Sherlock Holmes opinó siempre que yo debía publicar los hechos rarísimos relacionados con el profesor Presbury, aunque sólo fuesen para disipar de una vez para siempre todos aquellos feos rumores que hará veinte años trajeron la revuelta a la Universidad y hallaron eco en las sociedades doctas de Londres. Pero surgieron determinados obstáculos y la auténtica historia de este curioso caso permaneció sepultada en la cala de hojalata que encierra tantos relatos de las aventuras de mi amigo. Pero al fin hemos logrado la autorización necesaria para airear los hechos de uno de los últimos casos en que intervino Holmes antes de retirarse de sus actividades profesionales. Hoy mismo, es preciso dar pruebas de cierta reserva y discreción al exponer ante el público el asunto.
Fue durante la velada de un domingo de principios de septiembre del año 1903 cuando recibí uno de los lacónicos mensajes de Holmes:
»Venga inmediatamente si no hay algún obstáculo, y no deje de venir aunque lo haya.
Nuestras relaciones mutuas en esa última etapa eran muy especiales. Holmes era hombre de rutinas, de rutinas limitadas y concentradas; yo era una de esas rutinas suyas. Como institución, era yo igual que el violín, el tabaco fuerte de hebra, la vieja pipa ennegrecida, los volúmenes de índices y otras menos disculpables quizá. Cuando se trataba de casos que requerían moverse activamente y en los que se necesitaba un compañero en cuyo temple podía él confiar hasta cierto punto, mi papel saltaba a la vista. Pero, aun fuera de esos aspectos, yo le servía. Yo era la piedra de afilar en la que se aguzaba su inteligencia. Yo le estimulaba. Le gustaba pensar en voz alta estando yo delante. No se podía decir que sus observaciones iban dirigidas a mí (muchas de ellas podían ir dirigidas lo mismo que a mí a su cama); pero, una vez adquirida la rutina, le agradaba hasta cierto punto que yo tomase nota y que interviniese. Si esa especie de lentitud metódica de mi mentalidad le irritaba, esa irritación servía únicamente para que sus llamaradas de intuición y sus impresiones estallasen con mayor viveza y rapidez. Ése era el humilde papel mío en nuestra alianza.
Cuando llegué a Baker Street me lo encontré hecho una pelota en su sillón, con las rodillas en alto, la pipa en la boca y el ceño surcado de meditaciones. Era evidente que se hallaba en las torturas de algún molesto problema. Me señaló con un vaivén de la mano mi viejo sillón; fuera de eso, no dio durante media hora señales de que advirtiese que yo estaba allí. De pronto, con un respingo, pareció arrancarse de sus ensoñaciones, y acompañando sus palabras con la extraña sonrisa que le era habitual, me dio la bienvenida a la que había sido en tiempo mi casa, diciendo:
–Mi querido Watson, sabrá usted disculpar este ensimismamiento mío. En las últimas veinticuatro horas han sido sometidos a mi consideración algunos hechos curiosos, y éstos han dado origen a su vez a determinadas meditaciones de carácter más general. Estoy pensando seriamente en escribir una pequeña monografía acerca de los usos de los perros en las tareas de los detectives.
–Mire, Holmes, ése es un tema que ha sido ya explorado. Los sabuesos, los podencos... –le contesté yo.
–No, no es eso, Watson; desde luego, ese aspecto del problema es evidente. Pero existe otro mucho más útil. Quizá recuerde usted que en el caso que usted con sus métodos sensacionalistas, ligó con las Hayas Cobrizas, conseguí, estudiando el alma del niño, deducir los hábitos criminales del muy relamido y respetable padre.
–Sí; lo recuerdo bien.
–La dirección de mis pensamientos respecto a los perros es análoga. El perro refleja la vida de la familia. ¿Quién vio nunca un perro retozón en una familia tristona, o un perro melancólico en una familia feliz? Las personas gruñonas y agresivas tienen perros gruñones y agresivos, las personas peligrosas tienen perros peligrosos. Quizás en las alteraciones de los humores de los perros se refleja la diversidad de humores de sus amos.
Yo moví la cabeza con fuerte expresión de duda, y dije:
–Me parece, Holmes, que eso es traer las cosas por los pelos.
Mi amigo volvió a llenar la pipa y a sentarse en su sillón, sin darse por enterado de mi comentario.
–La aplicación práctica de eso que acabo de decir tiene relación estrecha con el problema que estoy investigando. Compréndame. Es una madeja muy enredada y busco un cabo suelto. Quizás ese cabo está en la pregunta: ¿por qué Roy, el fiel perro lobo del profesor Presbury, se lanza a morderle?
Me recosté en el respaldo de mi sillón, algo desilusionado. ¿Para resolver un problema tan fútil como éste me había sacado de mis ocupaciones? Holmes me miró, y me dijo:
–¡Siempre el mismo, viejo Watson! Jamás comprenderá usted que los más graves problemas pueden depender de las cosas más insignificantes. Pero, ¿no resulta extraño, así, al pronto, que un fisiólogo ecuánime y anciano (me imagino que habrá usted oído hablar de Presbury, el célebre fisiólogo de Cambord); resulta extraño, digo, que un hombre así, que ha tenido siempre a su perro lobo como el más adicto de sus amigos, se haya visto estos días acometido por él dos veces? ¿Qué saca usted en consecuencia?
–Que el perro está enfermo.
–Sí, también eso hay que tomarlo en cuenta. Pero el hecho es que el perro no acomete a nadie más, y que por lo visto tampoco molesta a su amo, sino en circunstancias muy especiales. Es curioso, Watson, muy curioso. Si quien llama ahora al timbre es el joven míster Bennett, llega con adelanto sobre la hora de la cita.
Oyéronse pasos rápidos en la escalera, llamaron con golpes vivos en nuestra puerta, y un instante después se presentó nuestro cliente. Era un joven alto y bello, de unos treinta años, bien vestido y elegante, pero con un algo en su porte que hacia pensar mas bien en la cortedad de un estudioso que en el aplomo de un hombre de mundo. Cambió un apretón de manos con Holmes y luego me miró a mí con cierta sorpresa...
–Míster Holmes, este es un asunto muy delicado. Tenga en cuenta cuáles son mis relaciones, tanto las privadas como las públicas, con el profesor Presbury. No creo que tenga justificación el que yo hable delante de una tercera persona.
–Nada tema, míster Bennett. El doctor Watson es la esencia misma de la discreción y le aseguro que es muy probable que yo tenga que necesitar un colaborador en este asunto.
–Como usted guste, míster Holmes. Estoy seguro de que se le alcanzará a usted el que yo adopte ciertas reservas en el asunto.
–Usted comprenderá, Watson, si le digo que este caballero, míster Trevor Bennett, es ayudante profesional del gran hombre de ciencia, que vive bajo su mismo techo, y que es novio oficial de su hija. Tenemos, Pues, que convenir en que el profesor tiene todos los títulos para contar con su lealtad y su adhesión. La mejor manera de demostrársela es dar los pasos necesarios para poner en claro este extraño misterio.
–Así lo espero, míster Holmes. Eso es lo que me propongo. ¿Conoce el doctor Watson el estado de cosas?
–No tuve tiempo de explicárselo.
–Pues entonces, quizá sea preferible que yo vuelva otra vez sobre el tema, antes de pasar a exponer algunas novedades ocurridas.
–Me encargaré de ello yo mismo –dijo Holmes–, para demostrarle de ese modo que recuerdo los lechos en su orden debido: El señor profesor es hombre que goza de fama europea, Watson. Toda su vida ha transcurrido dentro de las normas tradicionales. Nunca dio ocasión en ella ni a un asomo de escándalo. Es viudo y tiene una sola hija, Edith. Según tengo entendido, es hombre de temperamento viril y enérgico, casi pudiéramos decir combativo. Tal era la situación hace algunos meses... Entonces y de pronto varió la corriente de su vida. A pesar de que tiene sesenta y un años, se comprometió para casarse con la hija del profesor Morphy colega suyo en la cátedra de Anatomía Comparada. Según creo, no fue el suyo un enamoramiento razonado, propio de un hombre de su edad, sino más bien el cortejo apasionado de un joven. Nadie habría sido capaz de conducirse como novio más ferviente. La dama, Alice Morphy, era tanto en lo físico como en lo espiritual, una muchacha toda perfecciones, de modo que ese ciego enamoramiento podía excusarse desde todo punto de vista. Sin embargo, no halló buena acogida en la propia familia del interesado.
–Nos pareció algo desmedido –comentó nuestro visitante.
–Exactamente. Desmedido y algo violento y fuera de lo normal. Pero el profesor Presbury era hombre rico y el padre de la novia no hizo objeción alguna. Sin embargo, la hija tenía otras ideas, existiendo ya varios candidatos a su mano; éstos, aunque no eran tan aceptables desde el punto de vista mundano, eran por lo menos, de una edad más aproximada a la de la joven. A ésta parecía agradarle el profesor, a pesar de sus excentricidades, y el único inconveniente que le encontraba era el de la edad... Por ese tiempo, un pequeño misterio vino de pronto a nublar la rutina corriente de la vida del profesor. Hizo lo que jamás ha hecho. Abandonó su casa sin dejar indicación alguna acerca de su paradero. Permaneció ausente quince días y al regresar parecía venir muy cansado del viaje. No aludió para nada a sus andanzas, aunque era por lo común hombre de extraordinaria franqueza. Ocurrió, sin embargo, que míster Bennett, aquí presente, recibió carta de un compañero de estudios que estaba en Praga y en ella le informaba que había visto allí al profesor Presbury, aunque no había podido hablar con él. Únicamente así pudieron las personas que vivían con el profesor saber dónde había estado. Y ahora llegamos al asunto. De entonces acá se realizó en el profesor un cambio curioso. Se convirtió en hombre furtivo y disimulado. Las personas que lo rodeaban vivían ahora bajo la sensación de que aquél no era el hombre que ellas habían conocido, y que vivía bajo alguna sombra que entenebrecía sus elevadas cualidades. Su inteligencia no fue afectada. Sus conferencias seguían siendo tan brillantes como de costumbre. Pero siempre se advertía la existencia de algo nuevo, de algo siniestro e inesperado. Su hija, que sentía el mayor afecto hacia él intentó una vez y otra reanudar las relaciones de antes penetrar en aquella máscara que parecía haberse puesto su padre. Usted, señor, según tengo entendido, obró de la misma manera; pero todo en vano. Y ahora, míster Bennett, explique con sus propias palabras el incidente de las cartas.
–Debe usted saber, doctor Watson, que el profesor no tenía secretos para mí. Ni aunque hubiese sido su hijo o un hermano suyo más joven, habría yo podido gozar de manera más completa de sus confidencias. Como secretario suyo, pasaban por mí mano todos los documentos que llegaban para él, y tenía el encargo de abrir y de clasificar las cartas que recibía. Todo eso cambió a poco de su regreso. Me dijo que recibiría de Londres algunas cartas que vendrían señaladas con una cruz debajo del sello de correos. Esas cartas debía yo ponerlas a un lado, porque sólo él tenía que leerlas. En efecto, pasaron por mis manos varias cartas de esa clase, que traían la marca E. C. y estaban escritas con letra de persona inculta. Si el profesor contestó a ellas, las respuestas en todo caso no pasaron por mis manos, ni fueron a parar al cestillo de las cartas en las que se recoge la correspondencia.
–Explique también lo de la caja –dijo Holmes.
–Ah, sí, la caja. El profesor se trajo al regresar de sus viajes una cajita de madera. Era la única cosa que hacia pensar en que él había viajado por el continente, porque es uno de esos curiosos trabajos tallados que uno asocia con la imagen de Alemania. Esta cajita la colocó en su vitrina del instrumental. Cierto día, buscando yo una cánula, eché mano a la caja. Con gran sorpresa mía, esto puso furioso al profesor, que me reprendió con palabras completamente duras por mi curiosidad. Era la primera vez que ocurría semejante cosa y aquello me hirió profundamente. Intenté hacerle comprender que yo había tocado la caja por pura casualidad, pero tuve conciencia durante toda la velada de que el profesor me miraba con aspereza y que el incidente aquel estaba enconado en su alma.
Bennett sacó del bolsillo un pequeño libro Diario, y dijo:
–Esto ocurrió el día dos de julio.
–Serviría usted desde luego para testigo de una manera admirable –dijo Holmes–. Quizá me sean necesarias algunas de esas fechas que usted ha anotado.
–Entre otras cosas que yo he aprendido de mi gran maestro, figura esa del método. Desde el momento en que observé una anormalidad en su conducta, me pareció que era un deber mío estudiar su caso. Por eso tengo aquí anotado que fuese en ese mismo día, dos de julio, cuando Roy acometió al profesor, al salir éste de su despacho al vestíbulo. El día once de julio se repitió una escena por el mismo estilo, y aún tengo anotada otra más: el día veinte de julio. Después de esta fecha tuvimos que confinar a Roy en las caballerizas. Se trata de un animal encantador y muy cariñoso; mucho me temo que les estoy cansando a ustedes.
Bennett dijo estas palabras en tono de censura, porque saltaba a la vista que Holmes no prestaba atención. Tenía la cara rígida y sus ojos miraban distraídos el cielo raso. Volvió en sí haciendo un esfuerzo y murmuró:
–¡Muy extraño, por lo demás extraño! –murmuró Holmes–. Estos detalles son nuevos para mí, míster Bennett. Creo que con esto hemos repasado bien todo lo anterior, ¿verdad? Usted habló antes de nuevas incidencias.
La cara agradable y sincera de nuestro visitante se ensombreció, y como si la nublara algún recuerdo desagradable, dijo:
–Esto de que voy a hablar ocurrió anteanoche. Estaba yo acostado y despierto a eso de las dos de la madrugada, cuando percibí, como si llegara del pasillo, un ruido apagado y blando. Abrí la puerta y miré. Debo decir que el profesor duerme al final del pasillo...
–¿La fecha de eso fue...? –preguntó Holmes.
Nuestro visitante se mostró claramente molesto ante una interrupción tan extemporánea.
–He dicho ya que eso ocurrió anteanoche, es decir, el cuatro de septiembre.
Holmes asintió con la cabeza y se sonrió, agregando:
–Por favor, siga usted.
–Duerme, como digo, al final del pasillo, y para llegar hasta la escalera tenía que cruzar por delante de mi puerta. Míster Holmes, aquella fue una experiencia aterradora. Yo me tengo por tan bien templalo de nervios como cualquiera, pero lo que vi me consternó. El pasillo estaba a oscuras, sin más luz que la mancha luminosa de una ventana situada hacia la mitad del mismo. Me di cuenta de que por el pasillo avanzaba algo, algo oscuro y que caminaba como reptando. De pronto apareció dentro de la mancha de luz, y vi que era él. ¡Reptaba, míster Holmes, reptaba! No caminaba totalmente sobre manos y rodillas. Yo diría que caminaba más bien sobre sus manos y sus pies, con la cara hundida entre aquéllas. Sin embargo, parecía moverse con facilidad. La vista de aquello me paralizó de tal manera que no pude salir y preguntarle si podía servirle en algo hasta que él llegó a mi puerta. Su reacción fue extraordinaria. Se irguió de golpe, me escupió algunas frases horrendas, pasó corriendo por delante de mí y bajó por la escalera. Esperé cosa de una hora, pero él no regresó. Debió de hacerlo cuando ya había amanecido.
–¿Qué saca usted de todo esto, Watson? –preguntó Holmes con aires de patólogo que presenta un ejemplar raro.
–Quizás un lumbago. He conocido un caso fuerte de esta enfermedad que obligó a un hombre a caminar así. No hay cosa que más irrite el genio.
–¡Bien, Watson! Usted nos obliga siempre a permanecer con los pies pegados al suelo. Pero en este caso no hay manera de conformarse con el lumbago, ya que le fue posible erguirse en un momento.
–Jamás fue mejor su salud –dijo Bennett–; a decir verdad, en muchísimos años no le he visto tan fuerte como ahora. Ahí tiene usted los hechos, míster Holmes. No es éste un caso como para consultar con la Policía, pero lo cierto es que estamos completamente desorientados sobre lo que ha que hacer, y tenemos una especie de barrunto de que vamos a parar a un desastre. Edith, es decir, miss Presbury, participa del criterio mío de que ya no podemos seguir esperando pasivamente.
–Desde luego que es caso rarísimo y muy sugestivo. ¿Qué opina usted, Watson?
–Hablando en mi calidad de médico –le contesté–, yo diría que es un caso para que intervenga en él un alienista. Ese noviazgo perturbó los procesos cerebrales del anciano. Viajó por el extranjero con la esperanza de arrancar esa pasión que sentía. Quizá sus cartas y la cajita tengan relación con algún asunto particular; quizás un préstamo o certificado de acciones, que él guarda en la cajita.
–Naturalmente, y el perro lobo está en contra de esa operación financiera. No y no, Watson; en esta cuestión hay algo más. Yo quizá sugeriría...
Nunca se sabrá lo que Sherlock Holmes estaba a punto de sugerir, porque en ese instante se abrió la puerta y fue introducida en la habitación una joven. Al aparecer ella, míster Bennett saltó en pie, dejando escapar una exclamación, y avanzó precipitadamente con as manos extendidas para apretar en ellas las que ella extendía también.
–¡Edith, querida! Supongo que no habrá ocurrido nada, ¿verdad?
–Sentí el impulso irresistible de seguirte. ¡Oh, Jack, qué miedo tan grande he pasado! Es espantoso quedarse allí sola.
–Míster Holmes, ésta es la joven de que yo le he hablado: mi prometida.
–Sí, poco a poco íbamos llegando a esa conclusión, ¿verdad, Watson? –contestó Holmes con una sonrisa–. Me imagino, miss Presbury, que se ha producido alguna novedad en este caso, y que usted pensó que deberíamos conocerla, ¿no es así?
Nuestra visitante, joven, hermosa y llena de vida, del tipo corriente de jóvenes inglesas, devolvió la sonrisa a Holmes, al sentarse cerca de Bennett.
–Al encontrarme con que míster Bennett había salido de su hotel, pensé que probablemente le encontraría aquí. Claro está que ya me había anunciado que vendría a consultarlo. ¡Ay, míster Holmes! ¿No puede usted hacer nada por mi pobre padre?
–Espero que si miss Presbury, pero el caso se presenta todavía oscuro. Quizá lo que usted tiene que decirnos arroje sobre el mismo alguna luz nueva.
–Míster Holmes, lo que voy a decirle ocurrió la noche pasada. Mi padre se había mostrado durante todo el día muy raro. Estoy segura de que hay ocasiones en las que no le queda recuerdo de lo que hace. Vive como en un ensueño extraordinario. El día de ayer fue uno de ésos. No era mi padre aquella persona con la que yo estaba viviendo. Su corteza exterior estaba allí, pero no era él, de una manera real y verdadera.
–Cuente lo que ocurrió.
–Me despertaron durante la noche los furiosos ladridos del perro. Al pobre Roy lo tenemos ahora encadenado en las caballerizas. Yo duermo siempre con mi puerta cerrada con llave, porque, como Jack, quiero decir, míster Bennett podrá decirle, vivimos todos con la sensación de un peligro inminente. Mi habitación está en el segundo piso. Dio la casualidad de que la cortinilla de la ventana estaba levantada y de que en el exterior había una brillante luz de la luna. Estando yo con los ojos fijos en el recuadro de luz que formaba la ventana, escuchando los frenéticos ladridos del perro, me quedé atónita al descubrir la cara de mi padre, que me estaba mirando. Casi me quedé muerta de sorpresa y de espanto, míster Holmes. Allí estaba su cara apretada contra el cristal de la ventana, y parecía querer levantar ésta con una mano. Si la ventana se hubiese abierto, creo que yo me habría vuelto loca. No fue una ilusión, míster Holmes. No se llame usted a engaño pensando que era una ilusión mía. Me atrevo a afirmar que estuve durante veinte segundos paralizada y viendo aquella cara. Después desapareció, pero yo no pude...; así, no pude saltar de la cama para ver lo que él hacía... Permanecí yerta y acometida de escalofríos hasta que amaneció. Durante el desayuno mi padre adoptó maneras ásperas e irritadas, y no hizo alusión alguna a la aventura de la noche. Tampoco yo, pero busque una excusa para explicar que tenía que venir a Londres, y aquí me tiene usted.
Holmes pareció quedar completamente sorprendido al escuchar el relato de miss Presbury.
–Querida señorita, dice usted que su habitación está en el segundo piso. ¿Es que hay acaso en el jardín una escalera muy alta?
–No, míster Holmes, y eso es lo asombroso. No hay manera posible de alcanzar la ventana; sin embargo, mi padre estaba en ella.
–Y eso ocurrió el día cinco de septiembre –dijo Holmes–. Desde luego, esto complica el asunto.
Fue ahora la joven la que a su vez pareció sorprendida. Y míster Bennett dijo:
–Míster Holmes, ésta es la segunda vez que usted alude a fechas. ¿Es posible que puedan influir las fechas en el caso?
–Es posible, muy posible, pero hasta ahora no dispongo de todo el material necesario.
–¿Es que quizás está usted pensando en relacionar la locura con las fases de la luna?
–No; se lo aseguro. Mi pensamiento llevaba derroteros muy distintos. Es posible que no tenga usted inconveniente en dejarme su cuaderno de notas y yo comprobaré las fechas. Watson, creo que ahora está perfectamente clara nuestra línea de acción. Esta señorita nos ha informado, y yo tengo la máxima confianza en su intuición, de que su padre recuerda poco o nada de las cosas que le ocurren en determinadas fechas. Iremos, pues, a visitarle como si nos hubiese dado una cita en una de esas fechas en cuestión. Lo atribuirá, así lo espero, a su falta de memoria. De ese modo iniciaremos nuestra campana de investigación con un estudio profundo del profesor hecho de cerca.
–Me parece magnífico –dijo míster Bennett–. Les advierto, sin embargo, que el profesor es a veces irascible y violento.
Holmes se sonrió.
–Existen razones para que nosotros vayamos a visitarle inmediatamente, razones muy poderosas si mis teorías resultan verdaderas; míster Bennett, el día de mañana nos verá con toda seguridad en Camford. Si mal no recuerdo, existe allí un mesón llamado Chequers, en el que sirven un oporto superior a lo corriente y en el que hay un pero que poner a las ropas de cama. Watson, creo que los próximos días nos va a tocar vivirlos en lugares menos agradables.
El lunes por la mañana íbamos camino de la ciudad célebre por su Universidad, lo cual no significó para Holmes ningún esfuerzo, porque él no tenía raíces que arrancar, pero supuso para mí una serie de planes y precipitaciones, porque por aquel entonces mi clientela era bastante considerable. Holmes no hizo la menor alusión al caso hasta después que tuvimos depositados nuestros maletines en el antiguo mesón del que había hablado.
–Creo, Watson, que podemos encontrar al profesor antes de almorzar. Da su lección a las once y es seguro que permanecerá algún tiempo en su casa.
–¿Y qué excusa podemos darle para nuestra visita?
Holmes consultó su librito de notas.
–El día veintiséis de agosto hubo un período de excitación. Partiremos del supuesto de que en esos períodos sólo conserva un recuerdo confuso de sus acciones. Si nosotros insistimos en que hemos acudido allí porque él nos citó, creo que es difícil que se arriesgue a contradecirnos. ¿Se siente usted con la cara dura necesaria para llegar hasta el fin?
–No tenemos sino intentarlo.
–¡Magnífico, Watson! Algo así como una mezcla de «siempre adelante y manos a la obra». No tenemos sino intentarlo. Es la divisa de la firma. Encontraremos, con seguridad, alguna persona amiga en el pueblo que nos sirva de guía.
La persona amiga, en la parte trasera de un magnífico coche hansom, cruzó a toda velocidad por delante de una hilera de colegios antiguos, desemboco por ultimo en una avenida de carruajes bordeada de árboles y se detuvo delante de la puerta de una casita encantadora, rodeada de césped y cubierta de purpúrea wisteria. Indudablemente, el profesor Presbury vivía rodeado de todos los indicios, no sólo del confort, sino del lujo. En el momento en que el coche se detenía, aparecía en la ventana delantera una cabeza plateada, y nos dimos cuenta de que un par de ojos penetrantes nos examinaban, al abrigo de unas cejas hirsutas y a través de unas anchas gafas de concha. Un momento después nos encontramos dentro de su sanctum y delante de nosotros estaba el misterioso hombre de ciencias cuyas extravagancias nos habían hecho venir desde Londres. Indudablemente, ni en sus maneras ni en su aspecto advertíase señal alguna de excentricidad, porque era un hombre grueso, de facciones voluminosas, serio, alto, vestido de levita, con toda la dignidad en el porte que requiere un profesor. Lo más notable de su cara eran los ojos, vivos, observadores y avispados hasta casi llegar a ser astutos.
Examinó nuestras tarjetas y nos dijo:
–Siéntense, caballeros, por favor. ¿En qué puedo servirles a ustedes?
Holmes sonrió con amabilidad, y dijo:
–Ésa era precisamente la pregunta que yo iba a hacerle a usted, profesor.
–¡A mí, señor!
–Quizá se trate de un error. Yo me enteré por intermedio de otra persona de que el profesor Presbury, de Camford, necesita en estos momentos de mis servicios.
–¡Ah, sí!
A mí me pareció que en aquellos intensos ojos grises había un centelleo de malicia.
–¿Eso fue lo que le dijeron a usted? –prosiguió–. ¿Y puedo preguntarle el nombre de su informador?
–Lo siento mucho, profesor, pero se me habló de un terreno bastante confidencial. Si he cometido un error, nada se ha perdido; sólo me queda expresarle que lo lamento.
–Nada de eso. Yo desearía profundizar más en este asunto. Me interesa. ¿Puede usted mostrarme un escrito cualquiera, una carta o un telegrama, en apoyo de su afirmación?
–No; no los tengo.
–Supongo que no llegará usted al extremo de afirmar que fui yo mismo quien le llamó.
–Preferiría no contestar a ninguna pregunta –dijo Holmes.
–No, claro que no –dijo el profesor con aspereza–. Sin embargo, a esta pregunta concreta se puede contestar muy fácilmente sin la ayuda de usted.
Cruzó la habitación hacia la campanilla. Nuestro amigo de Londres, míster Bennett, acudió en seguida a la llamada.
–Adelante, míster Bennett. Estos dos caballeros vienen desde Londres bajo la impresión de que han sido llamados. Usted maneja mi correspondencia. ¿Tiene usted una carta o algo que se haya dirigido a una persona de apellido Holmes?
–No, señor –contestó Bennett, ruborizándose.
–Esa prueba es terminante –dijo el profesor, clavando sus ojos irritados en mi compañero.
Luego echó el busto hacia delante, apoyando sus dos manos encima de la mesa, y agregó:
–Y ahora, señor, me está pareciendo que su posición es muy discutible.
Holmes se encogió de hombros y contestó:
–Sólo puedo repetir que lamento muchísimo este entretenimiento innecesario.
–¡De ninguna manera, míster Holmes! –exclamó el anciano con voz chillona y con una expresión de extraordinaria malignidad en su cara.
Mientras hablaba se interpuso entre nosotros y la puerta, y blandió sus dos manos hacia nosotros con furiosa exaltación.
–Me parece, señor, que no va usted a salir del paso con tanta facilidad como eso.
Tenía el rostro convulsionado y nos miraba enseñando los dientes y farfullando, poseído de un furor insensato. Estoy convencido de que nos habríamos visto obligados a abrirnos paso para salir a fuerza de puños de no haber sido por la intervención de Bennett.
–Querido profesor –exclamó–, ¡tenga en cuenta su posición! ¡Piense en el escándalo que se producirá en la Universidad! Míster Holmes es persona muy conocida y usted no puede tratarle en modo alguno con tal descortesía.
Nuestro huésped (si así podemos llamarle) dejó libre, con semblante muy huraño, el camino de la puerta. Nos alegramos al vernos fuera de la casa, y en el sosiego de la avenida de coches bordeada de árboles. Holmes parecía sumamente divertido con el incidente, dijo:
–Nuestro docto amigo tiene sus nervios algo desequilibrados. Quizá nuestro entretenimiento fue un poco torpe; sin embargo, hemos conseguido el contacto personal que yo deseaba. Pero, ¡por vida mía, Watson, que ese hombre nos sigue! Tenemos a esa mala persona pisándonos los talones.
Oímos a espaldas nuestras pasos de alguien que corría, pero, con gran alivio mío, no resultó ser el formidable profesor, sino su ayudante, el que surgió del recodo que formaba la avenida. Se nos acercó jadeante y dijo:
–Lo siento muchísimo, míster Holmes. Quería disculparme.
–No hacen falta disculpas, querido señor. Estas cosas son propias de nuestra profesión.
–No lo he visto nunca de humor más peligroso. Pero es que cada vez se nos presenta más siniestro. Ahora podrá usted comprender por qué razón estamos alarmados su hija y yo. Y, sin embargo, su cerebro rige perfectamente.
–¡Demasiado perfectamente! –exclamó Holmes–. Ahí es donde calculé yo mal. Es evidente que su memoria funciona mucho mejor de lo que había pensado. A propósito, ¿podríamos ver, antes de irnos, la ventana del cuarto de miss Presbury?
Bennett se abrió camino por entre algunos arbustos y pudimos ver la fachada lateral de la casa.
–Es allí. El segundo a la izquierda.
–Por vida mía, que parece muy difícilmente accesible. Sin embargo, fíjese en que hay debajo una planta trepadora y encima una tubería de agua, cosas ambas que permiten hasta cierto punto afianzarse en ellas.
–Pues yo no conseguí trepar –dijo Bennett.
–Es muy posible. Sería, desde luego, hazaña peligrosa para cualquier hombre normal.
–Otra cosa más quería yo decirle, míster Holmes. Poseo la dirección del hombre de Londres a quien escribe el profesor. Parece que le escribió esta mañana y yo he sacado la dirección del papel secante. Esto que hago resulta vergonzoso en un secretario en quien se ha depositado la confianza, pero, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Holmes echó una ojeada al papel y se lo metió en el bolsillo.
–Dorak; apellido curioso. Me imagino que suena a eslavo. Bien; es un eslabón, importante en la cadena. Míster Bennett, esta tarde regresaremos a Londres. No veo que nuestra estancia aquí pueda ser de utilidad. No podemos encarcelar al profesor, porque no ha cometido ningún delito, ni podemos tampoco coartar su libertad, porque no es posible demostrar que está loco. Por ahora, no podemos intentar acción alguna.
–Pero, ¿no podemos hacer nada, absolutamente nada?
–Tenga un poco de paciencia míster Bennett. Pronto se producirán novedades. Si no me equivoco, el próximo martes quizá señale un momento de crisis. Ese día nos encontraremos con toda seguridad en Camford. Mientras tanto, no hay duda de que la situación en general resulta desagradable. Si miss Presbury tuviera modo de prolongar su visita...
–Eso es cosa sencilla.
–Pues entonces déjela que siga fuera hasta que podamos darle la seguridad de que ha pasado todo el peligro. Mientras tanto, deje que el profesor haga lo que bien le parezca y no le contradiga. Mientras él esté en uno de sus ratos de buen humor, todo va bien.
–¡Allí está él! –dijo Bennett, cuchicheando sobresaltado.
Mirando por entre las ramas, vimos que la figura alta y erguida del profesor salía de la puerta del vestíbulo y miraba en derredor suyo. Tenía el cuerpo echado hacia delante, imprimía a sus dos manos un movimiento de balanceo en línea recta y ladeaba la cabeza de un lado para otro. El secretario se despidió de nosotros con un postrer vaivén de la mano y se escabulló por entre los árboles; poco después le vimos reunirse con su jefe y ambos entraron juntos en la casa, manteniendo lo que nos pareció una conversación animada, e incluso llena de excitación.
Mientras caminábamos hacia el hotel, dijo Holmes:
–Creo que el viejo ha estado atando cabos. Me produjo la impresión, por lo poco que de él he podido ver, que posee un gran cerebro extraordinariamente despejado y lógico. Desde luego, se ha mostrado explosivo, pero tengamos en cuenta que desde su punto de vista tiene algún motivo para enfurecerse si alguien pone a los detectives sobre su pista y él sospecha que la cosa procede de las personas mismas que viven en su casa. Estoy pensando que el amigo Bennett está pasando ahora por momentos desagradables.
Holmes se detuvo en una sucursal de Correos y envió un telegrama. La contestación nos llegó durante la velada, y Holmes me la entregó.
«He visitado la Commercial Road y hablado con Dorak. Hombre bondadoso, de Bohemia, anciano. Tiene gran almacén de artículos varios.
–Tengo a Mercer desde que usted se marchó –dijo Holmes–. Lo utilizo para todo y se cuida de la rutina del negocio. Me era importante saber algo del hombre con quien el profesor mantiene una correspondencia tan reservada; su nacionalidad permite relacionarlo con la visita que el profesor hizo a Praga.
–Gracias a Dios que encontramos algo que puede relacionarse con algo –dije – De momento, parece que nos encontramos frente a una larga serie de incidentes inexplicables y totalmente desconectados unos de otros. Por ejemplo: ¿qué relación posible puede establecerse entre un perro lobo furioso y una visita a Bohemia o entre cualquiera de esas dos cosas y un hombre que camina de noche reptando por el pasillo de la casa? En cuanto a sus fechas, resultan la mayor mistificación de todo.
Holmes se sonrió y se frotó las manos. Convendrá que diga que estábamos sentados en la vieja sala del antiguo mesón, con una botella de la afamada cosecha de que Holmes había hablado, encima de la mesa que nos separaba.
Esperé sus palabras.
–Bien, empecemos por la cuestión de las fechas –dijo, juntando las yemas de los dedos y como si estuviera aleccionando a una clase–. El Diario de este excelente joven demuestra que el día dos de julio se produjeron inconvenientes. Desde esa fecha para acá, parece que el hecho se repite con intervalos de nueve días, con sólo una excepción que yo recuerde. El último estallido tuvo lugar el viernes día tres de septiembre, lo cual concuerda también con el período, lo mismo que el día veintiséis de agosto que le precedió. Esto es algo más que una coincidencia.
No tuve más remedio que asentir.
–Establezcamos, pues, de una manera provisional la teoría de que el profesor toma una vez cada nueve días alguna droga de gran fuerza y que sufre sus efectos altamente venenosos, pero pasajeros. Su temperamento que es ya de por sí arrebatado, se hace todavía más. El profesor se acostumbró a esa droga cuando estuvo en Praga, y ahora se la suministra un bohemio que vive en Londres y que actúa de intermediario. Todo eso encaja perfectamente, Watson.
–Pero, ¿y el perro, la cara en la ventana, el hombre que reptaba por el pasillo?
–Bueno, bueno; tenemos ya un principio. Hasta el próximo martes yo no espero que ocurra ninguna novedad. Mientras tanto, no podemos hacer otra cosa que mantenernos en contacto con el amigo Bennett y disfrutar de las delicias de esta encantadora ciudad.
Bennett se las arregló a la mañana siguiente para venir a traernos el último informe. Tal y como Holmes se lo había imaginado, había pasado verdaderos apuros. Sin llegar a acusarle concretamente de que era responsable de nuestra presencia, el profesor le había hablado en términos rudos y ásperos, siendo evidente que estaba muy resentido. Sin embargo, por la mañana había vuelto a ser el mismo de siempre, y había pronunciado su brillante lección de costumbre ante una clase muy concurrida.
–Aparte de esos extraños accesos –dijo Bennett–, la verdad es que posee energía y vitalidad auténticas y superiores a cualquiera de los momentos que yo recuerdo. Tampoco su cerebro estuvo nunca más despierto, Pero no es él; no es nunca el mismo hombre que nosotros conocíamos.
–No creo que tengan ustedes nada que temer por lo menos durante una semana –contestó Holmes– Yo soy hombre de muchas ocupaciones, y el doctor Watson tiene que atender a sus enfermos. Quedamos, pues, de acuerdo en encontrarnos aquí, a esta misma hora, el martes próximo, y mucho me sorprenderá que no estemos entonces en condiciones de explicar las dificultades en que ustedes se encuentran, aunque quizás no podamos acabar con ellas antes que volvamos a despedirnos de usted. Entretanto, ténganos al corriente de cuanto ocurra por correo.
No vi a mi amigo durante los próximos días, pero el lunes siguiente recibí una breve carta suya pidiéndome que me reuniese con él al siguiente día en el tren. De lo que me dijo mientras viajábamos en dirección a Camford, deduje que todo marchaba bien, que no había sufrido ningún encrespamiento la paz en el hogar del señor profesor, y que la conducta de éste era completamente normal. Este informe nos lo confirmó personalmente míster Bennett cuando vino a visitarnos aquella velada en nuestro anterior hospedaje del «Chequers».
–Hoy ha tenido noticias de su corresponsal en Londres. Recibió una carta y un paquetito, ambos con la marca de la cruz debajo del sello, como advertencia de que no debía tocarlos. Nada más ha ocurrido.
–Quizá con eso haya ocurrido bastante –dijo Holmes, con expresión sombría–. Pues bien, míster Bennett: yo creo que esta noche sacaremos alguna conclusión. Si mis deducciones son correctas, tendremos ocasión de terminar el asunto. Es preciso para ello mantener bajo observación al profesor. Me permito, pues, sugerir, que permanezca en vela y en acecho. Si usted le oye cruzar por delante de su puerta, no salga a su encuentro, pero sígale todo lo discretamente que le sea posible. El doctor Watson y yo no andaremos lejos de allí. A propósito, ¿dónde guarda la llave de la cajita de que usted nos habló?
–En la cadena de su reloj.
–Creo que nuestras pesquisas tomaran esa dirección. En el peor de los casos, la cerradura no será un artefacto formidable. ¿Dispone usted en la casa de algún otro hombre sano y fuerte?
–Tenemos al cochero, Macphail.
–¿Dónde duerme?
–Encima de las caballerizas.
–Quizá le necesitemos. Bien; nada más podemos hacer hasta que veamos el desarrollo de los acontecimientos. Adiós; aunque espero que nos veremos antes que amanezca.
Era ya cerca de medianoche cuando nos situamos en nuestro puesto de observación, entre unos arbustos, frente por frente de la puerta del vestíbulo del profesor. La noche era hermosa, pero fría, y no nos estorbaron nuestros abrigos gabanes, soplaba la brisa, y las nubes se deslizaban por el firmamento, ocultando de tiempo en tiempo la cara de la luna en creciente. Habría resultado una triste vigilia a no ser por la expectación la emoción que nos sostenía, y por la seguridad que me dio mi camarada de que habíamos llegado probablemente al fin de aquella extraña sucesión de acontecimientos que había atraído nuestras actividades.
–Si resulta cierto el ciclo de nueve días, esta noche tendremos al profesor en su peor momento –dijo Holmes–. Todos los hechos a untan en la misma dirección: el que esos síntomas extraños empezasen después de su visita a Praga, el que mantenga correspondencia secreta con un comerciante bohemio de Londres, que es de suponer que representa a alguien de Praga, y el que haya recibido hoy mismo de él un paquete. Qué es lo que toma y por qué lo toma, son problemas que están todavía más allá de nuestro alcance, pero resulta bastante claro que la cosa procede de un modo u otro de Praga. Toma esa droga sometiéndose a instrucciones completas que regulan este período de nueve días, que fue lo primero que atrajo mi atención. Pero los síntomas que ese hombre presenta son por demás extraordinarios. ¿Se fijó usted en los nudillos de los dedos de sus manos?
Tuve que confesar que no me había fijado.
–Son huesos y callosos de un modo que yo no he visto nunca. Watson, acostúmbrese a mirar lo primero las manos. Después de las manos, los puños de las manos, las rodilleras y las botas. Son los del profesor unos nudillos muy raros que sólo pueden explicarse por la forma de caminar en que lo encontró míster... –Holmes interrumpió la frase, y se dio de pronto una palmada en la frente–. ¡Oh, Watson, Watson, y qué imbécil he sido! Parece increíble y, sin embargo, tiene por fuerza que ser cierto. Todo apunta en una sola dirección. ¿Cómo es posible que a mí se me haya escapado esa conexión de ideas? Estos nudillos...; ¿cómo es posible que se me hayan asado por alto estos nudillos? ¡Y el perro! ¡Y la enredadera! Veo que es ya legado el momento de que yo desaparezca y me retire a la pequeña granja de mis ensueños. ¡Cuidado, Watson! ¡Ahí está él! Tendremos la oportunidad de verle nosotros mismos.
Se había abierto lentamente la puerta del vestíbulo y sobre el fondo iluminado por la luz de la lámpara vimos la alta figura de profesor Presbury. Vestía su batín. En el momento en que se silueteó en el hueco de la puerta, aparecía con el cuerpo erecto, pero echado hacia delante y balanceando los brazos, tal cual le vimos la última vez.
De pronto avanzo hacia el paseo de carruajes, y se operó en él un cambio extraordinario: se achicó hasta ponerse en cuclillas, y avanzó caminando sobre sus manos y sus pies; de cuando en cuando daba algunas cabriolas como si rebosase de energía vitalidad. Caminó paralelamente a la fachada de la casa, hasta q e ó la esquina. Cuando desapareció tras ella, Bennett se deslizó fuera de la puerta del vestíbulo y le siguió sigilosamente.
–¡Venga, Watson, venga! –exclamó Holmes.
Y avanzamos, con paso todo lo suave y furtivo que nos fue posible, por entre los arbustos, hasta alcanzar un puesto desde el que podíamos ver el otro lado de la casa, que aparecía bañado en la luz de la media luna. Divisábamos con claridad al profesor en cuclillas al pie de la pared cubierta de hiedra. Mientras le estábamos mirando, se lanzó súbitamente a trepar por la planta con increíble agilidad. Saltaba de rama en rama, seguro de pie y firme garra, trepando como si lo hiciera por el simple gozo de poner a prueba su propia energía, y sin ninguna otra finalidad concreta. Su batín, que aleteaba a uno y otro lado de su cuerpo, le daba el aspecto de un gigantesco murciélago, pegado contra la pared de su propia casa; era una gran mancha negra cuadrada, sobre la pared iluminada por la luz de la luna. De pronto se cansó de esta diversión y, dejándose caer de rama en rama, saltó al suelo en su actitud anterior, y se dirigió hacia las caballerizas, reptando de la misma manera que antes. El perro lobo estaba ya fuera de su casilla, ladrando furiosamente, más excitado que nunca en cuanto distinguió a su amo. Tiraba con fuerza de su cadena, y temblaba de ansia y de furor. El profesor se agazapó muy calculadamente fuera del alcance del perro y empezó a provocarlo de todas las maneras que le fue posible. Agarró puñados de piedrecitas del paseo y se las tiró al perro a la cara, le hostigo con una estaca que agarro por allí, pasó sus manos sólo a algunos centímetros de distancia de las fauces abiertas del animal, y se esforzó en aumentar su furia de cuantas maneras le fue posible, aunque el perro había perdido ya todo control. No recuerdo haber presenciado en todas nuestras aventuras espectáculo más extraño que el que presentaba aquella figura impasible y digna todavía; agazapada al estilo de rana en el suelo, y azuzando al animal ya enloquecido para que se lanzase a arrebatos de furor todavía más salvajes, recurriendo para ello a los medios de crueldad más ingeniosa y calculada, aunque el perro saltaba enfurecido delante de él.
¡Y de pronto ocurrió lo inesperado! No se rompió la cadena, sino que se deslizó el collar, fabricado para un perro de Terranova, de cuello más grueso. Oímos el tintineo de la cadena al caer al suelo, y un instante después, el perro y el hombre rodaban juntos por tierra; el uno, rugiendo de furor; el otro, lanzando un chillido de terror que tenía una extraña vibración de falsete. Fue un momento de peligro inminente para la vida del profesor. El salvaje animal le había agarrado bien por el cuello, y sus colmillos habían penetrado profundamente. El profesor había perdido el conocimiento antes que pudiéramos llegar y separar al perro. Quizás habría sido una tarea peligrosa para nosotros, pero la voz y la presencia de Bennett hicieron entrar instantáneamente en razón al gran perro lobo. El estruendo había hecho bajar de su habitación de encima de las caballerizas al cochero, soñoliento.
–No me sorprende –dijo moviendo de un lado a otro la cabeza– Antes de ahora le he visto haciendo lo mismo. Estaba seguro de que un día u otro el perro le clavaría el diente.
Se ató al perro lobo, y entre todos nosotros llevamos al profesor a su habitación del piso superior. Bennett, que tenía el título de médico, me ayudó a curarle y vendarle el cuello. Los afilados dientes habían pasado peligrosamente cerca de la carótida, y la hemorragia era grande. El peligro pasó al cabo de media hora. Yo le había dado al paciente una inyección de morfina, y se había quedado entonces profundamente dormido, y sólo entonces, pudimos mirarnos unos a otros y hacer inventario de la situación.
–Creo que debería verlo un cirujano de primera clase –dije yo.
–¡No, por amor de Dios! –exclamó Bennett–. De momento, ha quedado reducido el escándalo a nuestra propia casa. De nosotros no saldrá. Si va más allá de estos muros no habrá ya quien lo detenga. Piensen ustedes en la posición que ocupa en la Universidad, en la fama de que goza en toda Europa y los sentimientos de su hija.
–Tiene usted razón –dijo Holmes–. Creo que es muy posible hacer que el asunto quede entre nosotros, e impedir también la recaída ahora que podemos actuar libremente. Deme la llave de la cadena del reloj, Bennett. Macphail se quedará cuidando al enfermo y nos avisará si ocurre algo. Vamos a ver qué encontramos en la misteriosa caja del profesor.
No era mucho lo que dentro de ella había, pero lo suficiente; una ampolla vacía, otra casi llena, una jeringuilla hipodérmica, varias cartas en letra embrollada y extranjera. Las señales que traían los sobres indicaban que esas eran las que habían perturbado la rutina de las tareas del secretario, y todas ellas estaban fechadas en la «Comercial Road», y firmadas A. Dorak. Consistían en simples facturas que anunciaban que se había enviado una nueva botella al profesor Presbury, o en recibos del dinero cobrado. Sin embargo, había otro sobre más, escrito en letra mejor y con sello de Austria y fechado en Praga.
–¡Aquí es donde tenemos el material que necesitamos! –exclamó Holmes, sacando la carta de dentro del sobre. Decía así:
«Ilustre colega. Desde que recibí su apreciada visita, he pensado mucho en su caso, y a pesar de que en las circunstancias en que usted se encuentra existen razones especiales para someterse al tratamiento, yo le aconsejaría, no obstante, cautela porque mis experiencias me han demostrado que no está exento de determinados peligros.
»Quizás habría sido preferible el suero de antropoide. Según ya lo tengo explicado, me he servido en esta ocasión del langur carinegro por tener a mano un ejemplar. Ya sabe que el langur es animal que repta y trepa, en tanto que el antropoide camina erecto, y nos es en todo sentido más cercano.
»Le suplico que tome todas las precauciones posibles, a fin de que no se produzca una divulgación prematura del Procedimiento. No tengo en Inglaterra sino otro cliente directo, y Dorak actúa de agente mío para los dos.
»Agradecería informes semanales.
»De usted, con la más alta estima,
¡Lowenstein! Ese apellido me trajo a la memoria el recuerdo de algún recorte de periódico en el que se hablaba de un oscuro hombre de ciencia que trabajaba para descubrir, por procedimientos desconocidos todavía, el secreto del rejuvenecimiento y el elixir de la vida! ¡Lowenstein, de Praga! Lowenstein, el del prodigioso suero vigorizador, al que la profesión médica había declarado tabú, porque se negaba a descubrir la fuente de que lo extraía. Expliqué en pocas palabras lo que recordaba. Bennett había echado mano en los estantes de un manual de Zoología. Y leyó:
–«Langur, el gran mono carinegro de las vertientes del Himalaya, el más corpulento y más humano de los monos trepadores.» Vienen aquí muchos más detalles. Bueno, míster Holmes, es evidente que, gracias a usted, hemos podido seguir el mal hasta su misma fuente.
–La verdadera fuente –dijo Holmes–, está, como es natural, en ese amor extemporáneo que dio a nuestro impetuoso profesor la idea de que sólo podía conseguir su anhelo rejuveneciéndose. Cuando se intenta sobreponerse a la naturaleza se corre el riesgo de caer por bajo de ella. El más elevado tipo de hombre puede retroceder hasta el puro animal, si se aparta del sendero recto de su destino.
Permaneció unos momentos sentado, con la ampolla en la mano, contemplando el líquido interior.
–En cuanto yo escriba a este hombre diciéndole que lo hago criminalmente responsable de los venenos que pone en circulación, desaparecerán para siempre las molestias. Pudiera, sin embargo, reincidir. Y quizás otros descubran procedimientos mejores. Ahí se encierra un peligro; un verdadero peligro. Para la humanidad. Piense, Watson, en que los hombres materialistas, los sensuales, los mundanos, querrían todos prolongar sus indignas vidas. Los espiritualistas, en cambio, no esquivarían la llamada a algo más elevado. Sería la supervivencia de los menos aptos. ¿En qué clase de pozo negro se convertiría nuestro mundo?
De pronto, se esfumó el ensoñador, y Holmes, el hombre de acción, saltó de su silla.
–Míster Bennett, creo que ya no queda nada por decir. Los diversos incidentes encajarán ahora perfectamente dentro del plan general. Desde luego, el perro advirtió el cambio mucho más rápidamente que ustedes. Le bastaba para ello con el olfato. Roy no acometió al profesor, sino al mono, de la misma manera que era el mono quien hostigaba a Roy. El trepar constituía para este animal un placer, y creo que fue pura casualidad el que durante esa diversión suya llegase a la ventana de la joven. Watson, hay un tren muy temprano para Londres, pero creo que nos dará tiempo a tomar en el «Chequers» una taza de té antes de ir a la estación.
Fue durante la velada de un domingo de principios de septiembre del año 1903 cuando recibí uno de los lacónicos mensajes de Holmes:
»Venga inmediatamente si no hay algún obstáculo, y no deje de venir aunque lo haya.
S. H.»
Nuestras relaciones mutuas en esa última etapa eran muy especiales. Holmes era hombre de rutinas, de rutinas limitadas y concentradas; yo era una de esas rutinas suyas. Como institución, era yo igual que el violín, el tabaco fuerte de hebra, la vieja pipa ennegrecida, los volúmenes de índices y otras menos disculpables quizá. Cuando se trataba de casos que requerían moverse activamente y en los que se necesitaba un compañero en cuyo temple podía él confiar hasta cierto punto, mi papel saltaba a la vista. Pero, aun fuera de esos aspectos, yo le servía. Yo era la piedra de afilar en la que se aguzaba su inteligencia. Yo le estimulaba. Le gustaba pensar en voz alta estando yo delante. No se podía decir que sus observaciones iban dirigidas a mí (muchas de ellas podían ir dirigidas lo mismo que a mí a su cama); pero, una vez adquirida la rutina, le agradaba hasta cierto punto que yo tomase nota y que interviniese. Si esa especie de lentitud metódica de mi mentalidad le irritaba, esa irritación servía únicamente para que sus llamaradas de intuición y sus impresiones estallasen con mayor viveza y rapidez. Ése era el humilde papel mío en nuestra alianza.
Cuando llegué a Baker Street me lo encontré hecho una pelota en su sillón, con las rodillas en alto, la pipa en la boca y el ceño surcado de meditaciones. Era evidente que se hallaba en las torturas de algún molesto problema. Me señaló con un vaivén de la mano mi viejo sillón; fuera de eso, no dio durante media hora señales de que advirtiese que yo estaba allí. De pronto, con un respingo, pareció arrancarse de sus ensoñaciones, y acompañando sus palabras con la extraña sonrisa que le era habitual, me dio la bienvenida a la que había sido en tiempo mi casa, diciendo:
–Mi querido Watson, sabrá usted disculpar este ensimismamiento mío. En las últimas veinticuatro horas han sido sometidos a mi consideración algunos hechos curiosos, y éstos han dado origen a su vez a determinadas meditaciones de carácter más general. Estoy pensando seriamente en escribir una pequeña monografía acerca de los usos de los perros en las tareas de los detectives.
–Mire, Holmes, ése es un tema que ha sido ya explorado. Los sabuesos, los podencos... –le contesté yo.
–No, no es eso, Watson; desde luego, ese aspecto del problema es evidente. Pero existe otro mucho más útil. Quizá recuerde usted que en el caso que usted con sus métodos sensacionalistas, ligó con las Hayas Cobrizas, conseguí, estudiando el alma del niño, deducir los hábitos criminales del muy relamido y respetable padre.
–Sí; lo recuerdo bien.
–La dirección de mis pensamientos respecto a los perros es análoga. El perro refleja la vida de la familia. ¿Quién vio nunca un perro retozón en una familia tristona, o un perro melancólico en una familia feliz? Las personas gruñonas y agresivas tienen perros gruñones y agresivos, las personas peligrosas tienen perros peligrosos. Quizás en las alteraciones de los humores de los perros se refleja la diversidad de humores de sus amos.
Yo moví la cabeza con fuerte expresión de duda, y dije:
–Me parece, Holmes, que eso es traer las cosas por los pelos.
Mi amigo volvió a llenar la pipa y a sentarse en su sillón, sin darse por enterado de mi comentario.
–La aplicación práctica de eso que acabo de decir tiene relación estrecha con el problema que estoy investigando. Compréndame. Es una madeja muy enredada y busco un cabo suelto. Quizás ese cabo está en la pregunta: ¿por qué Roy, el fiel perro lobo del profesor Presbury, se lanza a morderle?
Me recosté en el respaldo de mi sillón, algo desilusionado. ¿Para resolver un problema tan fútil como éste me había sacado de mis ocupaciones? Holmes me miró, y me dijo:
–¡Siempre el mismo, viejo Watson! Jamás comprenderá usted que los más graves problemas pueden depender de las cosas más insignificantes. Pero, ¿no resulta extraño, así, al pronto, que un fisiólogo ecuánime y anciano (me imagino que habrá usted oído hablar de Presbury, el célebre fisiólogo de Cambord); resulta extraño, digo, que un hombre así, que ha tenido siempre a su perro lobo como el más adicto de sus amigos, se haya visto estos días acometido por él dos veces? ¿Qué saca usted en consecuencia?
–Que el perro está enfermo.
–Sí, también eso hay que tomarlo en cuenta. Pero el hecho es que el perro no acomete a nadie más, y que por lo visto tampoco molesta a su amo, sino en circunstancias muy especiales. Es curioso, Watson, muy curioso. Si quien llama ahora al timbre es el joven míster Bennett, llega con adelanto sobre la hora de la cita.
Oyéronse pasos rápidos en la escalera, llamaron con golpes vivos en nuestra puerta, y un instante después se presentó nuestro cliente. Era un joven alto y bello, de unos treinta años, bien vestido y elegante, pero con un algo en su porte que hacia pensar mas bien en la cortedad de un estudioso que en el aplomo de un hombre de mundo. Cambió un apretón de manos con Holmes y luego me miró a mí con cierta sorpresa...
–Míster Holmes, este es un asunto muy delicado. Tenga en cuenta cuáles son mis relaciones, tanto las privadas como las públicas, con el profesor Presbury. No creo que tenga justificación el que yo hable delante de una tercera persona.
–Nada tema, míster Bennett. El doctor Watson es la esencia misma de la discreción y le aseguro que es muy probable que yo tenga que necesitar un colaborador en este asunto.
–Como usted guste, míster Holmes. Estoy seguro de que se le alcanzará a usted el que yo adopte ciertas reservas en el asunto.
–Usted comprenderá, Watson, si le digo que este caballero, míster Trevor Bennett, es ayudante profesional del gran hombre de ciencia, que vive bajo su mismo techo, y que es novio oficial de su hija. Tenemos, Pues, que convenir en que el profesor tiene todos los títulos para contar con su lealtad y su adhesión. La mejor manera de demostrársela es dar los pasos necesarios para poner en claro este extraño misterio.
–Así lo espero, míster Holmes. Eso es lo que me propongo. ¿Conoce el doctor Watson el estado de cosas?
–No tuve tiempo de explicárselo.
–Pues entonces, quizá sea preferible que yo vuelva otra vez sobre el tema, antes de pasar a exponer algunas novedades ocurridas.
–Me encargaré de ello yo mismo –dijo Holmes–, para demostrarle de ese modo que recuerdo los lechos en su orden debido: El señor profesor es hombre que goza de fama europea, Watson. Toda su vida ha transcurrido dentro de las normas tradicionales. Nunca dio ocasión en ella ni a un asomo de escándalo. Es viudo y tiene una sola hija, Edith. Según tengo entendido, es hombre de temperamento viril y enérgico, casi pudiéramos decir combativo. Tal era la situación hace algunos meses... Entonces y de pronto varió la corriente de su vida. A pesar de que tiene sesenta y un años, se comprometió para casarse con la hija del profesor Morphy colega suyo en la cátedra de Anatomía Comparada. Según creo, no fue el suyo un enamoramiento razonado, propio de un hombre de su edad, sino más bien el cortejo apasionado de un joven. Nadie habría sido capaz de conducirse como novio más ferviente. La dama, Alice Morphy, era tanto en lo físico como en lo espiritual, una muchacha toda perfecciones, de modo que ese ciego enamoramiento podía excusarse desde todo punto de vista. Sin embargo, no halló buena acogida en la propia familia del interesado.
–Nos pareció algo desmedido –comentó nuestro visitante.
–Exactamente. Desmedido y algo violento y fuera de lo normal. Pero el profesor Presbury era hombre rico y el padre de la novia no hizo objeción alguna. Sin embargo, la hija tenía otras ideas, existiendo ya varios candidatos a su mano; éstos, aunque no eran tan aceptables desde el punto de vista mundano, eran por lo menos, de una edad más aproximada a la de la joven. A ésta parecía agradarle el profesor, a pesar de sus excentricidades, y el único inconveniente que le encontraba era el de la edad... Por ese tiempo, un pequeño misterio vino de pronto a nublar la rutina corriente de la vida del profesor. Hizo lo que jamás ha hecho. Abandonó su casa sin dejar indicación alguna acerca de su paradero. Permaneció ausente quince días y al regresar parecía venir muy cansado del viaje. No aludió para nada a sus andanzas, aunque era por lo común hombre de extraordinaria franqueza. Ocurrió, sin embargo, que míster Bennett, aquí presente, recibió carta de un compañero de estudios que estaba en Praga y en ella le informaba que había visto allí al profesor Presbury, aunque no había podido hablar con él. Únicamente así pudieron las personas que vivían con el profesor saber dónde había estado. Y ahora llegamos al asunto. De entonces acá se realizó en el profesor un cambio curioso. Se convirtió en hombre furtivo y disimulado. Las personas que lo rodeaban vivían ahora bajo la sensación de que aquél no era el hombre que ellas habían conocido, y que vivía bajo alguna sombra que entenebrecía sus elevadas cualidades. Su inteligencia no fue afectada. Sus conferencias seguían siendo tan brillantes como de costumbre. Pero siempre se advertía la existencia de algo nuevo, de algo siniestro e inesperado. Su hija, que sentía el mayor afecto hacia él intentó una vez y otra reanudar las relaciones de antes penetrar en aquella máscara que parecía haberse puesto su padre. Usted, señor, según tengo entendido, obró de la misma manera; pero todo en vano. Y ahora, míster Bennett, explique con sus propias palabras el incidente de las cartas.
–Debe usted saber, doctor Watson, que el profesor no tenía secretos para mí. Ni aunque hubiese sido su hijo o un hermano suyo más joven, habría yo podido gozar de manera más completa de sus confidencias. Como secretario suyo, pasaban por mí mano todos los documentos que llegaban para él, y tenía el encargo de abrir y de clasificar las cartas que recibía. Todo eso cambió a poco de su regreso. Me dijo que recibiría de Londres algunas cartas que vendrían señaladas con una cruz debajo del sello de correos. Esas cartas debía yo ponerlas a un lado, porque sólo él tenía que leerlas. En efecto, pasaron por mis manos varias cartas de esa clase, que traían la marca E. C. y estaban escritas con letra de persona inculta. Si el profesor contestó a ellas, las respuestas en todo caso no pasaron por mis manos, ni fueron a parar al cestillo de las cartas en las que se recoge la correspondencia.
–Explique también lo de la caja –dijo Holmes.
–Ah, sí, la caja. El profesor se trajo al regresar de sus viajes una cajita de madera. Era la única cosa que hacia pensar en que él había viajado por el continente, porque es uno de esos curiosos trabajos tallados que uno asocia con la imagen de Alemania. Esta cajita la colocó en su vitrina del instrumental. Cierto día, buscando yo una cánula, eché mano a la caja. Con gran sorpresa mía, esto puso furioso al profesor, que me reprendió con palabras completamente duras por mi curiosidad. Era la primera vez que ocurría semejante cosa y aquello me hirió profundamente. Intenté hacerle comprender que yo había tocado la caja por pura casualidad, pero tuve conciencia durante toda la velada de que el profesor me miraba con aspereza y que el incidente aquel estaba enconado en su alma.
Bennett sacó del bolsillo un pequeño libro Diario, y dijo:
–Esto ocurrió el día dos de julio.
–Serviría usted desde luego para testigo de una manera admirable –dijo Holmes–. Quizá me sean necesarias algunas de esas fechas que usted ha anotado.
–Entre otras cosas que yo he aprendido de mi gran maestro, figura esa del método. Desde el momento en que observé una anormalidad en su conducta, me pareció que era un deber mío estudiar su caso. Por eso tengo aquí anotado que fuese en ese mismo día, dos de julio, cuando Roy acometió al profesor, al salir éste de su despacho al vestíbulo. El día once de julio se repitió una escena por el mismo estilo, y aún tengo anotada otra más: el día veinte de julio. Después de esta fecha tuvimos que confinar a Roy en las caballerizas. Se trata de un animal encantador y muy cariñoso; mucho me temo que les estoy cansando a ustedes.
Bennett dijo estas palabras en tono de censura, porque saltaba a la vista que Holmes no prestaba atención. Tenía la cara rígida y sus ojos miraban distraídos el cielo raso. Volvió en sí haciendo un esfuerzo y murmuró:
–¡Muy extraño, por lo demás extraño! –murmuró Holmes–. Estos detalles son nuevos para mí, míster Bennett. Creo que con esto hemos repasado bien todo lo anterior, ¿verdad? Usted habló antes de nuevas incidencias.
La cara agradable y sincera de nuestro visitante se ensombreció, y como si la nublara algún recuerdo desagradable, dijo:
–Esto de que voy a hablar ocurrió anteanoche. Estaba yo acostado y despierto a eso de las dos de la madrugada, cuando percibí, como si llegara del pasillo, un ruido apagado y blando. Abrí la puerta y miré. Debo decir que el profesor duerme al final del pasillo...
–¿La fecha de eso fue...? –preguntó Holmes.
Nuestro visitante se mostró claramente molesto ante una interrupción tan extemporánea.
–He dicho ya que eso ocurrió anteanoche, es decir, el cuatro de septiembre.
Holmes asintió con la cabeza y se sonrió, agregando:
–Por favor, siga usted.
–Duerme, como digo, al final del pasillo, y para llegar hasta la escalera tenía que cruzar por delante de mi puerta. Míster Holmes, aquella fue una experiencia aterradora. Yo me tengo por tan bien templalo de nervios como cualquiera, pero lo que vi me consternó. El pasillo estaba a oscuras, sin más luz que la mancha luminosa de una ventana situada hacia la mitad del mismo. Me di cuenta de que por el pasillo avanzaba algo, algo oscuro y que caminaba como reptando. De pronto apareció dentro de la mancha de luz, y vi que era él. ¡Reptaba, míster Holmes, reptaba! No caminaba totalmente sobre manos y rodillas. Yo diría que caminaba más bien sobre sus manos y sus pies, con la cara hundida entre aquéllas. Sin embargo, parecía moverse con facilidad. La vista de aquello me paralizó de tal manera que no pude salir y preguntarle si podía servirle en algo hasta que él llegó a mi puerta. Su reacción fue extraordinaria. Se irguió de golpe, me escupió algunas frases horrendas, pasó corriendo por delante de mí y bajó por la escalera. Esperé cosa de una hora, pero él no regresó. Debió de hacerlo cuando ya había amanecido.
–¿Qué saca usted de todo esto, Watson? –preguntó Holmes con aires de patólogo que presenta un ejemplar raro.
–Quizás un lumbago. He conocido un caso fuerte de esta enfermedad que obligó a un hombre a caminar así. No hay cosa que más irrite el genio.
–¡Bien, Watson! Usted nos obliga siempre a permanecer con los pies pegados al suelo. Pero en este caso no hay manera de conformarse con el lumbago, ya que le fue posible erguirse en un momento.
–Jamás fue mejor su salud –dijo Bennett–; a decir verdad, en muchísimos años no le he visto tan fuerte como ahora. Ahí tiene usted los hechos, míster Holmes. No es éste un caso como para consultar con la Policía, pero lo cierto es que estamos completamente desorientados sobre lo que ha que hacer, y tenemos una especie de barrunto de que vamos a parar a un desastre. Edith, es decir, miss Presbury, participa del criterio mío de que ya no podemos seguir esperando pasivamente.
–Desde luego que es caso rarísimo y muy sugestivo. ¿Qué opina usted, Watson?
–Hablando en mi calidad de médico –le contesté–, yo diría que es un caso para que intervenga en él un alienista. Ese noviazgo perturbó los procesos cerebrales del anciano. Viajó por el extranjero con la esperanza de arrancar esa pasión que sentía. Quizá sus cartas y la cajita tengan relación con algún asunto particular; quizás un préstamo o certificado de acciones, que él guarda en la cajita.
–Naturalmente, y el perro lobo está en contra de esa operación financiera. No y no, Watson; en esta cuestión hay algo más. Yo quizá sugeriría...
Nunca se sabrá lo que Sherlock Holmes estaba a punto de sugerir, porque en ese instante se abrió la puerta y fue introducida en la habitación una joven. Al aparecer ella, míster Bennett saltó en pie, dejando escapar una exclamación, y avanzó precipitadamente con as manos extendidas para apretar en ellas las que ella extendía también.
–¡Edith, querida! Supongo que no habrá ocurrido nada, ¿verdad?
–Sentí el impulso irresistible de seguirte. ¡Oh, Jack, qué miedo tan grande he pasado! Es espantoso quedarse allí sola.
–Míster Holmes, ésta es la joven de que yo le he hablado: mi prometida.
–Sí, poco a poco íbamos llegando a esa conclusión, ¿verdad, Watson? –contestó Holmes con una sonrisa–. Me imagino, miss Presbury, que se ha producido alguna novedad en este caso, y que usted pensó que deberíamos conocerla, ¿no es así?
Nuestra visitante, joven, hermosa y llena de vida, del tipo corriente de jóvenes inglesas, devolvió la sonrisa a Holmes, al sentarse cerca de Bennett.
–Al encontrarme con que míster Bennett había salido de su hotel, pensé que probablemente le encontraría aquí. Claro está que ya me había anunciado que vendría a consultarlo. ¡Ay, míster Holmes! ¿No puede usted hacer nada por mi pobre padre?
–Espero que si miss Presbury, pero el caso se presenta todavía oscuro. Quizá lo que usted tiene que decirnos arroje sobre el mismo alguna luz nueva.
–Míster Holmes, lo que voy a decirle ocurrió la noche pasada. Mi padre se había mostrado durante todo el día muy raro. Estoy segura de que hay ocasiones en las que no le queda recuerdo de lo que hace. Vive como en un ensueño extraordinario. El día de ayer fue uno de ésos. No era mi padre aquella persona con la que yo estaba viviendo. Su corteza exterior estaba allí, pero no era él, de una manera real y verdadera.
–Cuente lo que ocurrió.
–Me despertaron durante la noche los furiosos ladridos del perro. Al pobre Roy lo tenemos ahora encadenado en las caballerizas. Yo duermo siempre con mi puerta cerrada con llave, porque, como Jack, quiero decir, míster Bennett podrá decirle, vivimos todos con la sensación de un peligro inminente. Mi habitación está en el segundo piso. Dio la casualidad de que la cortinilla de la ventana estaba levantada y de que en el exterior había una brillante luz de la luna. Estando yo con los ojos fijos en el recuadro de luz que formaba la ventana, escuchando los frenéticos ladridos del perro, me quedé atónita al descubrir la cara de mi padre, que me estaba mirando. Casi me quedé muerta de sorpresa y de espanto, míster Holmes. Allí estaba su cara apretada contra el cristal de la ventana, y parecía querer levantar ésta con una mano. Si la ventana se hubiese abierto, creo que yo me habría vuelto loca. No fue una ilusión, míster Holmes. No se llame usted a engaño pensando que era una ilusión mía. Me atrevo a afirmar que estuve durante veinte segundos paralizada y viendo aquella cara. Después desapareció, pero yo no pude...; así, no pude saltar de la cama para ver lo que él hacía... Permanecí yerta y acometida de escalofríos hasta que amaneció. Durante el desayuno mi padre adoptó maneras ásperas e irritadas, y no hizo alusión alguna a la aventura de la noche. Tampoco yo, pero busque una excusa para explicar que tenía que venir a Londres, y aquí me tiene usted.
Holmes pareció quedar completamente sorprendido al escuchar el relato de miss Presbury.
–Querida señorita, dice usted que su habitación está en el segundo piso. ¿Es que hay acaso en el jardín una escalera muy alta?
–No, míster Holmes, y eso es lo asombroso. No hay manera posible de alcanzar la ventana; sin embargo, mi padre estaba en ella.
–Y eso ocurrió el día cinco de septiembre –dijo Holmes–. Desde luego, esto complica el asunto.
Fue ahora la joven la que a su vez pareció sorprendida. Y míster Bennett dijo:
–Míster Holmes, ésta es la segunda vez que usted alude a fechas. ¿Es posible que puedan influir las fechas en el caso?
–Es posible, muy posible, pero hasta ahora no dispongo de todo el material necesario.
–¿Es que quizás está usted pensando en relacionar la locura con las fases de la luna?
–No; se lo aseguro. Mi pensamiento llevaba derroteros muy distintos. Es posible que no tenga usted inconveniente en dejarme su cuaderno de notas y yo comprobaré las fechas. Watson, creo que ahora está perfectamente clara nuestra línea de acción. Esta señorita nos ha informado, y yo tengo la máxima confianza en su intuición, de que su padre recuerda poco o nada de las cosas que le ocurren en determinadas fechas. Iremos, pues, a visitarle como si nos hubiese dado una cita en una de esas fechas en cuestión. Lo atribuirá, así lo espero, a su falta de memoria. De ese modo iniciaremos nuestra campana de investigación con un estudio profundo del profesor hecho de cerca.
–Me parece magnífico –dijo míster Bennett–. Les advierto, sin embargo, que el profesor es a veces irascible y violento.
Holmes se sonrió.
–Existen razones para que nosotros vayamos a visitarle inmediatamente, razones muy poderosas si mis teorías resultan verdaderas; míster Bennett, el día de mañana nos verá con toda seguridad en Camford. Si mal no recuerdo, existe allí un mesón llamado Chequers, en el que sirven un oporto superior a lo corriente y en el que hay un pero que poner a las ropas de cama. Watson, creo que los próximos días nos va a tocar vivirlos en lugares menos agradables.
El lunes por la mañana íbamos camino de la ciudad célebre por su Universidad, lo cual no significó para Holmes ningún esfuerzo, porque él no tenía raíces que arrancar, pero supuso para mí una serie de planes y precipitaciones, porque por aquel entonces mi clientela era bastante considerable. Holmes no hizo la menor alusión al caso hasta después que tuvimos depositados nuestros maletines en el antiguo mesón del que había hablado.
–Creo, Watson, que podemos encontrar al profesor antes de almorzar. Da su lección a las once y es seguro que permanecerá algún tiempo en su casa.
–¿Y qué excusa podemos darle para nuestra visita?
Holmes consultó su librito de notas.
–El día veintiséis de agosto hubo un período de excitación. Partiremos del supuesto de que en esos períodos sólo conserva un recuerdo confuso de sus acciones. Si nosotros insistimos en que hemos acudido allí porque él nos citó, creo que es difícil que se arriesgue a contradecirnos. ¿Se siente usted con la cara dura necesaria para llegar hasta el fin?
–No tenemos sino intentarlo.
–¡Magnífico, Watson! Algo así como una mezcla de «siempre adelante y manos a la obra». No tenemos sino intentarlo. Es la divisa de la firma. Encontraremos, con seguridad, alguna persona amiga en el pueblo que nos sirva de guía.
La persona amiga, en la parte trasera de un magnífico coche hansom, cruzó a toda velocidad por delante de una hilera de colegios antiguos, desemboco por ultimo en una avenida de carruajes bordeada de árboles y se detuvo delante de la puerta de una casita encantadora, rodeada de césped y cubierta de purpúrea wisteria. Indudablemente, el profesor Presbury vivía rodeado de todos los indicios, no sólo del confort, sino del lujo. En el momento en que el coche se detenía, aparecía en la ventana delantera una cabeza plateada, y nos dimos cuenta de que un par de ojos penetrantes nos examinaban, al abrigo de unas cejas hirsutas y a través de unas anchas gafas de concha. Un momento después nos encontramos dentro de su sanctum y delante de nosotros estaba el misterioso hombre de ciencias cuyas extravagancias nos habían hecho venir desde Londres. Indudablemente, ni en sus maneras ni en su aspecto advertíase señal alguna de excentricidad, porque era un hombre grueso, de facciones voluminosas, serio, alto, vestido de levita, con toda la dignidad en el porte que requiere un profesor. Lo más notable de su cara eran los ojos, vivos, observadores y avispados hasta casi llegar a ser astutos.
Examinó nuestras tarjetas y nos dijo:
–Siéntense, caballeros, por favor. ¿En qué puedo servirles a ustedes?
Holmes sonrió con amabilidad, y dijo:
–Ésa era precisamente la pregunta que yo iba a hacerle a usted, profesor.
–¡A mí, señor!
–Quizá se trate de un error. Yo me enteré por intermedio de otra persona de que el profesor Presbury, de Camford, necesita en estos momentos de mis servicios.
–¡Ah, sí!
A mí me pareció que en aquellos intensos ojos grises había un centelleo de malicia.
–¿Eso fue lo que le dijeron a usted? –prosiguió–. ¿Y puedo preguntarle el nombre de su informador?
–Lo siento mucho, profesor, pero se me habló de un terreno bastante confidencial. Si he cometido un error, nada se ha perdido; sólo me queda expresarle que lo lamento.
–Nada de eso. Yo desearía profundizar más en este asunto. Me interesa. ¿Puede usted mostrarme un escrito cualquiera, una carta o un telegrama, en apoyo de su afirmación?
–No; no los tengo.
–Supongo que no llegará usted al extremo de afirmar que fui yo mismo quien le llamó.
–Preferiría no contestar a ninguna pregunta –dijo Holmes.
–No, claro que no –dijo el profesor con aspereza–. Sin embargo, a esta pregunta concreta se puede contestar muy fácilmente sin la ayuda de usted.
Cruzó la habitación hacia la campanilla. Nuestro amigo de Londres, míster Bennett, acudió en seguida a la llamada.
–Adelante, míster Bennett. Estos dos caballeros vienen desde Londres bajo la impresión de que han sido llamados. Usted maneja mi correspondencia. ¿Tiene usted una carta o algo que se haya dirigido a una persona de apellido Holmes?
–No, señor –contestó Bennett, ruborizándose.
–Esa prueba es terminante –dijo el profesor, clavando sus ojos irritados en mi compañero.
Luego echó el busto hacia delante, apoyando sus dos manos encima de la mesa, y agregó:
–Y ahora, señor, me está pareciendo que su posición es muy discutible.
Holmes se encogió de hombros y contestó:
–Sólo puedo repetir que lamento muchísimo este entretenimiento innecesario.
–¡De ninguna manera, míster Holmes! –exclamó el anciano con voz chillona y con una expresión de extraordinaria malignidad en su cara.
Mientras hablaba se interpuso entre nosotros y la puerta, y blandió sus dos manos hacia nosotros con furiosa exaltación.
–Me parece, señor, que no va usted a salir del paso con tanta facilidad como eso.
Tenía el rostro convulsionado y nos miraba enseñando los dientes y farfullando, poseído de un furor insensato. Estoy convencido de que nos habríamos visto obligados a abrirnos paso para salir a fuerza de puños de no haber sido por la intervención de Bennett.
–Querido profesor –exclamó–, ¡tenga en cuenta su posición! ¡Piense en el escándalo que se producirá en la Universidad! Míster Holmes es persona muy conocida y usted no puede tratarle en modo alguno con tal descortesía.
Nuestro huésped (si así podemos llamarle) dejó libre, con semblante muy huraño, el camino de la puerta. Nos alegramos al vernos fuera de la casa, y en el sosiego de la avenida de coches bordeada de árboles. Holmes parecía sumamente divertido con el incidente, dijo:
–Nuestro docto amigo tiene sus nervios algo desequilibrados. Quizá nuestro entretenimiento fue un poco torpe; sin embargo, hemos conseguido el contacto personal que yo deseaba. Pero, ¡por vida mía, Watson, que ese hombre nos sigue! Tenemos a esa mala persona pisándonos los talones.
Oímos a espaldas nuestras pasos de alguien que corría, pero, con gran alivio mío, no resultó ser el formidable profesor, sino su ayudante, el que surgió del recodo que formaba la avenida. Se nos acercó jadeante y dijo:
–Lo siento muchísimo, míster Holmes. Quería disculparme.
–No hacen falta disculpas, querido señor. Estas cosas son propias de nuestra profesión.
–No lo he visto nunca de humor más peligroso. Pero es que cada vez se nos presenta más siniestro. Ahora podrá usted comprender por qué razón estamos alarmados su hija y yo. Y, sin embargo, su cerebro rige perfectamente.
–¡Demasiado perfectamente! –exclamó Holmes–. Ahí es donde calculé yo mal. Es evidente que su memoria funciona mucho mejor de lo que había pensado. A propósito, ¿podríamos ver, antes de irnos, la ventana del cuarto de miss Presbury?
Bennett se abrió camino por entre algunos arbustos y pudimos ver la fachada lateral de la casa.
–Es allí. El segundo a la izquierda.
–Por vida mía, que parece muy difícilmente accesible. Sin embargo, fíjese en que hay debajo una planta trepadora y encima una tubería de agua, cosas ambas que permiten hasta cierto punto afianzarse en ellas.
–Pues yo no conseguí trepar –dijo Bennett.
–Es muy posible. Sería, desde luego, hazaña peligrosa para cualquier hombre normal.
–Otra cosa más quería yo decirle, míster Holmes. Poseo la dirección del hombre de Londres a quien escribe el profesor. Parece que le escribió esta mañana y yo he sacado la dirección del papel secante. Esto que hago resulta vergonzoso en un secretario en quien se ha depositado la confianza, pero, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Holmes echó una ojeada al papel y se lo metió en el bolsillo.
–Dorak; apellido curioso. Me imagino que suena a eslavo. Bien; es un eslabón, importante en la cadena. Míster Bennett, esta tarde regresaremos a Londres. No veo que nuestra estancia aquí pueda ser de utilidad. No podemos encarcelar al profesor, porque no ha cometido ningún delito, ni podemos tampoco coartar su libertad, porque no es posible demostrar que está loco. Por ahora, no podemos intentar acción alguna.
–Pero, ¿no podemos hacer nada, absolutamente nada?
–Tenga un poco de paciencia míster Bennett. Pronto se producirán novedades. Si no me equivoco, el próximo martes quizá señale un momento de crisis. Ese día nos encontraremos con toda seguridad en Camford. Mientras tanto, no hay duda de que la situación en general resulta desagradable. Si miss Presbury tuviera modo de prolongar su visita...
–Eso es cosa sencilla.
–Pues entonces déjela que siga fuera hasta que podamos darle la seguridad de que ha pasado todo el peligro. Mientras tanto, deje que el profesor haga lo que bien le parezca y no le contradiga. Mientras él esté en uno de sus ratos de buen humor, todo va bien.
–¡Allí está él! –dijo Bennett, cuchicheando sobresaltado.
Mirando por entre las ramas, vimos que la figura alta y erguida del profesor salía de la puerta del vestíbulo y miraba en derredor suyo. Tenía el cuerpo echado hacia delante, imprimía a sus dos manos un movimiento de balanceo en línea recta y ladeaba la cabeza de un lado para otro. El secretario se despidió de nosotros con un postrer vaivén de la mano y se escabulló por entre los árboles; poco después le vimos reunirse con su jefe y ambos entraron juntos en la casa, manteniendo lo que nos pareció una conversación animada, e incluso llena de excitación.
Mientras caminábamos hacia el hotel, dijo Holmes:
–Creo que el viejo ha estado atando cabos. Me produjo la impresión, por lo poco que de él he podido ver, que posee un gran cerebro extraordinariamente despejado y lógico. Desde luego, se ha mostrado explosivo, pero tengamos en cuenta que desde su punto de vista tiene algún motivo para enfurecerse si alguien pone a los detectives sobre su pista y él sospecha que la cosa procede de las personas mismas que viven en su casa. Estoy pensando que el amigo Bennett está pasando ahora por momentos desagradables.
Holmes se detuvo en una sucursal de Correos y envió un telegrama. La contestación nos llegó durante la velada, y Holmes me la entregó.
«He visitado la Commercial Road y hablado con Dorak. Hombre bondadoso, de Bohemia, anciano. Tiene gran almacén de artículos varios.
MERCER.»
–Tengo a Mercer desde que usted se marchó –dijo Holmes–. Lo utilizo para todo y se cuida de la rutina del negocio. Me era importante saber algo del hombre con quien el profesor mantiene una correspondencia tan reservada; su nacionalidad permite relacionarlo con la visita que el profesor hizo a Praga.
–Gracias a Dios que encontramos algo que puede relacionarse con algo –dije – De momento, parece que nos encontramos frente a una larga serie de incidentes inexplicables y totalmente desconectados unos de otros. Por ejemplo: ¿qué relación posible puede establecerse entre un perro lobo furioso y una visita a Bohemia o entre cualquiera de esas dos cosas y un hombre que camina de noche reptando por el pasillo de la casa? En cuanto a sus fechas, resultan la mayor mistificación de todo.
Holmes se sonrió y se frotó las manos. Convendrá que diga que estábamos sentados en la vieja sala del antiguo mesón, con una botella de la afamada cosecha de que Holmes había hablado, encima de la mesa que nos separaba.
Esperé sus palabras.
–Bien, empecemos por la cuestión de las fechas –dijo, juntando las yemas de los dedos y como si estuviera aleccionando a una clase–. El Diario de este excelente joven demuestra que el día dos de julio se produjeron inconvenientes. Desde esa fecha para acá, parece que el hecho se repite con intervalos de nueve días, con sólo una excepción que yo recuerde. El último estallido tuvo lugar el viernes día tres de septiembre, lo cual concuerda también con el período, lo mismo que el día veintiséis de agosto que le precedió. Esto es algo más que una coincidencia.
No tuve más remedio que asentir.
–Establezcamos, pues, de una manera provisional la teoría de que el profesor toma una vez cada nueve días alguna droga de gran fuerza y que sufre sus efectos altamente venenosos, pero pasajeros. Su temperamento que es ya de por sí arrebatado, se hace todavía más. El profesor se acostumbró a esa droga cuando estuvo en Praga, y ahora se la suministra un bohemio que vive en Londres y que actúa de intermediario. Todo eso encaja perfectamente, Watson.
–Pero, ¿y el perro, la cara en la ventana, el hombre que reptaba por el pasillo?
–Bueno, bueno; tenemos ya un principio. Hasta el próximo martes yo no espero que ocurra ninguna novedad. Mientras tanto, no podemos hacer otra cosa que mantenernos en contacto con el amigo Bennett y disfrutar de las delicias de esta encantadora ciudad.
Bennett se las arregló a la mañana siguiente para venir a traernos el último informe. Tal y como Holmes se lo había imaginado, había pasado verdaderos apuros. Sin llegar a acusarle concretamente de que era responsable de nuestra presencia, el profesor le había hablado en términos rudos y ásperos, siendo evidente que estaba muy resentido. Sin embargo, por la mañana había vuelto a ser el mismo de siempre, y había pronunciado su brillante lección de costumbre ante una clase muy concurrida.
–Aparte de esos extraños accesos –dijo Bennett–, la verdad es que posee energía y vitalidad auténticas y superiores a cualquiera de los momentos que yo recuerdo. Tampoco su cerebro estuvo nunca más despierto, Pero no es él; no es nunca el mismo hombre que nosotros conocíamos.
–No creo que tengan ustedes nada que temer por lo menos durante una semana –contestó Holmes– Yo soy hombre de muchas ocupaciones, y el doctor Watson tiene que atender a sus enfermos. Quedamos, pues, de acuerdo en encontrarnos aquí, a esta misma hora, el martes próximo, y mucho me sorprenderá que no estemos entonces en condiciones de explicar las dificultades en que ustedes se encuentran, aunque quizás no podamos acabar con ellas antes que volvamos a despedirnos de usted. Entretanto, ténganos al corriente de cuanto ocurra por correo.
No vi a mi amigo durante los próximos días, pero el lunes siguiente recibí una breve carta suya pidiéndome que me reuniese con él al siguiente día en el tren. De lo que me dijo mientras viajábamos en dirección a Camford, deduje que todo marchaba bien, que no había sufrido ningún encrespamiento la paz en el hogar del señor profesor, y que la conducta de éste era completamente normal. Este informe nos lo confirmó personalmente míster Bennett cuando vino a visitarnos aquella velada en nuestro anterior hospedaje del «Chequers».
–Hoy ha tenido noticias de su corresponsal en Londres. Recibió una carta y un paquetito, ambos con la marca de la cruz debajo del sello, como advertencia de que no debía tocarlos. Nada más ha ocurrido.
–Quizá con eso haya ocurrido bastante –dijo Holmes, con expresión sombría–. Pues bien, míster Bennett: yo creo que esta noche sacaremos alguna conclusión. Si mis deducciones son correctas, tendremos ocasión de terminar el asunto. Es preciso para ello mantener bajo observación al profesor. Me permito, pues, sugerir, que permanezca en vela y en acecho. Si usted le oye cruzar por delante de su puerta, no salga a su encuentro, pero sígale todo lo discretamente que le sea posible. El doctor Watson y yo no andaremos lejos de allí. A propósito, ¿dónde guarda la llave de la cajita de que usted nos habló?
–En la cadena de su reloj.
–Creo que nuestras pesquisas tomaran esa dirección. En el peor de los casos, la cerradura no será un artefacto formidable. ¿Dispone usted en la casa de algún otro hombre sano y fuerte?
–Tenemos al cochero, Macphail.
–¿Dónde duerme?
–Encima de las caballerizas.
–Quizá le necesitemos. Bien; nada más podemos hacer hasta que veamos el desarrollo de los acontecimientos. Adiós; aunque espero que nos veremos antes que amanezca.
Era ya cerca de medianoche cuando nos situamos en nuestro puesto de observación, entre unos arbustos, frente por frente de la puerta del vestíbulo del profesor. La noche era hermosa, pero fría, y no nos estorbaron nuestros abrigos gabanes, soplaba la brisa, y las nubes se deslizaban por el firmamento, ocultando de tiempo en tiempo la cara de la luna en creciente. Habría resultado una triste vigilia a no ser por la expectación la emoción que nos sostenía, y por la seguridad que me dio mi camarada de que habíamos llegado probablemente al fin de aquella extraña sucesión de acontecimientos que había atraído nuestras actividades.
–Si resulta cierto el ciclo de nueve días, esta noche tendremos al profesor en su peor momento –dijo Holmes–. Todos los hechos a untan en la misma dirección: el que esos síntomas extraños empezasen después de su visita a Praga, el que mantenga correspondencia secreta con un comerciante bohemio de Londres, que es de suponer que representa a alguien de Praga, y el que haya recibido hoy mismo de él un paquete. Qué es lo que toma y por qué lo toma, son problemas que están todavía más allá de nuestro alcance, pero resulta bastante claro que la cosa procede de un modo u otro de Praga. Toma esa droga sometiéndose a instrucciones completas que regulan este período de nueve días, que fue lo primero que atrajo mi atención. Pero los síntomas que ese hombre presenta son por demás extraordinarios. ¿Se fijó usted en los nudillos de los dedos de sus manos?
Tuve que confesar que no me había fijado.
–Son huesos y callosos de un modo que yo no he visto nunca. Watson, acostúmbrese a mirar lo primero las manos. Después de las manos, los puños de las manos, las rodilleras y las botas. Son los del profesor unos nudillos muy raros que sólo pueden explicarse por la forma de caminar en que lo encontró míster... –Holmes interrumpió la frase, y se dio de pronto una palmada en la frente–. ¡Oh, Watson, Watson, y qué imbécil he sido! Parece increíble y, sin embargo, tiene por fuerza que ser cierto. Todo apunta en una sola dirección. ¿Cómo es posible que a mí se me haya escapado esa conexión de ideas? Estos nudillos...; ¿cómo es posible que se me hayan asado por alto estos nudillos? ¡Y el perro! ¡Y la enredadera! Veo que es ya legado el momento de que yo desaparezca y me retire a la pequeña granja de mis ensueños. ¡Cuidado, Watson! ¡Ahí está él! Tendremos la oportunidad de verle nosotros mismos.
Se había abierto lentamente la puerta del vestíbulo y sobre el fondo iluminado por la luz de la lámpara vimos la alta figura de profesor Presbury. Vestía su batín. En el momento en que se silueteó en el hueco de la puerta, aparecía con el cuerpo erecto, pero echado hacia delante y balanceando los brazos, tal cual le vimos la última vez.
De pronto avanzo hacia el paseo de carruajes, y se operó en él un cambio extraordinario: se achicó hasta ponerse en cuclillas, y avanzó caminando sobre sus manos y sus pies; de cuando en cuando daba algunas cabriolas como si rebosase de energía vitalidad. Caminó paralelamente a la fachada de la casa, hasta q e ó la esquina. Cuando desapareció tras ella, Bennett se deslizó fuera de la puerta del vestíbulo y le siguió sigilosamente.
–¡Venga, Watson, venga! –exclamó Holmes.
Y avanzamos, con paso todo lo suave y furtivo que nos fue posible, por entre los arbustos, hasta alcanzar un puesto desde el que podíamos ver el otro lado de la casa, que aparecía bañado en la luz de la media luna. Divisábamos con claridad al profesor en cuclillas al pie de la pared cubierta de hiedra. Mientras le estábamos mirando, se lanzó súbitamente a trepar por la planta con increíble agilidad. Saltaba de rama en rama, seguro de pie y firme garra, trepando como si lo hiciera por el simple gozo de poner a prueba su propia energía, y sin ninguna otra finalidad concreta. Su batín, que aleteaba a uno y otro lado de su cuerpo, le daba el aspecto de un gigantesco murciélago, pegado contra la pared de su propia casa; era una gran mancha negra cuadrada, sobre la pared iluminada por la luz de la luna. De pronto se cansó de esta diversión y, dejándose caer de rama en rama, saltó al suelo en su actitud anterior, y se dirigió hacia las caballerizas, reptando de la misma manera que antes. El perro lobo estaba ya fuera de su casilla, ladrando furiosamente, más excitado que nunca en cuanto distinguió a su amo. Tiraba con fuerza de su cadena, y temblaba de ansia y de furor. El profesor se agazapó muy calculadamente fuera del alcance del perro y empezó a provocarlo de todas las maneras que le fue posible. Agarró puñados de piedrecitas del paseo y se las tiró al perro a la cara, le hostigo con una estaca que agarro por allí, pasó sus manos sólo a algunos centímetros de distancia de las fauces abiertas del animal, y se esforzó en aumentar su furia de cuantas maneras le fue posible, aunque el perro había perdido ya todo control. No recuerdo haber presenciado en todas nuestras aventuras espectáculo más extraño que el que presentaba aquella figura impasible y digna todavía; agazapada al estilo de rana en el suelo, y azuzando al animal ya enloquecido para que se lanzase a arrebatos de furor todavía más salvajes, recurriendo para ello a los medios de crueldad más ingeniosa y calculada, aunque el perro saltaba enfurecido delante de él.
¡Y de pronto ocurrió lo inesperado! No se rompió la cadena, sino que se deslizó el collar, fabricado para un perro de Terranova, de cuello más grueso. Oímos el tintineo de la cadena al caer al suelo, y un instante después, el perro y el hombre rodaban juntos por tierra; el uno, rugiendo de furor; el otro, lanzando un chillido de terror que tenía una extraña vibración de falsete. Fue un momento de peligro inminente para la vida del profesor. El salvaje animal le había agarrado bien por el cuello, y sus colmillos habían penetrado profundamente. El profesor había perdido el conocimiento antes que pudiéramos llegar y separar al perro. Quizás habría sido una tarea peligrosa para nosotros, pero la voz y la presencia de Bennett hicieron entrar instantáneamente en razón al gran perro lobo. El estruendo había hecho bajar de su habitación de encima de las caballerizas al cochero, soñoliento.
–No me sorprende –dijo moviendo de un lado a otro la cabeza– Antes de ahora le he visto haciendo lo mismo. Estaba seguro de que un día u otro el perro le clavaría el diente.
Se ató al perro lobo, y entre todos nosotros llevamos al profesor a su habitación del piso superior. Bennett, que tenía el título de médico, me ayudó a curarle y vendarle el cuello. Los afilados dientes habían pasado peligrosamente cerca de la carótida, y la hemorragia era grande. El peligro pasó al cabo de media hora. Yo le había dado al paciente una inyección de morfina, y se había quedado entonces profundamente dormido, y sólo entonces, pudimos mirarnos unos a otros y hacer inventario de la situación.
–Creo que debería verlo un cirujano de primera clase –dije yo.
–¡No, por amor de Dios! –exclamó Bennett–. De momento, ha quedado reducido el escándalo a nuestra propia casa. De nosotros no saldrá. Si va más allá de estos muros no habrá ya quien lo detenga. Piensen ustedes en la posición que ocupa en la Universidad, en la fama de que goza en toda Europa y los sentimientos de su hija.
–Tiene usted razón –dijo Holmes–. Creo que es muy posible hacer que el asunto quede entre nosotros, e impedir también la recaída ahora que podemos actuar libremente. Deme la llave de la cadena del reloj, Bennett. Macphail se quedará cuidando al enfermo y nos avisará si ocurre algo. Vamos a ver qué encontramos en la misteriosa caja del profesor.
No era mucho lo que dentro de ella había, pero lo suficiente; una ampolla vacía, otra casi llena, una jeringuilla hipodérmica, varias cartas en letra embrollada y extranjera. Las señales que traían los sobres indicaban que esas eran las que habían perturbado la rutina de las tareas del secretario, y todas ellas estaban fechadas en la «Comercial Road», y firmadas A. Dorak. Consistían en simples facturas que anunciaban que se había enviado una nueva botella al profesor Presbury, o en recibos del dinero cobrado. Sin embargo, había otro sobre más, escrito en letra mejor y con sello de Austria y fechado en Praga.
–¡Aquí es donde tenemos el material que necesitamos! –exclamó Holmes, sacando la carta de dentro del sobre. Decía así:
«Ilustre colega. Desde que recibí su apreciada visita, he pensado mucho en su caso, y a pesar de que en las circunstancias en que usted se encuentra existen razones especiales para someterse al tratamiento, yo le aconsejaría, no obstante, cautela porque mis experiencias me han demostrado que no está exento de determinados peligros.
»Quizás habría sido preferible el suero de antropoide. Según ya lo tengo explicado, me he servido en esta ocasión del langur carinegro por tener a mano un ejemplar. Ya sabe que el langur es animal que repta y trepa, en tanto que el antropoide camina erecto, y nos es en todo sentido más cercano.
»Le suplico que tome todas las precauciones posibles, a fin de que no se produzca una divulgación prematura del Procedimiento. No tengo en Inglaterra sino otro cliente directo, y Dorak actúa de agente mío para los dos.
»Agradecería informes semanales.
»De usted, con la más alta estima,
H. LOWENSTEIN.»
¡Lowenstein! Ese apellido me trajo a la memoria el recuerdo de algún recorte de periódico en el que se hablaba de un oscuro hombre de ciencia que trabajaba para descubrir, por procedimientos desconocidos todavía, el secreto del rejuvenecimiento y el elixir de la vida! ¡Lowenstein, de Praga! Lowenstein, el del prodigioso suero vigorizador, al que la profesión médica había declarado tabú, porque se negaba a descubrir la fuente de que lo extraía. Expliqué en pocas palabras lo que recordaba. Bennett había echado mano en los estantes de un manual de Zoología. Y leyó:
–«Langur, el gran mono carinegro de las vertientes del Himalaya, el más corpulento y más humano de los monos trepadores.» Vienen aquí muchos más detalles. Bueno, míster Holmes, es evidente que, gracias a usted, hemos podido seguir el mal hasta su misma fuente.
–La verdadera fuente –dijo Holmes–, está, como es natural, en ese amor extemporáneo que dio a nuestro impetuoso profesor la idea de que sólo podía conseguir su anhelo rejuveneciéndose. Cuando se intenta sobreponerse a la naturaleza se corre el riesgo de caer por bajo de ella. El más elevado tipo de hombre puede retroceder hasta el puro animal, si se aparta del sendero recto de su destino.
Permaneció unos momentos sentado, con la ampolla en la mano, contemplando el líquido interior.
–En cuanto yo escriba a este hombre diciéndole que lo hago criminalmente responsable de los venenos que pone en circulación, desaparecerán para siempre las molestias. Pudiera, sin embargo, reincidir. Y quizás otros descubran procedimientos mejores. Ahí se encierra un peligro; un verdadero peligro. Para la humanidad. Piense, Watson, en que los hombres materialistas, los sensuales, los mundanos, querrían todos prolongar sus indignas vidas. Los espiritualistas, en cambio, no esquivarían la llamada a algo más elevado. Sería la supervivencia de los menos aptos. ¿En qué clase de pozo negro se convertiría nuestro mundo?
De pronto, se esfumó el ensoñador, y Holmes, el hombre de acción, saltó de su silla.
–Míster Bennett, creo que ya no queda nada por decir. Los diversos incidentes encajarán ahora perfectamente dentro del plan general. Desde luego, el perro advirtió el cambio mucho más rápidamente que ustedes. Le bastaba para ello con el olfato. Roy no acometió al profesor, sino al mono, de la misma manera que era el mono quien hostigaba a Roy. El trepar constituía para este animal un placer, y creo que fue pura casualidad el que durante esa diversión suya llegase a la ventana de la joven. Watson, hay un tren muy temprano para Londres, pero creo que nos dará tiempo a tomar en el «Chequers» una taza de té antes de ir a la estación.

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