encendido su pipa, y permaneció algún tiempo con una curiosa sonrisa en su cara, hasta que yo le pregunté:
–¿Qué me dice?
–Me estoy preguntando, Watson, me estoy preguntando...
–¿Qué es lo que usted se pregunta?
Holmes se quitó la pipa de la boca.
–Me preguntaba, Watson, qué diablos se propone este individuo colocándonos toda esta sarta de mentiras. Casi estuve a punto de preguntárselo a él, porque en ocasiones la mejor táctica consiste en un brutal ataque de frente; pero preferí dejarle pensar que nos había hecho tragar sus embustes. Nos encontramos ante un hombre que viste una chaqueta inglesa desgastada en los codos, y pantalones con rodilleras de un año, y con todo eso, este documento y su propio relato nos asegura que se trata de un norteamericano de provincias que ha desembarcado recientemente en Londres. En las columnas de desaparecidos no se han publicado los anuncios que él dice. Ya sabe usted que a mi no se me pasa por alto nada en ellas. Son mi puesto de caza favorito para abatir pajarracos, y en manera alguna se me abría escapado un faisán macho como éste. En mi vida he oído yo hablar de un doctor Lysander Starr de Topeka. Por dondequiera que le he tanteado me resultó falso. Creo que el individuo es, en efecto, norteamericano. Pero sus años de residencia en Londres han limado su acento característico. ¿Qué juego se trae, pues, y qué móvil se esconde detrás de esta absurda busca de los Garrideb? La cosa merece que le dediquemos atención porque, aceptando que ese individuo es un bergante, no cabe duda de que es un bergante complejo e ingenioso. Vamos ahora a poner en claro si el otro corresponsal nuestro es también fraudulento. Hágame el favor de llamarlo por teléfono, Watson.
Así lo hice, y desde el otro extremo de la línea me contestó una voz débil y temblorosa:
–Sí, sí, yo soy míster Natham Garrideb. ¿Hablo con míster Holmes? Me agradaría mucho cambiar unas palabras con míster Holmes.
Mi amigo echó mano al aparato y yo escuché el diálogo, entrecortado, como es natural.
–Sí, ha estado aquí. Tengo entendido que usted no le conoce... ¿Desde cuándo...? ¡Sólo dos días...! Sí, sí, desde luego, la perspectiva es por demás atrayente. ¿Estará usted en casa esta noche? Y el otro Garrideb, ¿estará también? Perfectamente, iremos, porque me agradaría charlar con usted sin que él se hallase presente... El doctor Watson me acompañará. Me parece comprender por su carta que usted sale muy poco de casa. Bien, llegaremos a eso de las seis. No es necesario que le diga nada al abogado norteamericano. Perfectamente. Adiós.
Era la hora del crepúsculo, y hasta Little Ryder, una de las calles más pequeñas que arrancan de Edgware Road, a menos de un tiro de piedra al antiguo Tyburn Tree, de ominoso recuerdo, parecía dorado y maravilloso al recibir de soslayo los rayos del sol poniente. La casa misma a donde nosotros nos dirigimos era un edificio amplio, antiguo, de estilo de la primera época georgiana, con una fachada lisa de ladrillo, cortada únicamente por dos miradores profundos, situados en la planta baja. Nuestro cliente vivía en ésta y aquellas ventanas resultaron ser la parte delantera de una habitación espaciosa en la que se pasaba las horas en que no estaba acostado. Holmes me señaló, al pasar, la pequeña chapa de bronce en la que se leía el curioso apellido.
–Lleva ahí varios años, Watson –contestó, haciendo que yo me fijase en su descolorida superficie–. Sin embargo, es su verdadero apellido, y éste es un detalle que no debemos perder de vista.
La casa tenía una escalera general y en el vestíbulo estaban pintados cierta cantidad de nombres y apellidos, algunos de los cuales se referían a oficinas y otros a habitaciones particulares. No era aquello una colección de pisos destinados a vivienda de familias, sino más bien al refugio de solterones bohemios. Nuestro cliente nos abrió él mismo la puerta y se disculpó diciéndonos que la mujer que tenia a su servicio se retiraba a las cuatro de la tarde. Natham Garrideb resultó ser un hombre de elevada estatura, miembros laxos y espalda cargada, seco de rostro y calvo, de unos sesenta y tantos años de edad. Su rostro era cadavérico, con el cutis, de un color pálido y borroso, propio de hombre que nunca ha hecho ejercicio físico. Sus gafas, anchas y redondas, y su barbilla saliente de chivo, combinados con su actitud inclinada hacia delante, le daban una expresión de aguzada curiosidad. Sin embargo, la impresión general que producía era de hombre simpático, aunque excéntrico.
La habitación resultaba tan curiosa como su ocupante. Parecía un pequeño museo. Era ancha y de mucho fondo, con una cantidad de armarios y vitrinas alrededor, todas ellas llenas de muestras, unas geológicas y otras anatómicas. Vitrinas de mariposas y de polillas flanqueaban uno y otro lado de la puerta de entrada. En el centro de la habitación había una ancha mesa llena de toda clase de desperdicios, de entre los cuales surgía como un erizamiento el alto tubo de bronce de un poderoso microscopio. Al mirar a mí alrededor quedé sorprendido por la universalidad de las aficiones de aquel hombre. Aquí se veía una vitrina de monedas antiguas. Allí, un estante de instrumentos de pedernal. Detrás de la mesa central se alzaba un espacioso armario con huesos fósiles. En la parte superior había una hilera de cráneos de yeso que ostentaba debajo nombres como Neanderthal, Heildelberg, Cromagnon. Era evidente que aquel hombre se dedicaba al estudio de muchas materias. Ahora, en pie delante de nosotros, tenía en la mano derecha un trozo de piel de gamuza, con la que estaba abrillantando una moneda.
–De Siracusa... perteneciente al mejor período –nos explicó, mostrándonosla– Más adelante degeneraron muchísimo. En su momento de esplendor yo las considero magníficas, aunque algunos prefieran las producciones de la escuela de Alejandría. Míster Holmes, ahí encontrará usted una silla. Permítanme que quite antes estos huesos. Y usted, señor... ya caigo, doctor Watson, tenga la bondad de apartar a un lado el jarrón japonés. Aquí me ven ustedes en medio de las pequeñas aficiones de mi vida. Mi médico me sermonea porque no salgo jamás; pero ¿para qué necesito salir teniendo como tengo aquí tantas cosas que me atraen? Les aseguro que sólo para catalogar debidamente el contenido de una de esas vitrinas necesitaría mis buenos tres meses.
Holmes miró en torno suyo con curiosidad, y preguntó:
–Pero ¿va usted a decirme que no sale de aquí jamás?
–De cuando en cuando me hago llevar en coche hasta la casa de Sotheby o al establecimiento de Christie. Fuera de eso, rara vez abandono mi habitación. No soy demasiado fuerte, y mis investigaciones absorben mi atención por completo. Sin embargo, míster Holmes, ya puede usted imaginarse qué sorpresa terrible (agradable, pero terrible) fue para mí oír hablar de esa buena suerte incomparable. Sólo falta otro Garrideb para completar el asunto, y con toda seguridad que conseguiremos encontrarle. Yo tenía un hermano, pero murió, y las hembras están descalificadas en este caso. Pero con seguridad que tiene que haber otros de ese apellido en el mundo. Yo había oído hablar de que usted se hacía cargo de casos extraordinarios, y por esa razón me dirigí a usted. Desde luego, este caballero norteamericano me parece hombre serio y debí haberle consultado antes, pero mi intención fue obrar de la mejor manera posible.
–Creo que obró usted muy sabiamente –le dijo Holmes–. Pero ¿de verdad que siente verdaderos deseos de ser propietario de tierras en Norteamérica?
–De ninguna manera, señor. Nada sería capaz de inducirme a abandonar mi colección, señor. Pero este caballero me ha dado la seguridad de que así que dejemos sentados nuestros derechos, me comprara mi parte. Se habló de la suma de cinco millones de dólares. En este momento se ofrecen en el mercado una media docena de ejemplares que llenarían lagunas que hay en mí colección y que yo no puedo comprar por que me faltan algunos centenares de libras esterlinas. ¡Piense usted en todo lo que yo podría realizar con cinco millones de dólares! Tengo ya el núcleo necesario para formar una colección nacional. Seré conocido como el Hans Sloane de mi época.
Le brillaban los ojos tras los cristales de sus anchas gafas. Era evidente que Natham Garrideb no escatimaría esfuerzos para descubrir a otro hombre que llevase el mismo apellido.
–Vine con el exclusivo objeto de conocerle a usted, y no hay razón que justifique el que interrumpa sus estudios –dijo Holmes–. Prefiero siempre establecer contacto personal con las personas para quienes trabajo. Son muy pocas las preguntas que aún me quedan por hacerle, ya que llevo en el bolsillo el clarísimo relato que usted me envió, y he llenado los huecos que en él había aprovechando la visita de ese caballero norteamericano. He creído entender que usted ignoraba su existencia hasta esta misma semana.
–Así es, en efecto. Vino a visitarme el martes pasado.
–¿Le ha hablado de la entrevista que hoy tuvimos?
–Sí; vino derecho desde su casa. Antes se había irritado mucho.
–¿Qué razón tuvo para ello?
–Pareció creer que era poner en tela de juicio su respetabilidad. Pero cuando regresó venía muy alegre.
–¿Le indicó alguna norma de acción?
–No, señor; en absoluto.
–¿Recibió o le ha pedido a usted alguna suma de dinero?
–¡Jamás, señor!
–¿Usted no cree que él anda detrás de alguna cosa?
–No, señor; salvo lo que él me ha expuesto.
–¿Le anunció que nos habíamos dado cita por teléfono?
–Sí, señor; se lo dije.
Holmes se quedó meditando. Yo veía que estaba intrigado.
–¿Hay en su colección algunos ejemplares de gran valor?
–No, señor. No soy rico. Es una colección buena, pero no de precio extraordinario.
–¿Y no tiene usted miedo a los ladrones de casas?
–Ni muchísimo menos.
–¿Qué tiempo lleva usted ocupando estas habitaciones?
–Cerca de cinco años.
El interrogatorio de Holmes se vio interrumpido por un vigoroso aldabonazo en la puerta. No bien nuestro cliente abrió el pestillo, entró en el cuarto, presa de gran excitación, el abogado norteamericano.
–¡Ya lo tenemos! –exclamó, agitando por encima de la cabeza un periódico–. Me pareció que llegaría a tiempo. ¡Mil felicitaciones, míster Natham Garrideb! ¡Ya es usted rico, señor mío! Nuestro asunto ha terminado con toda felicidad y todo está en regla. En cuanto a usted, míster Holmes, sólo podemos decirle que lamentamos haberle molestado inútilmente.
Entregó el periódico a nuestro cliente, que se quedó de una pieza, mirando con ojos de asombro un anunciado que estaba marcado, Holmes y yo nos inclinamos hacia delante y leímos por encima de su hombro. He aquí lo que decía:


HOWARD GARRIDEB
CONSTRUCTOR DE MAQUINARIA AGRÍCOLA
Atadoras, cosechadoras, arados a vapor y
a mano, sembradoras mecánicas, rastrillos,
carros de granjeros, carros sin ballestas
y toda clase de herramental.
Presupuestos para pozos artesianos.
Dirigirse a los Edificios Grosvenor, Aston


–¡Magnífico! –exclamó, casi sin aliento, nuestro huésped–. Ya tenemos nuestro tercer hombre.
–Inicié investigaciones en Birmingham –dijo el norteamericano–, y el agente que tengo allí me ha enviado este anuncio que apareció en un diario de la localidad. Tenemos que darnos prisa y acabar el asunto. He escrito a este señor anunciándole que mañana, a las cuatro de la tarde, irá usted a visitarle en su oficina.
–¿Quiere usted que sea yo quien vaya a visitarle?
–¿Qué le parece a usted, míster Holmes? ¿No cree que sería lo más acertado? Me presento yo, por ejemplo, que soy un norteamericano que anda por el mundo, y cuento una historia maravillosa. ¿Por qué habría él de prestarme fe? Usted, en cambio, es un inglés que puede ofrecer sólidas referencias, y él no tiene más remedio que tomar en consideración lo que le cuente. Yo no tendría inconveniente en ir con usted, si así lo desea; pero da la coincidencia de que mañana es un día en que he de andar ocupadísimo, y siempre estaría a tiempo de visitarle otro día, si usted encontraba alguna dificultad.
–La verdad es que no he hecho un viaje así desde hace muchos años.
–Es una cosa de nada, míster Garrideb. Yo he calculado ya su horario. Sale usted de aquí a las doce, para llegar poco después de las dos. Puede regresar la noche misma. No tiene que hacer otra cos que entrevistarse con ese hombre, explicarle el asunto y conseguir una fe de vida oficial de su existencia. ¡Por vida de... –agregó acaloradamente–, que si tiene en cuenta que yo he venido desde el centro de los Estados Unidos, no supone gran cosa el que usted se desplace un par de cientos de quilómetros para dar cima a este asunto!
–Muy exacto –dijo Holmes– Creo que lo que este caballero dice es muy cierto.
Míster Natham Garrideb se encogió de hombros con expresión de desconsuelo, y contestó:
–Bien, si usted insiste no tendré más remedio que ir. Desde luego que parece duro el que yo le niegue nada, teniendo en cuenta las magníficas esperanzas que usted ha aportado a mi vida.
–Asunto concluido, entonces –dijo Holmes–, y no deje de informarme del resultado lo antes que pueda.
–De eso me cuidaré yo –dijo el norteamericano.
Luego agregó, mirando su reloj:
–Bueno, tengo que retirarme. Mañana vendré a visitarle, míster Natham, y estaré a su lado hasta verle en camino para Birmingham. ¿Viene usted en mi misma dirección; míster Holmes? Pues entonces, adiós, y quizá tengamos buenas noticias que comunicarle mañana por la noche.
Me fije en que el rostro de mi amigo se despejó cuando el norteamericano salió de la habitación. Había desaparecido del mismo la expresión de meditabunda perplejidad.
–Míster Garrideb –dilo Holmes–, me agradaría asar revista a su colección. En la profesión mía resultan de pronto útiles los conocimientos más raros, y esta habitación suya parece almacenarlos en abundancia.
La satisfacción iluminó el rostro de nuestro cliente y sus ojos brillaron detrás de los gruesos cristales.
–Siempre oí decir, señor, que es usted un hombre muy inteligente –contestó–. Podría mostrársela ahora mismo si dispone de tiempo.
–Por desgracia, no dispongo de él. Pero todos estos ejemplares están etiquetados y clasificados de una manera tan perfecta que casi resultan innecesarias las explicaciones de usted. Si yo dispusiese de tiempo mañana, ¿habría algún inconveniente en que viniese por aquí a echar una ojeada a todo esto?
–Absolutamente ninguno. Me dará usted una viva satisfacción. Como es natural, esto estará cerrado, pero mistress Saunders permanece en la planta baja hasta las cuatro de la tarde, y le abrirá con su llave.
–Muy bien. Da la casualidad que mañana por la tarde estoy libre, de manera que bastará con que usted diga unas palabras a mistress Saunders. A propósito, ¿de qué agencia de alquileres de ende esta casa?
Nuestro cliente se quedó asombrado al oír aquella pregunta y contestó:
–Holloway y Steele, establecidos en Edgware Road. ¿Por qué lo pregunta?
–Pues porque también yo tengo algo de arqueólogo en lo que se refiere a casas –dijo Holmes, riendo–. Estaba preguntándome si ésta es estilo reina Ana o estilo rey Jorge.
–Rey Jorge, sin duda alguna.
–¿De verdad? Yo pensé que sería algo anterior. Pero es cosa fácil de comprobar. Bien, míster Garrideb, adiós, y ojalá tenga éxito completo en su viaje a Birmingham.
La agencia de alquileres estaba allí cerca, pero nos encontramos con que habían cerrado ya, por lo que regresamos a la calle Baker. Hasta después que terminamos de cenar no volvió Holmes a tocar aquel asunto.
–Nuestro pequeño problema se acerca a su desenlace –dijo–. No me cabe duda de que usted se habrá trazado ya la solución en su cerebro.
–No le encuentro ni pies ni cabeza.
–La cabeza está, sin duda, bastante clara, y los pies se los veremos mañana. ¿No advirtió usted nada raro en aquel anuncio?
–Una falta de ortografía.
–¡Ah!, ¿sí? ¿Se fijó usted en eso? Vaya, Watson; sigue usted progresando sin cesar. Sí, señor. Está mal escrita por un inglés, pero bien para escrito por un norteamericano. El cajista lo compuso tal y como se lo enviaron. Tenemos luego los carros sin ballesta, que son una cosa norteamericana. También los pozos artesianos son más corrientes allí que aquí. En resumen: un típico anuncio norteamericano que pretende ser el de una firma inglesa. ¿Qué saca usted en consecuencia?
–Lo único que se me ocurre pensar es que quien lo puso fue el mismo abogado norteamericano. Lo que no acierto a adivinar es con qué finalidad hizo eso.
–Pues verá: caben diversas explicaciones. Pero, en todo caso, lo que él quiere es que este viejo fósil se marche a Birmingham. Eso salta a la vista. Yo podía haberle dicho que iba a perder el tiempo; pero, pensándolo mejor, creí que sería conveniente dejar limpio el escenario no impidiéndole que se marchase. El día de mañana, Watson, bueno, el día de mañana dirá por sí mismo lo que tiene que decir.

Holmes se levantó y salió temprano de casa. Cuando regresó a la hora del almuerzo, advertía que traía expresión muy seria.
–Watson, estamos ante un asunto más grave de lo que yo creí –me dijo–. Es un acto de honradez anunciárselo, aunque me consta que no encontrará en ello sino una razón mas para no correr el peligro de perder la cabeza. Yo tengo motivos de conocer ahora a mi Watson. Pero existe peligro, y es justo que lo sepa.
–Bueno, Holmes, pero no es el primero que hemos corrido juntos. Y espero que tampoco será el último. ¿Cuál es el peligro característico en esta ocasión?
–Nos encontramos ante un caso muy duro de pelar. He logrado identificar a míster John Garrideb, consejero legal. No es otro que Evans el Asesino, de fama siniestra y criminal.
–Con eso me quedo como estaba.
–Claro. ¡Cómo que no entra dentro de los deberes de su profesión llevar en su memoria un calendario portátil de la cárcel de Newgate! Fui a entrevistarme en el Yard con mi amigo Lestrade. Quizá anden allí en ocasiones algo escasos de intuición imaginativa, pero van por delante del mundo en cuanto a trabajar a conciencia y con método. Se me ocurrió que quizá sus archivos nos pusiesen sobre la pista de nuestro amigo el norteamericano. Y, ¡cómo no!, descubrí su cara regordeta en la galería de retratos de maleantes, con una inscripción debajo, que decía: «James Winter, alias Morecroft, alias Evans el Asesino» –Holmes sacó un sobre del bolsillo y dijo–: Tomé algunas notas de su expediente. Tiene cuarenta y cuatro años. Nació en Chicago. Consta que mató a tiros a tres hombres en los Estados Unidos. Se salvó de ir a presidio porque mediaron influencias políticas. Vino a Londres el año mil ochocientos noventa y tres. Por cuestiones de juego hirió de bala a un hombre en un club nocturno de Waterloo Road, el año mil ochocientos noventa y cinco. El agredido murió, pero había sido el provocador de la riña. El muerto resultó ser Rodger Prescott, famoso falsificador y monedero falso de Chicago. Evans el Asesino salió en libertad el año mil novecientos uno. De entonces acá ha estado sometido a vigilancia por la policía, pero ha llevado, por lo visto, una vida normal. Es hombre muy peligroso, suele andar siempre con armas encima, y dispuestos a emplearlas. Ese es nuestro pajarraco, Watson; un pajarraco peligroso, como no podrá usted menos de reconocerlo.
–Pero ¿qué juego es el que se trae?
–La verdad es que ya empieza a definirse. He ido a visitarla agencia de alquileres. Nuestro cliente, según él mismo nos dijo, lleva allí cinco años. La casa estuvo desalquilada durante un año, antes que él la tomase. El inquilino anterior era todo un caballero, de apellido Waldrom. En la agencia recordaban perfectamente los rasgos físicos de Waldrom. Desapareció de pronto y nada volvió a saberse de él. Era alto, barbudo, de cara muy morena. Pues bien: Prescott, el individuo al que Evans el Asesino acribilló a balazos, era, según lo describen en Scotland Yard, alto, moreno, barbudo. Creo que podemos tomar como hipótesis de trabajo el hecho de que Prescott, el delincuente norteamericano, vivía en la mismísima habitación que ahora dedica a museo nuestro cándido amigo. Y ya tenemos, por fin, un eslabón, ¿verdad?
–¿Y el eslabón siguiente?
–Vamos andando, porque ése es el que ahora tenemos que descubrir.
Agarró el revólver que tenía en un cajón y me lo entregó.
–Yo me llevo el viejo revólver favorito mío. Tenemos que ir preparados, por si nuestro amigo del salvaje Oeste quiere estar a la altura de su apodo. Le concederé una hora para dormir la siesta, Watson, y creo que llegaremos a tiempo para nuestra aventura de la calle Ryder.
Eran las cuatro de la tarde cuando llegamos al curioso departamento de Natham Garrideb. La encargada, mistress Saunders, estaba a punto de marcharse, pero no vaciló en recibirnos, porque la puerta tenía cerradura de resorte Holmes le prometió que él se cuidaría de que todo quedase bien cerrado antes de marcharnos. Poco después oímos cerrarse la puerta exterior, vimos cruzar por delante del mirador el sombrero de la encargada, y nos dimos cuenta de que estábamos solos en el piso bajo de la casa. Holmes procedió a un examen rápido del local. Había en un rincón oscuro un armarlo que sobresalía un poco de las paredes, y detrás del mismo nos agazapamos por fin, mientras Holmes me esbozaba sus propósitos cuchicheando:
–Lo que él buscaba era que nuestro bondadoso amigo dejase libre el cuarto. Eso es evidente; pero como el coleccionista no se ausentaba nunca, tuvo que armar una martingala. Todo este cuento de los Garrideb no ha tenido, por lo que se ve, otra finalidad. No tengo más remedio que reconocer, Watson, que hay en todo ello una endiablada habilidad, aun admitiendo que ese raro apellido del inquilino le brindaba una oportunidad como él no podía esperar. Urdió su complot con gran astucia.
–Pero ¿con qué objeto?
–Para descubrirlo estamos allí. No tiene absolutamente nada que ver con nuestro cliente, tal como yo veo la situación. Es algo que se relaciona con el individuo al que asesino, y que era quizá compinche suyo en delincuencia. Dentro de esta habitación hay algún secreto criminal. Así es como yo veo el problema. Pensé al principio que quizá nuestro amigo tenía entre las piezas de su colección alguna de mucho mayor valor de lo que él se imaginaba; algo digno de atraerla atención de un delincuente de alto bordo. Pero el hecho de que Roger Prescott, de ominoso recuerdo, haya ocupado estas habitaciones, parece indicar que existe alguna razón de más peso. Bueno, Watson, el único recurso que nos queda es el de armarnos de paciencia y esperar a ver qué nos traen las horas.
La hora que esperábamos no tardó mucho en sonar. Al oír que la puerta exterior se abría y se cerraba nos apretujamos aún más en la sombra. Se oyó luego el ruido agudo y metálico de una llave que funcionaba, y en seguida entró el norteamericano en el cuarto. Cerró tras él la puerta con mucho tiento, dirigió una mirada a su alrededor para cerciorarse de que no había peligro, se quitó rápidamente el gabán y se dirigió hacia la mesa central con la decisión de un hombre que sabe muy bien lo que tiene que hacer y de qué manera tiene que hacerlo. Apartó a un lado la mesa, arrancó la alfombra cuadrada sobre la que aquella descansaba, la enrolló del todo hacia atrás y, acto continuo, sacó del bolsillo una llave de destornillar. De pronto escuchamos el ruido de tablas que se deslizaban, y un instante después quedaba a la vista, en el suelo, una abertura de boca cuadrada. Evans el Asesino encendió una cerilla, la aplicó a un trozo de vela y desapareció de nuestra vista.
Era evidente que había llegado el momento nuestro. Holmes me tocó la muñeca como advertencia, ambos avanzamos furtivamente hacia la puerta abierta de la trampa. Sin embargo, por muy suavemente que lo hicimos, el viejo entarimado debió de crujir bajo nuestros pies, porque súbitamente surgió del espacio abierto la cabeza del norteamericano, que atisbaba con ansiedad por todas partes. Su rostro tuvo un relampagueo de furor chasqueado al vernos; ese furor se fue suavizando gradualmente hasta convertirse en sonrisa avergonzada al darse cuenta de que había dos pistolas apuntándole a su cabeza. Entonces, y mientras se encaramaba a la superficie, dijo fríamente.
–¡Vaya, vaya! Veo, míster Holmes, que usted me ha podido. Me imagino que adivinó mi juego desde el principio y que me ha manejado como a un bobalicón. Bien, señor, suya es la partida. Usted me ha vencido y...
Fue cosa de un instante para aquel hombre el sacar de un tirón el revólver que llevaba en el pecho y hacer dos disparos. Yo sentí una súbita quemazón en el muslo, como si hubiesen oprimido contra el mismo un hierro al rojo. Se oyó acto continuo un crujido, al chocar con fuerza la pistola de Holmes en la cabeza de aquel hombre. Pasó por mis ojos la visión del agresor despatarrado en el suelo, corriéndole la sangre por la cara, mientras Holmes le registraba para quitarle las armas. Acto continuo, los brazos vigorosos de mi amigo me rodearon y me condujo rápidamente, con el mayor cuidado hasta una silla.
–¿Está usted herido, Watson? ¡Por amor de Dios, dígame inmediatamente, de verdad, que no está herido!
El descubrir todo el caudal de amor y lealtad que se escondían detrás de la fría máscara de Holmes, bien valía una herida; bien valían muchas heridas. Aquellos ojos claros y duros se nublaron en un instante, y sus firmes labios se pusieron a temblar. Por una sola vez tuve yo la rápida visión de un corazón grande, y también de un gran cerebro. Todos mis años de servicios humildes sin reciprocidad culminaron en aquel instante revelador.
–No es nada, Holmes. Un simple rasguño.
Ya él había rasgado mi pantalón con su navajita, y exclamó, dejando escapar un inmenso suspiro de alivio:
–Tiene usted razón. Es todo totalmente superficial.
Su cara adquirió dureza de pedernal al mirar con ojos centelleantes a nuestro prisionero, que estaba sentado delante de nosotros, con expresión de atontamiento.
–Vive Dios, que es una suerte para usted. Si hubiese matado a Watson, no habría salido vivo de este cuarto. Y ahora veamos, caballero, ¿qué tiene usted que decir, respecto al particular, en favor suyo?
Nada tenía que decir en favor suyo. Siguió donde estaba, refunfuñando. Me apoyé en el brazo de Holmes, y ambos nos asomamos a mirar en el interior del pequeño sótano que había quedado al descubierto una vez que se levantó el secreto escotillón. Lo iluminaba todavía la luz de la vela que Evans llevaba encendida cuando descendió al mismo. Nuestros ojos descubrieron un montón de maquinaria oxidada, grandes rollos de papel, un revoltijo de botellas y cierta cantidad de pequeños y limpios paquetes, dispuestos con mucho esmero sobre una mesita.
–Una máquina de imprimir y todo el herramental empleado por un hábil monedero falso –dijo Holmes.
–En efecto, señor –dijo nuestro prisionero, poniéndose en pie tambaleando y con dificultad, para luego dejarse caer en el sillón–. El falsificador más grande que Londres conoció jamás. Ésa es la maquinaria de Prescott y esos fajos de encima de la mesa son dos mil billetes fabricados por él. Dos mil billetes de cien libras cada uno, que pasaran en cualquier parte. Sírvanse ustedes de ellos, señores. Acepten el negocio y dejen que yo me largue lo más pronto posible.
Holmes se echó a reír.
–Míster Evans, nosotros no hacemos esa clase de negocios. No hay para usted agujero de escape en este país. Usted baleó a ese tal Prescott, ¿no es así?
–Sí, señor, y lo pague con cinco años, aunque él fue el primero que disparó sobre mí. Cinco años, cuando debieron darme una medalla del tamaño de un plato sopero. No había ser viviente capaz de distinguir un billete de Prescott de un billete del Banco de Inglaterra, y de no haberlo yo liquidado habría inundado todo Londres con sus billetes. Yo era la única persona en el mundo que sabía dónde los fabricaba. ¿Se admiran ustedes ahora de que quisiese entrar aquí? ¿Cabe admirarse de que, al tropezar con ese maniático bobalicón, cazador de escarabajos, de apellido tan raro, además, y que no salía nunca de su habitación, me las ingeniase para sacarlo de aquí? Quizás hubiese obrado mejor quitándomelo definitivamente de en medio. La cosa habría sido fácil, pero yo soy un sentimental, incapaz de apretar el gatillo, a menos que el otro lleve un arma encima. Pero veamos, míster Holmes: ¿qué es lo que yo he hecho de malo, en resumidas cuentas? Yo no he hecho uso de esta instalación. Tampoco he agredido a ese viejo sabihondo. ¿De qué me acusan?
–Únicamente de intento de asesinato, por lo que estoy viendo –dijo Holmes–. Pero ése no es asunto nuestro. Eso lo decidirán en la próxima etapa. Lo que nosotros buscábamos ahora era su simpática persona. Watson, hágame el favor de llamar por teléfono a Scotland Yard. No les tomará por completo de sorpresa la llamada que usted haga en estos momentos.
Tales fueron, pues, los hechos referentes a Evans el Asesino y a su genial invención de los tres Garrideb. Más tarde nos enteramos de que nuestro pobre y anciano amigo no se recobró nunca de la dolorosa sorpresa de ver deshacerse sus ensueños. Cuando se derrumbó aquel su castillo de aire, lo sepultó entre sus ruinas. La última noticia que de él tuvimos fue que se encontraba en un sanatorio de Brixton. Día alegre fue en Scotland Yard aquel en que se descubrió el herramental de Prescott. Conocían su existencia, pero nunca consiguieron averiguar, después de la muerte de aquel individuo, el sitio en que se encontraba. A decir verdad, Evans había realizado un gran servicio y hecho que varios dignos funcionarios del CID durmiesen con sueño más tranquilo, porque el falsificador de moneda constituye por sí solo un peligro público. Muy gustosos le habían suscrito para aquella medalla de tamaño de un plato sopero a que había hecho alusión el criminal. Pero el tribunal que le juzgo no supo apreciar el mérito y miró las cosas desde un punto de vista menos favorable, devolviendo al Asesino a las oscuras sombras de donde acababa de salir.





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